En política existen adhesiones que generan entusiasmo y otras que provocan una sola pregunta: ¿en verdad era necesario?
La incorporación de Homero Meneses Hernández al equipo de la senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera. No representa una suma política; representa un costo. Y no es un costo menor, es un costo que llega a derrumbar lo que se ha construido, cuidado y aguas con el falso vendedor de ilusiones.
¿Qué puede aportar un exsecretario de Educación que abandonó el cargo en medio de un profundo desgaste político, señalado reiteradamente por la opacidad en el manejo de la dependencia y por decisiones que alimentaron la percepción de un gobierno alejado de la transparencia, que fue señalado por la muerte de una estudiante normalista y de ser un abusador del magisterio? La respuesta parece incómoda: muy poco.
Más allá de los discursos de unidad, Homero Meneses llega sin estructura electoral, sin liderazgo territorial que movilice votos y sin una base política consolidada que fortalezca el proyecto de Ana Lilia Rivera. Su influencia siempre estuvo ligada al poder que le daba el cargo. Hoy como las ratas, busca cobijo en un nuevo barco para seguir viviendo del erario. Hoy, sin esa posición, su capital político luce reducido a un círculo de colaboradores cuya principal carta de presentación es haber acompañado una de las gestiones más cuestionadas del sector educativo.
Y es precisamente ahí donde surge otra interrogante: si el liderazgo de Homero Meneses terminó desgastado, ¿qué puede esperarse de su equipo?
Difícilmente puede hablarse de una incorporación estratégica cuando buena parte de quienes lo rodean cargan con la misma percepción de opacidad, soberbia política y alejamiento ciudadano que marcó su paso por la administración pública. En política, los equipos reflejan a sus líderes. Y el equipo de Homero Meneses parece cargar con los mismos vicios que hicieron del exsecretario un personaje profundamente cuestionado. Si él representa desgaste, difícilmente quienes lo acompañan representan renovación.
Pero existe un elemento aún más delicado: la confianza.
Homero Meneses debe buena parte de su crecimiento político al respaldo que en su momento recibió de Alfonso Sánchez Anaya, uno de los personajes que más impulsó su carrera pública. Sin embargo, con el tiempo tomó distancia de quien le abrió las puertas de la política. En un medio donde la lealtad sigue siendo una moneda de alto valor, ese episodio dejó una marca que muchos no olvidan. En política, la percepción suele pesar tanto como los hechos, y la imagen de un personaje que rompe con quien lo impulsó difícilmente inspira confianza entre quienes hoy podrían convertirse en sus nuevos aliados.
Ana Lilia Rivera ha construido su discurso alrededor de la congruencia, la honestidad y la transformación. Precisamente por eso sorprende que abra la puerta a perfiles cuyo principal activo no son los resultados ni la confianza ciudadana, sino la controversia. Porque las candidaturas no sólo se construyen con discursos; también con los rostros que las acompañan.
Cada adhesión envía un mensaje. Y el mensaje que transmite la llegada de Homero Meneses no es el de fortaleza, sino el de una apuesta por reciclar cuadros desgastados.
En una elección donde la percepción será determinante, cargar con un personaje políticamente erosionado puede convertirse en un error estratégico. No porque Homero Meneses tenga la capacidad de sumar votos, sino porque sí puede tener la capacidad de restarlos.
Al final, la pregunta ya no es qué gana Homero Meneses al acercarse a Ana Lilia Rivera. La verdadera pregunta es qué gana Ana Lilia Rivera incorporando a un personaje que llega con más cuestionamientos que respaldos, con más negativos que positivos y con un equipo que, para muchos, representa exactamente lo mismo que él: un proyecto agotado, incapaz de inspirar confianza y convertido en un pasivo político para cualquier causa que decida abrazar.


