MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
Comparte esta nota

Este Día del Niño, Ernesto Zedillo Ponce de León, expresidente de México (1994-2000), nos recuerda que hay quienes aún creen que el pueblo mexicano se chupa el dedo.

Desde las páginas de Letras Libres y Nexos, revistas dirigidas por Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín, Zedillo rompió un silencio de 25 años para alertar que México, bajo el gobierno de Morena, se encamina hacia una “tiranía”.

Acusa a Andrés Manuel López Obrador y a Claudia Sheinbaum de desmantelar la democracia con reformas como la del Poder Judicial y la supuesta captura de órganos autónomos. Pero su narrativa, envuelta en un aura de salvador democrático, no resiste el escrutinio de la historia.

Zedillo, presentado por ciertos empresarios y medios como el arquitecto de la democracia mexicana, parece congelado en el año 2000, cuando dejó la presidencia.

Su sexenio, sin embargo, está lejos de ser un modelo de prosperidad o libertades. Prometió un crecimiento económico del 7% y entregó un retroceso del 4%.

Anunció inflación cero, pero esta alcanzó un astronómico 505%. Devaluó el peso un 100%, multiplicó las tasas de interés por siete y, según críticos, asestó un golpe mortal a la clase media.

Su gestión estuvo marcada por el “error de diciembre”, la creación del Fobaproa —un rescate bancario que cargó deudas privadas al erario público— y la privatización de los ferrocarriles nacionales, decisiones que aún resuenan como símbolos de un neoliberalismo voraz.

Más grave aún, su sexenio estuvo manchado por abusos de poder, incluidos los de su familia política como los ha dado a conocer el periodista Francisco Cruz, con Julio Astillero.

Zedillo rompió negociaciones con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y su gobierno fue señalado por masacres como la de Acteal en 1997, donde 45 indígenas, en su mayoría mujeres y niños, fueron asesinados.

Mientras él denuncia un supuesto “Estado policial” actual, los pueblos indígenas y opositores de su tiempo recuerdan un régimen que no dudó en usar la fuerza para acallar disidencias. Hablar de democracia bajo su mandato es, para muchos, una ironía y poca vergüenza.

El expresidente critica las reformas de la llamada Cuarta Transformación, calificándolas de “asalto frontal” a las instituciones. Pero su propio historial desmiente su autoridad moral.

En 1994, Zedillo impulsó una reforma al Poder Judicial que, de un plumazo, reemplazó a todos los ministros de la Suprema Corte para instalar a los suyos, sin que nadie lo llamara tirano.

Hoy, cuando Morena propone cambios constitucionales, Zedillo y sus aliados intelectuales gritan “dictadura”.

Este doble rasero revela una verdad incómoda: lo que les molesta no es la reforma en sí, sino quién la impulsa.

Zedillo y sus defensores, como Krauze y Aguilar Camín, parecen atrapados en la nostalgia de un México que controlaban, donde el PRI y el PAN se alternaban el poder sin cuestionar el statu quo neoliberal.

Afirman que México vivía en una democracia plena hasta 2018, cuando López Obrador llegó al poder.

Pero esa “democracia” estaba marcada por la corrupción, la desigualdad y la impunidad, males que Zedillo y sus antecesores no solo toleraron, sino que alimentaron.

Hablar de “tiranía” hoy suena más a una proyección de los abusos de su propio pasado.

La presidenta Claudia Sheinbaum, desde la “Mañanera del Pueblo”, ha invitado a Zedillo a un debate abierto sobre su legado.

Es una oportunidad que el expresidente debería tomar, pero no desde la comodidad de una revista, sino en un espacio donde el pueblo —chairos y fifís, como los llaman despectivamente— pueda contrastar su narrativa con los hechos.

Si Zedillo cree que puede convencer a los mexicanos con su versión de la historia, que lo intente. Pero que no espere que, como en los 90, el pueblo se conforme con un dulce para callar.

En este 30 de abril, Zedillo nos recuerda que los “dinosaurios” del viejo régimen aún rugen, pero su eco es cada vez más débil.

No, no extraña la democracia; extraña un México donde él y los suyos eran intocables. La verdadera lección de su reaparición es que la memoria colectiva no se engaña.

Los mexicanos no olvidan, y mucho menos perdonan, un sexenio que prometió todo y dejó un país en ruinas; Chiapas y el Fobaproa son apenas una muestra de su legado.