Cuando Gil Mora conducía el balón todo parecía posible. Ayer el fútbol nacía y moría en sus botines; era hipnótico ver el balón rodando en sus pubertos pies, ver a un niño chiapaneco descubriendo todo el medio campo como si dentro le palpitara un sonar submarino contra la inmensidad de nuestro destino futbolístico. Ya ganaba México con un gol de Mateo Chávez que cabalgó una pelota peleada toscamente por Romo, la definición, exquisita con el cuerpo ladeado como definen los que saben soñar; ya ganaba México en el sesenta cuando Gil Mora trazó tanto fútbol que hasta al Azteca le costaba recordar la última vez; esa conducción es una de las jugadas más bellas en lo que llevamos de mundial, la visión periférica, la mirada adelante, la sutileza —algo difícil de conjuntar en alguien con acné y que no sea Kroos, Xavi Hernández, Cruyff— para luego dejar solo ante el portero a Jorge Sánchez que no llegó pero que su tropiezo ayudó a que Quiñones la guardara en la red. El primer tiempo fue poco vistoso, pero fue de trabajo que aflojó las pretensiones ansiosas de Chequia. Chequia, allí en Brno, donde Milan Kundera imaginó la insoportable levedad de andar por el medio campo de Gil Mora y luego se puso a escribir. Ya nos merecíamos uno así. Al ochenta entró Ochoa por todos los momentos en que nos hizo felices y Fidalgo lloró por él, por su abuelo y por nosotros con el gol que sentenció todo. Primera fase histórica. 9 puntos de 9 puntos posibles con cero goles recibidos. Todavía no nos despierten, por favor.
La insoportable levedad de Gil Mora

