Cucarachas, vendidos, ladrones, oportunistas de la vieja guardia o lo que usted prefiera, esa es la figura con la que se identifica, sin disimulo, el partido fundado por Guadalupe Acosta Naranjo. Sus antecedentes le preceden y ya no hay maquillaje rosa que los oculte.
Lo que inicialmente se presentó como “Somos México” —esa apropiación semántica que pretendía venderse como la voz misma de la República— acabó siendo cancelado por la autoridad electoral.
El Instituto Nacional Electoral (INE) y, después, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) ordenaron el cambio de nombre, emblema y colores porque la denominación “identifica al partido con el país” y genera confusión deliberada.
El propio tribunal lo dijo con claridad: afirmar que una organización es México establece una relación indebida entre la parte y el todo. Así de simple.
El 27 de agosto de 2026, Acosta Naranjo entregó la nueva propuesta: “SOMOS”, letras rosas sobre fondo blanco con la silueta del mapa; un retiro a regañadientes, sin renunciar del todo a la pretensión.
En menos de dos meses de registro formal —otorgado el 25 de junio de 2026— ya se asoma el historial que los define. Uno de sus referentes más visibles, el exgobernador panista Ernesto Ruffo Appel, integrante del consejo consultivo, fue detenido y vinculado a proceso por delincuencia organizada, contrabando de hidrocarburos y huachicol fiscal.
La Fiscalía General de la República (FGR) lo señala como pieza de una de las redes más grandes de contrabando de combustible detectadas, con operaciones que habrían causado un daño multimillonario al fisco.
Acosta Naranjo salió de inmediato a defenderlo: “preso político”, “arbitrariedad”, “no tenía facultades para controlar aduanas”. La misma lógica de siempre: cuando tocan a los suyos, la persecución es política; cuando tocan a otros, es justicia.
Si uno se detiene a mirar con honestidad este nuevo partido no busca otra cosa que convertirse en el salvavidas de un ex perredista que perdió notoriedad y prestigio, y de un elenco de figuras que la historia ya marcó.
Acosta Naranjo, fundador del PRD, dos veces diputado federal, presidente interino del sol azteca en 2008, cargó durante años con acusaciones de voracidad y opacidad dentro de su propio partido.
Hoy se reinventa como abanderado de la “izquierda democrática y progresista”, pero el originario de la Marea Rosa —aquel movimiento que respaldó a Xóchitl Gálvez y se opuso a las reformas de la 4T— es, en la práctica, un contenedor de reciclados: panistas, exministros, exconsejeros del INE, priistas reconvertidos y activistas de ocaso. Una casa común, dicen. Casa común de quienes ya no caben en ningún lado.
En Tlaxcala y en buena parte del país casi nadie conoce a los integrantes de esta organización, pero nadie duda de lo que viene: buscarán engañar a quienes, hambrientos de reflector, necesiten unas siglas para el camino a 2027.
Veremos a candidatos relegados de sus partidos originales treparse a esta barcaza, convencidos de que el simple hecho de aparecer en la boleta les devolverá relevancia. Las siglas, sin embargo, estarán destinadas al fracaso electoral; no hay magia que convierta en fuerza lo que nació como refugio.
Para quien intentó posicionar el “Somos” con calificativos positivos —ciudadanía, juventud, causas sociales, 20 % de candidaturas para madres buscadoras, un tercio para menores de 35 años— la realidad terminó por convertir la operación en burla de redes.
La campaña digital que pretendía proyectar frescura solo sirvió para recordar lo que han significado estas mismas caras para la política mexicana: estructuras, cuotas, defensas selectivas y un olfato privilegiado para el financiamiento público que ahora les corresponde como partido registrado.
Semos, somos, seremos, la conjugación no cambia el fondo; hoy carecen de identidad propia y quisieron suplirla con un eslogan que la autoridad les arrancó. Queda el nombre a medias, el color diluido y el olor a basurero político del que es difícil salir sin mancha.
Mientras defienden a uno de los suyos acusado de huachicol fiscal y prometen que “ningún delincuente será candidato”, la contradicción se vuelve el único discurso coherente.
No hay futuro alentador aquí, solo la repetición de un ciclo que la izquierda crítica ya conoce de memoria: el reciclaje de los que perdieron, el salvavidas de los que ya no tienen partido y la promesa de restauración democrática hecha desde el mismo oficio de siempre.
Hoy son poco más que una nota al pie y si las redes no mienten, seguirán siendo, por un buen rato, la burla que ellos mismos sembraron. Así está la mancha de Guadalupe Acosta Naranjo y si en Tlaxcala tiene eco pongamos atención con los que se le puedan sumar.


