MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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El desayuno “privado” entre la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, el alcalde con licencia Alfonso Sánchez García y el exgobernador Héctor Israel Ortiz Ortiz no ocurrió por accidente ni por una coincidencia de agendas.

Ocurrió en un restaurante de la capital tlaxcalteca conocido precisamente por concentrar a la clase política y empresarial del estado.

Un espacio donde, para nadie es ajeno que se reúnen quienes mandan y quienes aspiran a mandar. Elegir ese escenario, y no el Palacio de Gobierno ni una casa particular, no es un error de protocolo: es una decisión política.

En política las formas son fondo. Y cuando la titular del Ejecutivo se sienta a la mesa con el perfil que medios locales y actores del propio Morena identifican consistentemente como su “delfín” para la coordinación estatal de la Cuarta Transformación —y, en la práctica, para la sucesión de 2027—, el mensaje queda registrado.

Más aún cuando a la mesa se suma Héctor Ortiz Ortiz, exgobernador, exalcalde capitalino, exrector universitario y actual diputado local: un operador con décadas de experiencia en la política tlaxcalteca, formado en el PRI, electo por el PAN y ahora en el Congreso. Su presencia no es ornamental.

El encuentro llega justo cuando otros aspirantes —Raymundo Vázquez Conchas, Ana Lilia Rivera Rivera, Carlos Augusto Pérez Hernández, Irma Yordana Garay Loredo, José Alejandro Aguilar López y Salvador Santos Cedillo, entre otros— han exigido públicamente reglas claras, equidad y que el gobierno estatal no meta las manos en el proceso interno.

Mientras el partido insiste en “piso parejo” y en que la definición saldrá de un mecanismo democrático, las imágenes y el silencio posterior dicen otra cosa.

No es un episodio aislado. Alfonso Sánchez García y Lorena Cuéllar han compartido escenarios de manera reiterada: inauguraciones, marchas por la “Defensa de la Transformación”, informes de gobierno, actos de bienestar social.

Redes sociales y medios han documentado intentos de alinear alcaldes detrás del proyecto del alcalde capitalino y fotografías de “corcholatas” posicionadas alrededor de la gobernadora con Sánchez García en lugar privilegiado. La narrativa de cercanía no es especulación de opositores; es un patrón visible y reportado.

Lo que ocurrió al concluir el desayuno refuerza la lectura: la mandataria esperó en su camioneta oficial a que Sánchez García abordara la unidad. Siete minutos de plática privada o de simple confirmación, para la foto y el morbo.

Luego él regresó a su vehículo particular. Ortiz Ortiz se retiró primero. Ninguno de los tres ha ofrecido una explicación pública del motivo de la reunión. El silencio no disipa dudas: las alimenta, porque justamente es lo que esa casa de campaña quiere.

Si la reunión era realmente privada e inocua, ¿por qué celebrarla en un restaurante de alto tránsito político y no en un espacio discreto del gobierno o de la residencia oficial?

¿Qué asuntos requieren la presencia simultánea de la gobernadora, su aspirante más cercano y un exgobernador de otra filiación histórica con vasta experiencia operativa?

¿Los siete minutos en la camioneta oficial fueron una extensión del desayuno o una conversación que no podía escucharse en la mesa?, ¿Cómo se sostiene el discurso de imparcialidad del gobierno estatal cuando el propio Ejecutivo aparece sistemáticamente junto a uno de los contendientes mientras otros demandan que “saque las manos”?

¿Qué credibilidad tiene el proceso interno de Morena en Tlaxcala si la percepción —fundamentada en hechos públicos reiterados— es que la cercanía con el poder ya inclinó la balanza?

¿Hasta qué punto la presencia de un operador experimentado como Ortiz Ortiz señala la construcción de acuerdos que trascienden las reglas formales del partido?

Si otros aspirantes observan este patrón y el silencio oficial, ¿qué incentivo real tienen para confiar en que la encuesta o el mecanismo interno no será un trámite de legitimación de una decisión ya tomada?

Sería bueno saber quién se siente o se dice traicionado, porque Héctor Ortiz, con el colmillo retorcido que da décadas de trinchera, no habría aceptado sentarse a tomar café en ese espacio sabiendo de antemano que sería balconeado con una foto que hablaría de su alineación con el alcalde con licencia.

Lorena Cuéllar tampoco lo hizo sin calcular que la imagen circularía. Como quiera que sea, alguien aquí salió ganando y alguien está más que arrepentido.

Morena enfrenta en Tlaxcala, como en otras entidades, la tensión entre su narrativa de democracia interna y la realidad de las estructuras de poder locales.

La sucesión de 2027 no se dirime solo en las asambleas o en las encuestas: se construye también en las mesas de restaurante, en las camionetas oficiales y en los silencios calculados.

Quienes hoy reclaman piso parejo no necesitan teorías conspirativas, les basta con observar quién se reúne, dónde se reúne y quién guarda silencio después.

Las tres de ley… dicen que Madai Pérez extraña en IDET y por eso trato de hacer su propio evento en el patio vitral el día de ayer. Pero

  1. Cuando dirigió el Instituto del Deporte dejó a los atletas en el abandono y en el es notorio pues bajo su gestión los paraatletas y el resto de deportistas enfrentaron falta de apoyos reales, seguimiento nulo y resultados mediocres que nunca se explicaron.
  2. Como legisladora no ha aportado nada concreto al deporte, y aunque habla de “esfuerzo y compromiso”, no ha logrado presupuesto etiquetado, infraestructura, becas permanentes ni un sistema de atención digno para quienes representan a Tlaxcala.

Este reconocimiento es puro marketing personal y usa el Congreso y a los paraatletas para generar fotos y titulares, mientras el deporte estatal sigue sin más recursos gestionados por ella. Eso es poca seriedad.