En política no existen las coincidencias inocentes. Mucho menos cuando quien ocupa la oficina más poderosa del estado decide compartir la mesa con su aspirante para sucederla y con uno de los operadores políticos más experimentados de Tlaxcala.
El desayuno entre la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, el exgobernador Héctor Israel Ortiz Ortiz y el alcalde capitalino Alfonso Sánchez García no fue un encuentro cualquiera. Fue una imagen cargada de simbolismo político que, por sí sola, contradice el discurso de imparcialidad que Morena intenta sostener rumbo a la sucesión de 2027.
Las formas también gobiernan. Y cuando el poder se exhibe acompañado de uno de los contendientes, el mensaje deja de ser privado para convertirse en un hecho público.
Resulta imposible ignorar el contexto. Apenas unos días antes, diversos aspirantes del propio movimiento —Ana Lilia Rivera Rivera, Raymundo Vázquez Conchas, Carlos Augusto Pérez Hernández, Irma Yordana Garay Loredo, José Alejandro Aguilar López y Salvador Santos Cedillo— exigieron reglas claras, piso parejo y que el Gobierno del Estado sacara las manos del proceso interno.
Horas después, las imágenes del desayuno parecieron responder exactamente lo contrario.
Nadie discute el derecho de la gobernadora a reunirse con quien considere pertinente. Lo verdaderamente delicado es el momento político en que ocurre y el mensaje que inevitablemente proyecta hacia la militancia y la opinión pública.
Porque en una contienda interna no basta con ser imparcial; también hay que parecerlo.
Y eso fue precisamente lo que se perdió con esa reunión.
La presencia de Héctor Israel Ortiz Ortiz añade todavía más peso político al encuentro. No se trata de un actor menor ni de un invitado circunstancial. Es un exgobernador con experiencia en la operación política, cuya participación difícilmente puede interpretarse como un simple desayuno entre amigos cuando el estado vive el arranque de la disputa por la candidatura más importante.
El silencio posterior tampoco ayuda.
Ninguno de los asistentes explicó el motivo de la reunión. Tampoco aclararon por qué, al concluir el desayuno, la gobernadora permaneció alrededor de siete minutos conversando en su camioneta oficial con Alfonso Sánchez García antes de que éste regresara a su vehículo particular, mientras Héctor Ortiz abandonó primero el lugar.
Si el encuentro tenía un carácter estrictamente institucional, ¿por qué realizarlo en uno de los restaurantes más concurridos por la clase política y empresarial de Tlaxcala? Si era un asunto privado, ¿por qué exponerlo en un espacio donde era prácticamente inevitable que fuera observado?
La política también comunica mediante escenarios.
Y este escenario parecía diseñado para enviar un mensaje.
Porque una reunión de esta naturaleza pudo realizarse perfectamente en Palacio de Gobierno, en una oficina privada o incluso en la residencia oficial. Sin embargo, ocurrió en un sitio donde las fotografías, los testigos y las interpretaciones eran previsibles.
Eso convierte al desayuno en un acto político.
Morena enfrenta un problema que va mucho más allá de una fotografía. Lo que hoy está en juego es la credibilidad de su proceso interno. Si la militancia percibe que la cercanía con el poder vale más que la competencia abierta, la narrativa de una eventual imposición dejará de ser un argumento de los adversarios para convertirse en una duda compartida dentro del propio movimiento.
Quizá el desayuno sólo fue eso: un desayuno.
Pero en política las percepciones pesan tanto como los hechos.
Y cuando el poder decide sentarse a la mesa con uno de los aspirantes, siempre habrá alguien que concluya que el menú principal no era el desayuno… sino la sucesión, pero la decisión final la tiene el pueblo, la tienen los miles de tlaxcaltecas que observan cómo se comporta la clase política en el poder para seguir gobernando.
Las viejas prácticas priistas hoy salieron a relucir con mucho mayor fuerza y presencia, con un descaro total que pone en evidencia y confirma lo que muchos trabajadores y muchos ciudadanos piensan, que la imposición es un proceso que se cocina a fuego lento y que nada, ni nadie lo impedirá, mucho menos el pueblo que confío en la cuarta transformación.
La gobernadora no sólo pierde credibilidad, no solamente resta puntos a su imagen política y pública, también resta simpatía con los miles de tlaxcaltecas que día a día reclaman mejores condiciones de salud, mayor seguridad, honestidad y transparencia, a la mandataria local, ya se le olvidó que gobierna para los tlaxcaltecas y ahora piensa y actúa como una coordinadora estatal que busca imponer a su delfín, para sucederla en las elecciones de 2027.
Aquel discurso de no mentir, no traicionar al pueblo y combatir al viejo régimen, quedó en el pasado, hoy sale a relucir la verdadera imagen de gobernanza de un viejo régimen priista que hoy se viste de guinda bajo las siglas de morena.
Los errores se pagan caro y ya esperaremos a conocer los resultados de las elecciones de 2027 donde los tlaxcaltecas hablarán en las urnas, por lo pronto habrá que seguir escuchando ese discurso desgastado de honestidad y transparencia, de respeto y de amor al pueblo.
