«¿Qué dijo mamá?», «Está hablando en inglés». A voz baja y delante de mí, un hijo a su madre y viceversa, sobre el audio retumbando y dando la bienvenida a todos. Son las siete de la tarde con treinta minutos y la ceremonia de inauguración del mundial del vóleibol en Tlaxcala da inició. El estadio Tlahuicole registra un lleno en la grada de la Ribereña, no así en los laterales que lucen vacíos; en las afueras del estadio, mucha gente se quedó ilusionada por entrar al evento que se antoja histórico: no resulta menos pues acoger una justa deportiva de tal calado —máxime con fines clasificatorios olímpicos— debería representar un honor a todos los tlaxcaltecas. (Para equiparar, los antecedentes de ciudades que han recibido el mundial son Roma, Hamburgo, Viena, La Haya, Berlín, Rio de Janeiro y Los Ángeles).
Clarines y tambores rompiendo el silencio abismalmente respetuoso. SEDENA, Fuerza Aérea Mexicana, Marina y Guardia Nacional, marchan por igual y despliegan una bandera casi tan grande como la mitad del campo; ondean sus olas y descubren un mar tricolor ante nosotros. Con la bandera, extensa e inmensa por fin, suena el himno nacional: nunca me había sentido tan orgulloso por escucharlo y cantarlo. Salen las fuerzas armadas bajo una ovación unísona. Ahora es tiempo de que los países competidores, uno a uno, saluden a sus representantes; los favoritos por intensidad de alarido son Brasil, Italia, España, pero con diferencia, el cuadrante mexicano —por supuesto—. Tlaxcala ya recibe a los deportistas de talla mundial y ante su piel, una brisa aumentando gradualmente les va mojando, nos va mojando, y el Cielito Lindo interpretado por Salterios Tlaxcaltecas, suena claro, tenue, melancólico.
Ahora es tiempo de las formalidades. Con el discurso de la gobernadora, largo, costoso en su dicción y reiterativo, la brisa rompe a lluvia y aquello se antoja eterno. Luego viene Ary Graça, presidente de la FIVB en un torpe, pero honesto español; finalmente, la mujer olímpica convertida a burócrata, a quien se le debe la gestión: Ana Gabriela Guevara, siendo ella la única discursante sin papel escrito (sorprendente con tan poco historial político). Hay un importante sequito del gabinete federal; Torruco y Ramírez Amaya, así como muchos funcionarios estatales. Hay que entender que este hito histórico viene mandado por la Federación, y los estatales, poco se pueden colgar de ello. Es algo que tengo que reconocer de la cuatroté: el involucramiento de Tlaxcala en el filamento nacional.
Sigue, por fin, la ceremonia verdadera. Bailarines, con atuendos prehispánicos se mueven bajo la luz del escenario —complejamente construido en varios niveles— y coronado por un Matlalcueitl ficticio. De repente, hay más de ellos, muchísimos más de ellos e inundan el verde del césped, se mueven emulando con la luz de su cuerpo a las luciérnagas de Nativitas. Es un baile iluminando la oscuridad y a nuestras pupilas ajenas ante tanta armonía. Atónito. Suspirando. Los siguiente son cuadros humanos tratando de imitar las calles alfombradas de aserrín huamantleco: “Tlaxcala 2023” y la copa del mundo entre rosas, blancos, morados y amarillos. La lluvia arrecía. Finalmente, el disparate del carnaval: muchas camadas, de todos los tipos, colman como avispero toda la hierba y suena la música del carnal más fuerte que nunca. Más orgullosa que nunca.
Tlaxcala se mostró al mundo. Y de buena manera. La inauguración del mundial del vóleibol estuvo a la altura: histórica y hermosa. La bruma dejada por el espectáculo pirotécnico de mayor calado en nuestro suelo, es verdad, no puede ocultar las carencias y las aprobaciones políticas; sin en cambio, es grata la posición social (negada por décadas completas derivada de errores históricos y sociológicos replicados por gobiernos federales ineptos) que Tlaxcala toma. Ahora, en boca y vista de todos, mostremos lo mejor de nosotros.



