Haber creído en el mundial que nunca ganaremos

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¿De qué sirve haber creído de esa manera? Creer es el verbo que define nuestra naturaleza y también es el más olvidado, el más automatizado. La mundanidad nos orilla a dar por hecho lo que nos va sucediendo, o en el peor de los casos, nos sumerge en la vil aceptación casuística de todo cuanto nos acontece. Empecé esta serie de columnas mundialistas con la trillada frase atribuida a Valdano: el fútbol es lo más importante de lo menos importante, y hoy, con el cuerpo cortado por la eliminación de México y una gripe abrazada en algún festejo, la creo.

¿Hace cuánto tiempo no creíamos de esta manera tan áspera, tan salvaje y rebelde, como en ‘el mundial que nunca ganaremos’? Leí aquello de mi editor José David Bernal y sin duda encabezará el recuerdo de esos días de sueños posibles, de comunión sincera, del verde tiñendo los pasos, de risas, abrazos, del Azteca cantando, de las calles vibrando, de lo feliz que fui en el mundial que nunca ganaremos. Era México detenido y nosotros siendo nosotros, creyendo, sonando la banda sonora de nuestras vidas con el fondo de once jugando fútbol. Un verano lluvioso con el mundial siendo nuestro aun sin haberlo ganado.

Para creer hay que dudar. Principio teologal. Jude teólogo, con sus piernas y movimientos calcados de Zidane, en dos minutos con dos goles nos mandó a callar, a dudar. Pero al menos en mí, desde el minuto 38 hasta el pitido final siempre estuvo vigente la posibilidad de ese mundial que nunca ganaremos. Pocas veces lo he hecho tanto y sin medida, por eso inunda, porque aun perdiendo llegué a saberlo cierto. Lo de creer tiene consigo la apuesta de dar un salto al vacío sin nada certero que te pueda salvar.

Vi todo el mundial con las mismas personas creyendo en la cábala de estar cerca de personas esenciales. Cuando acabó la historia mundialista A., lloró la derrota porque creyó. Fueron muchos minutos desconsolando a sus doce años. Ella y yo teníamos otra cábala antes y después de cada partido ganado: besar el escudo de la selección. Su padre la consoló con ternura, casi con timidez de interrumpir su duelo y en esa escena se me reveló el amor, la potencia de la vida y el reto de su incertidumbre. ¿Cómo puede explicarle un padre a su hija lo incontrolable de la vida, la volatilidad de todas nuestras aspiraciones y sueños, e invitarle a que vuelva a creer a pesar de todo lo que está sintiendo en el pecho? ¿De qué sirve haber creído de esa manera? Será el simple hecho de recordarnos en ese momento, sin razón por la lógica, solamente creyendo; A. y yo nos dimos un abrazo de despedida y volvimos a besar el escudo como un pacto para volver a creer. Todas las personas con los que viví ese mundial que nunca ganaremos lo sabremos mejor en algún momento de nuestros recuerdos. Eso no era solamente fútbol.