En la recta final de los procesos internos de Morena, las definiciones estatales suelen convertirse en auténticas radiografías de las tensiones, los intereses de grupo y las resistencias del viejo régimen que aún operan bajo el barniz de la Cuarta Transformación. El caso de Tlaxcala no es la excepción. A flote de las aguas revueltas de la sucesión gubernamental, el proceso para designar al coordinador o coordinadora estatal de defensa de la transformación ha llegado a su punto de ebullición, dejando al descubierto una constante: cuanto más sólida es la ventaja de un perfil genuinamente surgido de las bases, más desesperada y burda se vuelve la reacción del aparato oficial.
El escenario tlaxcalteca se resume hoy en un contraste clarísimo. De un lado se encuentra Ana Lilia Rivera Rivera, senadora con licencia, fundadora del movimiento en el estado y una de las legisladoras más lúcidas y congruentes de la izquierda mexicana, quien se mantiene sólidamente a la cabeza de las preferencias con un respaldo que ronda el 49% de aceptación interna. Del otro, el favorito de Palacio de Gobierno: Alfonso Sánchez, apuesta directa de la mandataria estatal Lorena Cuéllar, arropado por la inercia de las estructuras oficiales y el uso faccioso de los recursos públicos.
Sin embargo, frente a la realidad de las calles y el respaldo popular hacia la senadora con licencia, el equipo del oficialismo local ha tenido que recurrir al pataleo virtual. “Seamos serios”, se han atrevido a proclamar en las últimas horas desde sus trincheras, usando la frase como eslogan de consigna para lanzar y difundir una patito-encuesta —tan burda como desesperada— donde mágicamente inflan los números de Alfonso Sánchez para intentar revertir lo irreversible.
“Seamos serios”, replican con socarronería los aplaudidores del delfín y hacen todo por circular semejantes ocurrencias digitales. Sí, hay que ser serios: pretender que un candidato inflado a golpe de boletín oficial y encuestas de fantasía va a borrar el trabajo territorial de años es subestimar la inteligencia de los tlaxcaltecas. Es un chiste de muy mal gusto intentar maquillar la derrota inminente de un perfil gubernamental que jamás despegó en el ánimo de la gente.
Ana Lilia Rivera representa la congruencia histórica, el trabajo de terracería de cuando militar en la izquierda era una osadía y, sobre todo, una independencia política que choca frontalmente con los apetitos de continuidad cupular de la administración en turno. Es precisamente esa autonomía y su inobjetable arraigo social lo que tiene nerviosos a los operadores del régimen.
Ante la imposibilidad de rebatir con argumentos o con trabajo político el liderazgo indiscutible de Rivera, la respuesta desde el poder estatal ha sido la ruta de siempre: la guerra sucia. En las últimas semanas, las redes sociales y una red de portales y medios locales afines —subordinados al presupuesto oficial— han intensificado una campaña sistemática de desinformación, culminando en estos sondeos de risa loca que buscan desviar la atención. Inventan grillas, manipulan métricas e insultan la inteligencia colectiva intentando manchar una trayectoria limpia, como la de quien supo presidir con dignidad la Mesa Directiva del Senado de la República. No toleran que una verdadera representante de la base social pueda arrebatarles el control transexenal.
Por eso, ante tanta fantasía patrocinada, bien vale la pena aplicarles su propia divisa “SEAMOS SERIOS”: El triunfo de Ana Lilia Rivera en este proceso no solo es probable; es, ante los ojos de la militancia y de las reglas democráticas del movimiento, inobjetable.
Cuando un liderazgo se construye a ras de tierra, ninguna granja de bots, ninguna encuesta patito ni ningún capricho de oficina gubernamental podrá detener la voluntad popular. En Tlaxcala, la transformación camina con identidad propia, y será una mujer de lucha la que encabece su defensa.


