Fue Adalberto Sánchez Solís quien rompió el mutismo y lo hizo en pleno acto de celebración por los 15 años de Morena en Tlaxcala, mientras se repartía pastel y se fingía normalidad, el consejero estatal y secretario de Formación Política alzó la voz con una claridad que nadie más se había atrevido a mostrar: pidió a la dirigencia provisional que reconociera a Ana Lilia Rivera Rivera como el nuevo liderazgo del partido.
No fue un comentario lateral, fue un llamado directo a Jaina Daniela Flores Meneses, la niña encargada interina del Comité Ejecutivo Estatal, para que dejara de simular que la designación nacional no existía y aceptara de una vez que la senadora con licencia es, aunque a muchos no les guste, la coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación. Niña no es despectivo, ni un calificativo de quien esto escribe, así la llaman sus padrinos políticos y muchos al interior del edificio que cree encabezar.
La respuesta de Jaina no llegó en palabras, llegó en el gesto más elocuente y, a la vez, más irreflexivo posible: el silencio absoluto, tal como ha sido desde ese “día maldito” para quienes ahí la impusieron, Jaina no ha emitido ni una declaración a medios, ni un posicionamiento oficial, ni siquiera un mensaje tibio de “unidad”.
Mientras Sánchez Solís pedía caminar juntos en torno a Rivera, la estructura estatal —heredera del grupo que controla el Palacio de Gobierno— prefería actuar como si el proceso interno encabezado por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández no hubiera ocurrido. Ese mutismo es prueba de la resistencia abierta a los resultados que la dirigencia nacional dio a conocer el 28 de septiembre.
La designación de Ana Lilia Rivera no fue un simple trámite, fue la conclusión de un laaargo proceso que acabó por reconocer los números y la posición superior de Rivera Rivera por encima del aparato local que había apostado por Alfonso Sánchez García, alcalde con licencia de la capital. Como todos recuerdan Sánchez García abandonó el recinto del World Trade Center antes del anuncio.
¿Y los demás?
El PVEM se alineó de inmediato con Rivera; el PT se desmarcó recordando que la decisión fue interna de Morena; el Partido de la Revolución Democrática (PRD), como Acción Nacional ya le dijeron a Alfonso que se puede sumar pero no encabezar; El PRI, a través de Enrique Padilla Sánchez, ratificó a Anabel Ávalos pero, dos días después de la designación de Rivera, abrió la puerta a Alfonso Sánchez García frente a la propia Anabel que de inmediato dijo: no se equivoquen, la candidata seré yo.
Rivera, por su parte tiene, o debería tener como prioridad, la clásica “operación cicatriz”. En una entrevista otorgada a quien esto escribe, Rivera Rivera abrió la mano a todos los funcionarios y prometió que nadie perderá su empleo si le da la confianza de retomar los trabajos de la 4T en Tlaxcala, esto en respuesta a la campaña negra que los locales le habían montado al estilo: “peligro para México”
El problema es que no todos pueden formar parte de la solución cuando ya demostraron ser parte del problema, por ejemplo Homero Meneses Hernández, el exsecretario de Educación que dejó el cargo entre observaciones de fiscalización, polémicas y entrega de plazas a sus amiguitas, él es uno de los que reapareció de inmediato para respaldarla.
Su caso ilustra el riesgo real: reciclar a quienes administraron seis años de pendientes no es renovación; es continuidad disfrazada. Él fue y es parte del problema, ¿por qué deberíamos verlo como parte de la solución que necesita Tlaxcala?
El grito de Adalberto Sánchez Solís y el silencio de Jaina Meneses no son anécdotas, significan el termómetro de una fractura que Rivera tendrá que cerrar si realmente quiere construir algo distinto en 2027.
La unidad no se decreta con pasteles ni se impone con designaciones nacionales, se demuestra con hechos y por ahora, en Tlaxcala, los hechos siguen gritando más fuerte que las palabras.


