A pocas horas de que el balón ruede en el Estadio Azteca este día, México se prepara para escribir otro capítulo histórico: ser el único país anfitrión de un Mundial por tercera vez. 1970, 1986 y ahora en el 2026.
Un récord que habla de capacidad organizativa y pasión futbolera inquebrantable. Sin embargo, detrás del espectáculo, el contexto social revela las mismas grietas que han acompañado a las ediciones anteriores.
Un gobierno que intenta pintar de verde, blanco y rojo los problemas estructurales, y grupos de protesta que, legítimos en sus demandas, parecen priorizar el ruido mediático sobre soluciones viables a través del diálogo.
En 1970, la matanza de Tlatelolco aún sangraba y los abucheos a Díaz Ordaz en la inauguración gritaban “¡No queremos goles, queremos frijoles!”.
En 1986, el terremoto de 1985 y la crisis económica marcaron el torneo; el pueblo organizó rescates mientras el gobierno mostraba su prioridad para la fiesta deportiva, algo que se sigue criticando.
Hoy, en 2026, la historia se repite: protestas de la CNTE, madres buscadoras, jubilados de CFE y PEMEX, normalistas y otros colectivos amenazan con boicots, bloqueos y marchas justo en las sedes. El fútbol, una vez más, actúa como distracción para algunos y vitrina para otros. Que bueno que sea así.
El gobierno de Claudia Sheinbaum opta por la narrativa del “México maravilloso”, pero al mismo tiempo despliega casi 100 mil efectivos de seguridad, negocia aumentos modestos (alrededor del 9% para maestros) y minimiza las protestas como provocaciones opositoras o intentos de sabotaje internacional.
Algo es cierto, la oposición ocupa este momento como vitrina internacional para intentar mostrar la “dictadura” en la que vivimos. Según ellos somos un poco de Venezuela, con tintes de cuba y rasgos de un país gobernado por la hija de Pinochet, Maduro y los Castro: vaya que nuesta dictadura es blanda (léase con sarcasmo).
Es comprensible priorizar el evento que genera empleo temporal, turismo y orgullo nacional. Pero ocultar o minimizar la crisis de desaparecidos o las demandas legítimas de maestros por pensiones dignas revela una gestión más preocupada por la imagen que por resolver de fondo.
La FIFA de Infantino, con sus boletos caros y absurdas exigencias, encuentra en este gobierno un socio complaciente que prioriza el show corporativo sobre las prioridades ciudadanas. México organiza con resiliencia, sí, pero sigue postergando lo estructural y lo peor es que a 24 horas de iniciar el acto aún tiene obra pública en desarrollo. Eso sí nos exhibe.
Del otro lado, la CNTE y aliados no se quedan atrás. Paros indefinidos, bloqueos en Reforma y Circuito Interior, derribo de estatuas alusivas al Mundial y amenazas de acciones en el día inaugural exhiben más que demandas: una estrategia de visibilidad que capitaliza la atención global.
Exigir 100% de aumento salarial, derogación total de la Ley del ISSSTE del 2007 y reuniones directas con la Presidenta, mientras escuelas cierran y la movilidad colapsa, pone en evidencia prioridades corporativas sectoriales por encima del interés general.
Sus exigencias son un absurdo pero la duda es ¿por qué piden algo que saben no se alcanzará a negociar?. Al menos la derogación a la ley del ISSTE no sucederá.
Las madres buscadoras tienen una causa profundamente justa y dolorosa que merece atención permanente, no solo bajo reflectores mundialistas, pero justamente por el foco de atención que hoy existe, del mundo hacia México, es que estos grupos recurren a la manifestación como prioridad.
Sin embargo, unir fuerzas para “boicotear” simbólicamente el evento arriesga convertir un reclamo legítimo en herramienta política que aliena a millones de mexicanos que solo quieren disfrutar el fútbol.
Jubilados de CFE y PEMEX suman su voz, pero el conjunto da la impresión de un frente que, en lugar de buscar acuerdos pragmáticos, apuesta por tensionar al máximo para dañar la imagen del gobierno —incluso si eso afecta la percepción del país. Entonces no es una negociación, es un acto que tiene otra finalidad.
FIFA ha evolucionado de la era Havelange, que ponía por delante influencias personales y flexibilidad, a la de Infantino: más corporativa, con controversias por precios y geopolítica, pero siempre priorizando sus intereses.
México, resiliente, lo acoge. El problema no es el Mundial, sino cómo lo usamos como espejo: el gobierno lo pule para ocultar grietas… ciertos grupos lo rompen para amplificarlas.
El verdadero patriotismo no está en negar problemas ni en sobredimensionarlos para golpear al adversario político. Está en exigir que, tras el pitazo final, el gobierno aborde pensiones, seguridad y desaparecidos con seriedad, y que los grupos de presión negocien sin rehenes a la opinión pública ni al evento que representa a todo un pueblo.
México ha demostrado tres veces que puede organizar un Mundial en medio de tormentas. Ojalá esta tercera vez sirva no solo para el espectáculo, sino para recordarnos que los goles importantes se juegan fuera de la cancha: con diálogo real, prioridades equilibradas y un país que avanza sin negar sus sombras.
En Tlaxcala las cosas no son distintas aquí tenemos la propia manifestación del Movimiento de Bases Magisteriales (MBM) que forma parte de la CNTE a nivel nacional y que también exige reinstalación de maestros despedidos sin justificación. El pliego petitorio local suena más alcanzable y convincente: ¿por qué nadie resuelve?
Por eso digo que vivamos el mundial sin dejar de lado lo que importa de verdad, porque una vez acabado el torneo los problemas de fondo aquí seguirán. ¡¡Que ruede el balón y que viva la libre manifestación!!


