En El País, ahora en verano, hay una sección de invitados titulada “Un amor de verano de…” y resultan relatos imperdibles, algunos por su sinceridad y otros por composición literaria; en mi memoria, dejaré la sorpresa del leer a Héctor Bellerín y su catarsis tan exquisita como poética (nunca pensé que un futbolista, un lateral de Betis, dedicado a tirar patadas tuviera el pozo de un escritor con cinco o seis títulos publicados) o la cursilería pedante de Gabriel Rufián —político polémico— o la memoria selecta de la admirada Isabel Coixet.
Tengo la certeza de que el enamoramiento debería ser sinónimo de verano; porque en ambos surge el milagro de por fin habitar la simpleza y el presente, y no hay nada más potente en el mundo de cuando dos se gustan y se quieren sin más, sin pensar en el futuro ni en nada que les impida entregarse; cuando solamente existen ellos y nadie más que ellos y su aliento y no hay barrera ni frenos ni ningún tipo de reserva que se quieran dejar para el próximo día. Cuando el presente es lo único real y cualquier valoración que no sean miradas y besos es un excedente vulgar. Quizá por eso los amores de verano sean los mejores: porque no existe en la mente el invierno.
Porque el amor es simpleza. Toda carga ajena o petición extracorpórea y sensorial, es un desequilibrio del yo. La conclusión de “Materialists” —la segunda película de Celine Song (directora a la que le profesaré fe perpetua, es un ejercicio acido de crítica a la manera de elegir pareja que nos ha orillado el capitalismo)— es exactamente esa: amar como si todo fuera un verano eterno, sin complicaciones, sin frenos, sin cargas ni tribulaciones mentales o aquello sea dictado por la sociedad o el mercado y cuando llegue el invierno, ya se verá.
En unas cunetas de arena dos se conocieron. Ella desmañanada, colonizando sus ojos luminosos de vida límpida, y él con un aspecto bastante normal, delgado, sereno cómo aquel que dedica su vida a esperar. La alborada rayaba los campos de cultivo, haciendo todo verde y arenoso, y quizá nada estaba destinado a pasar en ese día o en ese momento más allá del calor asfixiante que llegaría al mediodía, pero luego ya no hubo quietud y todo fue movimiento, y desde los adentros de la arcilla se empezaron a fermentar por el aire unos insectos luminosos, rasposos, que nacieron solamente para irse a vivir en sus vellos nasales y ya después de eso, las horas no les fueron suficientes.
No preguntaron sus nombres porque no les importaba, era como si fueran más antiguos a ese momento y después de instalados los insectos en su nariz salieron nuevas personas con nuevos nombres y nueva vida. El amor es una metamorfosis que sacude lo cimentado y replantea absolutamente todo y luego, de repente, el mundo es otro; Milena Busquets, se refirió en una columna sobre amores de verano a lo sucedido tras de ellos, «después de aquel esplendor uno ya sabía para siempre lo que podía dar de sí el mundo». Pero sobre todo la sentencia y lección final: a veces no hay que intervenir en las historias, solo hay que dejar que ocurran. Eso es el verano. Eso es el amor.

