El deporte, más allá de ser una actividad física o un espectáculo de masas, constituye una herramienta poderosa de transformación social, inclusión y desarrollo humano.
En contextos como Tlaxcala, donde persisten desigualdades estructurales, violencia juvenil y oportunidades limitadas para amplios sectores de la población, la activación física actúa como mecanismo preventivo y correctivo: fomenta disciplina, resiliencia, autoestima y, sobre todo, vínculos comunitarios que el tejido social desgastado reclama con urgencia.
Programas como Boxeando por la Paz —que actualmente involucra a 5 mil pugilistas activos en la capacitación de 100 mil jóvenes dentro de gimnasios comunitarios, con salario mínimo y seguro médico garantizados— ilustran con precisión esta dimensión social del deporte.
No se trata únicamente de formar campeones dentro del cuadrilátero, sino de ofrecer alternativas reales a entornos de riesgo, donde la lona o la cancha se convierten en espacios de aprendizaje de respeto, fraternidad y superación personal.
En el caso específico de Tlaxcala, la fotografía ha sido durante décadas la de un estado relegado en la geografía deportiva nacional. Con infraestructura limitada, escasa visibilidad en medios y una preocupante fuga de talentos hacia entidades vecinas como Puebla o la Ciudad de México —donde los atletas encuentran mejores condiciones de desarrollo—, la entidad parecía condenada a un papel secundario en las justas nacionales y de lo internacional ni hablamos.
Sin embargo, la agenda presentada para 2026 promete romper con esa narrativa. Con una inversión estatal que ronda los 20 millones de pesos, se han programado 20 eventos de carácter nacional y cuatro con proyección internacional. Las cifras no son menores: se proyecta una derrama económica superior a los 200 millones de pesos, la llegada de más de 20 mil asistentes —entre deportistas, entrenadores y personal técnico— y una ocupación hotelera que superará las 22 mil noches.
El calendario incluye eventos de alto calibre como el Grand Prix Internacional, que reunirá a atletas provenientes de la reciente justa olímpica París 2024; el Tour Mundial de Voleibol de Playa -que inicialmente generó risa y burlas-; la Olimpiada Nacional, que celebrará su 30 aniversario teniendo a Tlaxcala como subsede; las Olimpiadas de Oro dedicadas a adultos mayores; y actividades paralelas vinculadas al Mundial de Fútbol 2026.
Todo esto será posible gracias a infraestructura de primer nivel como la Ciudad Deportiva de Alto Rendimiento en Apizaco, cuyas instalaciones —incluyendo una pista de atletismo con certificaciones internacionales— colocan al estado en el mapa de las sedes viables para competencias de talla mundial.
Este impulso no obedece a la casualidad ni al voluntarismo. Detrás del ambicioso programa hay mesas de trabajo coordinadas por el titular del IDET, Daniel Moncayo Cervantes y la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), con Rommel Pacheco, que se materializaron en un convenio de colaboración donde el deporte se entiende como eje de inclusión, bienestar y excelencia.
Se trata de una estrategia integral que busca armonizar tres dimensiones: el alto rendimiento, el deporte social con impacto comunitario y el legado que dejarán los megaeventos globales. Una visión alineada con las prioridades federales en materia de prevención de la violencia, que encuentran en la cultura física un dique de contención frente a la descomposición social.
En este escenario de expectativas y reflectores, emerge la figura de Daniel Moncayo Cervantes, titular del Instituto del Deporte del Estado de Tlaxcala (IDET). Su llegada al cargo —inicialmente como encargado de despacho en 2023 y posteriormente ratificado— despertó dudas razonables entre los conocedores de la dinámica deportiva local. Casi por unanimidad.
Proveniente de una trayectoria técnica en metodología deportiva, con experiencia en la propia Conade, Puebla y en el sector privado, Moncayo llegaba como un perfil externo a la cuna tlaxcalteca tradicional. Las interrogantes no se hicieron esperar: ¿entendería las complejas dinámicas locales? ¿Priorizaría el alto rendimiento en detrimento del deporte comunitario? ¿Podría realmente revertir la histórica fuga de talentos y la baja posición del estado en los medalleros nacionales?
Las críticas más punzantes apuntaban a presuntas deudas políticas en su designación, así como a la percepción —recurrente en estados con fuerte identidad regional— de que se había optado por un “foráneo” en lugar de impulsar el talento local consolidado. El escepticismo, hay que decirlo, tenía fundamento en un contexto de promesas incumplidas y gestiones anteriores de escasos resultados.
A poco más de dos años de distancia, Moncayo ha logrado revertir aquellas dudas iniciales con resultados concretos, tangibles y, sobre todo, verificables. La agenda 2026 no es un anuncio aislado ni una ocurrencia de última hora: refleja un trabajo sostenido de mesas técnicas, alianzas estratégicas con la Conade —que hoy lo califica como referente nacional entre sus pares— y una inversión sostenida en ciencia aplicada al deporte, con estudios bioindicadores y seguimiento personalizado a atletas de alto rendimiento.
Pero quizás lo más significativo sea la recuperación paulatina de talentos que habían emigrado a otras entidades en busca de mejores condiciones, así como una proyección ambiciosa que coloca a Tlaxcala en el mapa deportivo más allá de sus límites geográficos. Su gestión, de perfil pragmático y enfocada en resultados medibles —derrama económica, ocupación hotelera, visibilidad internacional con mayor peso que la del propio secretario del Ramo, Fabricio Mena Rodriguez—, ha conseguido alinear el deporte estatal con las prioridades federales, lo que le ha valido un lugar privilegiado dentro del gabinete de Lorena Cuéllar.
El caso de Moncayo Cervantes ejemplifica cómo el liderazgo deportivo efectivo puede transformar percepciones y realidades en un lapso sorprendentemente corto. Las dudas iniciales, hay que reconocerlo, eran legítimas en un contexto de escepticismo histórico y desencanto ciudadano frente a la gestión pública. Pero los hechos —eventos de talla mundial confirmados, inversión federal atraída, infraestructura aprovechada al máximo y proyecciones económicas realistas— demuestran que, cuando se ejecuta con visión estratégica y coordinación institucional, el deporte no solo cambia vidas individuales, sino que eleva el perfil completo de una entidad.
Boxeo, ciclismo, levantamiento de pesas y tiro con arco seguirán siendo el motor del deporte local, eso nadie lo podrá criticar, pero que ahora la visión sea periférica y a largo plazo es algo que no se tenía como eje rector. Que un externo nos haya venido a poner orden en casa es algo que pocos esperaban, entre ellos me incluyo.
