En Tlaxcala, donde la política a veces parece un mercado de pulgas donde todos gritan por atención, el pleito entre Mauricio Pozos Castañón, presidente municipal de Amaxac de Guerrero, y Ángelo Gutiérrez Hernández, líder estatal del PAN, es el espectáculo que nadie pidió pero todos están viendo.
Dos figuras que, con sus respectivos pedestales de cartón, se lanzan dardos en un duelo que no es ni épico ni relevante, sino un triste reflejo de la mediocridad que aqueja a la política local. Aquí no hay héroes, solo dos personajes inflados por su propia narrativa, peleando por un reflector que apenas ilumina.
Mauricio Pozos, el edil de Amaxac, presume una gestión que, según él, está “cerca de la gente”. Cuando lo único cercano en Amaxac es la frustración de los ciudadanos que, desde hace años, claman por agua potable mientras el alcalde juega a los parches con soluciones que duran lo que un suspiro. Todo fuera como publicar esquelas u organizar ferias.
Su administración, heredera de una tradición de promesas vacías, no ha hecho más que tropezar con las mismas piedras que sus antecesores: opacidad, obras a medias y una incapacidad crónica para resolver el desabasto de agua que tiene a los habitantes al borde de la sedición.
Sus audiencias públicas son un teatro donde Pozos se pavonea como si escuchar quejas fuera sinónimo de resolverlas. No, señor alcalde, gobernar no es tomarse la foto; es entregar resultados, y en eso, su marcador está en ceros.
Por el otro lado, tenemos a Ángelo Gutiérrez, el líder del PAN que llegó al cargo en noviembre de 2024 con la pompa de quien se cree el mesías del blanquiazul. Con 28 años de militancia y un pasado como alcalde de Apetatitlán que no puede presumir como brillante. Pese a todo Gutiérrez se vende como la voz de la renovación, pero su discurso huele a naftalina.
¿Un PAN “activo, humano y con valores”? sentidas palabras para alguien que, en lugar de construir puentes, parece más interesado en prenderle fuego a los pocos que quedan. Su cruzada contra Morena, con frases altisonantes sobre líderes vacacionando en Tokio, es puro ruido para las gradas.
El pleito entre estos dos no es una lucha seria, si acaso aspira a ser tomado como espectáculo de egos desinflados. Pozos, aferrado a su feudo municipal, y Gutiérrez, soñando con un PAN que domine Tlaxcala en 2027, estos son los dos que se enfrascan en una guerra de declaraciones que no resuelve nada.
Mientras tanto, Amaxac sigue sin agua, las calles sin seguridad y los ciudadanos sin esperanza. ¿Qué los separa? Nada, salvo la ambición de ser el gallo más ruidoso del corral. Pozos no puede presumir de una gestión que apenas gatea, y Gutiérrez no tiene autoridad moral para señalar cuando su partido lleva años perdido en el laberinto de la irrelevancia, local y nacional.
Pozos y Gutiérrez, en su afán de protagonismo, olvidan lo esencial: la política no es un concurso de popularidad, sino un compromiso con resultados, y en eso ambos están reprobados. Que dejen de gritarse y empiecen a construir, porque el reloj corre y la paciencia del electorado -como nos consideran- se agota.
A diferencia de Pozos, el dirigente azul sí ha ganado campañas, se comió a sus adversarios -aun cuando eran dueños y amos de esos colores- y los dejó mirándose las uñas mientras él se posicionaba en Acción Nacional; el joven de Amaxac apenas entró a la presidencia y soltó la peor de las estupideces; Es el Obrador tlaxcalteca, pidió que redactaran a sus aliados.
Ante tal absurdo muchos nos preguntamos ¿qué fumó, quién le cambió el orégano a su pozole?, que alguien le diga que el talco no se aspira y que para llegar a ser el líder de Macuspana hace falta más que vestir con guayabera y tener un gallo en la mollera. Sí ganó Amaxac es cuestión del arrastre obradorista o cuatroteista, pero perfiles como el suyo cada vez alejan más al electorado. Primero fue Nancy, ahora Mauricio, al paso que van mañana el que sea, pero de oposición.

