El altercado entre los diputados federales Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla (PRI) y Arturo Ávila (Morena) en el Patio del Federalismo no es un hecho aislado.
Lo ocurrido es uno de los más vergonzosos y, sobre todo, la continuidad de una estrategia ya desnuda: quien critique al PRI o a Alejandro “Alito” Moreno será encarado, empujado, insultado y acusado de lo que sea necesario.
Mancilla no llegó a debatir argumentos; llegó a marcar territorio. El mensaje es claro: la crítica se paga con intimidación física y show mediático.
Estos no son actores nuevos. El 27 de agosto de 2025, en la Comisión Permanente del Senado, Alito Moreno y el propio Mancilla participaron en la agresión física contra Gerardo Fernández Noroña.
Videos y reportes documentan que Moreno empujó e intentó golpear a Noroña, derribó a un colaborador (Emiliano González) y lo agredió en el suelo. Mancilla alcanzó a Noroña, lo sujetó del saco y le propinó un manotazo en la cabeza mientras el senador intentaba retirarse.
Noroña presentó denuncia y pidió desafuero; Mancilla justificó después la agresión como “defensa de la dignidad” y aseguró que “millones de mexicanos se sintieron representados”.
Ese mismo método se repitió ahora contra Ávila: acercarse, tocar, empujar, gritar “vocero del narco” y “¿me vas a mandar a matar?”. Ávila respondió con el mismo tono (“porro de Alito”, “yo no soy Noroña”), pero el patrón ya estaba establecido.
Detrás de este espectáculo hay un intento de evitar que se toque el nombre de Alito o que se exhiba aún más la putrefacta identidad de quien se ha adueñado del PRI, y eso no se disimula.
Sectores del PRI y figuras de la oposición han celebrado o relativizado este tipo de conductas cuando provienen de sus correligionarios.
Mientras se habla de civismo y “humanismo” en los discursos, en las redes y en los pasillos se aplaude la “firmeza” de quien golpea o intimida en nombre de Alito o del PRI, como en los mejores años del partido más antiguo y podrido.
Esa doble moral no engaña: se trata de normalizar la violencia como herramienta de lealtad partidista para que el dirigente nacional pueda seguir entregando el cuerpo a los Estados Unidos sin rendir cuentas reales por las investigaciones y señalamientos que lo rodean.
Ninguna de las dos posiciones —la de quien agrede para defender a su líder ni la de quien responde con el mismo barro— les devolverá el camino a Palacio Nacional o a Los Pinos. Parecen ignorar esa realidad.
El PRI ya no es el partido que dominaba con maquinaria y clientelismo; es una fuerza reducida que sustituye la construcción política por el porrismo de pasillo. Alito no se limpiará de acusaciones a base de empujones.
Y quienes celebran estas escenas desde alcaldías, curules o cuentas de oposición solo confirman que priorizan la lealtad personal sobre cualquier proyecto de país. La gente ya juzgó esa estrategia en las últimas elecciones.
Los videos de 2025 y 2026 no se borran, el electorado no necesita más demostraciones de quién puede gritar más fuerte o empujar más duro: exige resultados, transparencia y capacidad de gobierno.
Quienes creen que el teatro de la violencia o el espaldarazo a un dirigente cuestionado les devolverá el poder están leyendo mal el veredicto popular, ese veredicto ya está emitido: ni el autoritarismo de pasillo ni la defensa ciega de un “vendepatrias” restauran credibilidad.
Solo explican por qué ambos bandos siguen lejos de donde alguna vez gobernaron. Y qué bueno que sea así. Porque antes de ser Noroña o Ávila, sus sparring éramos cientos de mexicanos que perdíamos miles de millones de pesos, y eso dolía más que cualquier golpiza.
Al final, este show no deja héroes ni mártires: deja solo actores menores recordados por su pésima demostración de civismo y por sus peores modales en un país que necesita acuerdos, no sangre.
Si en lo público los del PRI se comportan así, ¿qué no harán en lo privado, en lo físico, en lo económico, en lo fiscal y en lo moral? Esa oposición no está en crisis: está borrada y al saber que no tiene nada que perder optan por el espectáculo barato que a lo largo de su historia nos ha salido muy caro.

