MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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Por cada joven que desaparece, hay una familia que se desgarra, un hogar que se quiebra y una comunidad que tiembla de impotencia. La historia de los jóvenes de Tlaxcala, arrancados de la vida en un viaje que prometía sol y mar en Oaxaca, es un puñal en el corazón de quienes aún creemos en la justicia.

Encontrados brutalmente asesinados en Puebla, sus cuerpos desmembrados y arrojados como despojos en una carretera, estos muchachos y muchachas —Brenda, Angie, Raúl, Noemí y tantos otros cuyos nombres aún pugnan por ser reconocidos— son más que estadísticas: son el reflejo de un país donde la vida parece valer menos que el silencio de las autoridades.

Imaginen por un momento el dolor de esas madres y padres en Apizaco, Tzompantepec o Yauhquemehcan. Sus hijos salieron de casa con sueños simples: disfrutar la costa de Huatulco o Zipolite, tal vez reír bajo el sol o compartir una foto en redes. En cambio, sus familias recibieron noticias que nadie debería escuchar: cuerpos mutilados, bolsas con manos cercenadas, identificaciones que confirman lo peor.

¿Cómo se consuela a una madre que sabe que su hija fue hallada, pero no viva? ¿Cómo se abraza a un padre que espera aún que las pruebas de ADN no confirmen sus peores miedos? La incertidumbre y el horror son ahora sus compañeros diarios, mientras las autoridades de tres estados —Tlaxcala, Oaxaca y Puebla— se pierden en un laberinto de excusas y números que no cuadran. Los tres por igual.

Por qué, ¿qué nos dicen las fiscalías? Oaxaca reconoce solo cuatro desaparecidos, mientras en Tlaxcala se habla de hasta nueve. Puebla, con su hallazgo macabro en la autopista Cuacnopalan-Oaxaca, parece limitarse a contar cuerpos sin prisa por dar respuestas. Nueve jóvenes masacrados, algunos con balazos, otros despedazados, y las autoridades aún titubean: “seguimos investigando”, “coordinamos esfuerzos”.

¿Es esto lo que merecen las familias? ¿Palabras vacías mientras el crimen organizado pasea su barbarie por nuestras carreteras y destinos turísticos? La costa oaxaqueña, vendida al mundo como paraíso, se tiñe de sangre, y nadie parece dispuesto a asumir la responsabilidad.

No es solo la violencia lo que mata: es la indolencia. Brenda Mariel Salas Moya apareció con vida, dicen, pero ¿dónde está el informe claro sobre su estado? Jacqueline Ailet Meza Cázares fue localizada, pero su hermana clama que no respira, y las autoridades callan. ¿Qué esconden? ¿Por qué las cifras bailan entre cuatro, siete, nueve víctimas, como si la vida de cada uno fuera un dato negociable?

Las familias merecen verdad, no confusión. Merecen acción, no promesas de coordinación que suenan a eco hueco. El gobierno de Tlaxcala pide unión entre fiscalías, pero ¿de qué sirve si el resultado es una investigación que avanza a paso de tortuga mientras el dolor se enquista?

Esta masacre no es un caso aislado; es un grito que retumba en un México donde la dignidad y el orgullo de los pueblos —valores que deberían sostenernos— son pisoteados por la ineptitud y la complicidad. Las autoridades han fallado en proteger, en investigar, en consolar.

Han dejado a estas familias solas, enfrentando un duelo que no debería ser suyo. A esos jóvenes de Tlaxcala les robaron la vida, pero a sus seres queridos les están robando la esperanza.

¿Hasta cuándo seguiremos contando cuerpos mientras los responsables, sean criminales o funcionarios omisos, siguen impunes? Es hora de que las lágrimas de estas familias encuentren eco en algo más que el silencio. Es hora de justicia en las tres entidades federativas.