El Partido Revolucionario Institucional (PRI) construyó durante décadas un sistema de poder basado en la negociación interna, el control de clientelas, el corporativismo sectorial y, sobre todo, en un fino cálculo de equilibrios entre tribus, cacicazgos y grupos de interés. En la última visita de su líder nacional todo eso quedó reducido a nada.
Al priismo estatal y a gran parte de la población le generó ruido la perdida de ese “feeling”tricolor —la capacidad de anticipar rupturas, repartir cuotas y mantener la disciplina aunque fuera a costa de la democracia interna— porque fue gracias a eso que en muchos momentos se sobrepuso, manteniendo su único activo intacto aún cuando ya habían enterrado la legitimidad ideológica.
Hoy, bajo la dirigencia de Alejandro Moreno Cárdenas “Alito”, ese activo también parece agotado. Lo que queda es un partido que hace ruido en lugar de propuestas, que acusa censura cuando le aplican las mismas reglas que antes defendía y que, en el terreno local, sigue privilegiando la imposición sobre el acuerdo. Vamos por partes.
Hace unas horas el Instituto Nacional Electoral (INE) ordenó, una vez más, a Alejandro Moreno, al PRI y a varios de sus legisladores (incluido Rubén Moreira) abstenerse de vincular a Morena con el crimen organizado mediante expresiones como “narcopartido”, “narcogobierno”, “narcorégimen” o “narcodictadura”, al considerar que carecen de sustento fáctico suficiente y pueden constituir calumnia electoral. La medida cautelar incluye el retiro de publicaciones y una tutela preventiva.
La reacción del PRI fue previsible: denuncia de censura, impugnación ante el Tribunal Electoral y amenazas de acudir a organismos internacionales. Es el mismo partido que, durante sexenios anteriores, defendió la “estabilidad” del INE, pero únicamente cuando este órgano regulaba (y en ocasiones restringía) la expresión de sus adversarios. Ahí sí, todo estaba bien.
El contraste con el precedente de Andrés Manuel López Obrador —a quien el INE limitó menciones hacía Xóchitl Gálvez en 2024— es evidente y, sin embargo, se omite en el discurso actual. Cuando el árbitro limitaba a la oposición de entonces, se hablaba de reglas del juego; cuando limita al PRI de hoy, se habla de ataque a la libertad de expresión. Esa selectividad no es nueva: es la continuidad de una cultura política que siempre trató las reglas como instrumentos, no como principios.
La ausencia de un plan de trabajo concreto, de propuestas programáticas creíbles o de una narrativa de gobierno que vaya más allá de la descalificación, empuja al partido a la polarización permanente, donde el ruido llena el vacío, porque eso es lo que hay en el PRI, puro vacío.
Mientras tanto, los datos de afiliación y de resultados electorales muestran un deterioro sostenido: el PRI ha perdido la mayor parte de su militancia desde 2019 y llega a 2027 con una presencia territorial reducida y la necesidad casi desesperada de alianzas que otros actores (PAN y Movimiento Ciudadano) reciben con frialdad o rechazo. Hasta con asco los ven.
El PRI histórico no era un partido de debate abierto ni de primarias genuinas. Su fuerza residía en el dedazo, el corporativismo (obrero, campesino y popular) y el clientelismo: intercambio de favores, puestos y recursos por lealtad y movilización. No le demos vueltas.
El presidente en turno designaba al sucesor; los sectores negociaban cuotas; los cacicazgos locales operaban con autonomía relativa siempre que entregaran votos y disciplina. Cuando alguien se salía de la fila, se le marginaba o se le incorporaba con una compensación y esa maquinaria permitió setenta años de hegemonía, pero también generó fracturas profundas -la Corriente Democrática de 1987-88 es el ejemplo clásico- y, con el tiempo, se volvió incapaz de competir en un sistema multipartidista. Por eso odian la democracia.
Hoy todo ese “feeling” se ha perdido. La dirigencia nacional no parece capaz de articular acuerdos previos con las tribus locales antes de proyectar nombres. El episodio local, en la visita de Alito a Tlaxcala es muestra de ello, pues según testimonios de asistentes, el empresario Luis Antonio Herrera Pérez (director de la marca Fire Sports, con antecedentes por Movimiento Ciudadano a la alcaldía de la capital en 2024) apareció en espacios cercanos a la dirigencia nacional sin un proceso de negociación visible con los actores locales, lo que habría generado inconformidad de otros sí priistas.
Herrera Pérez ha expresado interés en volver a competir en 2027 y mantiene presencia pública a través de su actividad empresarial y deportiva. Por eso mismo es de llamar la atención que un actor externo o con trayectoria reciente en otro partido se siente a la mesa “sin boleto”. eso explica que se hayan generado tensiones predecibles entre los grupos que históricamente controlaban las candidaturas. No es ilegal según los estatutos, pero si es una ruptura de las formas no escritas que el PRI siempre usó para evitar sangrías internas.
Cuando el partido que durante décadas perfeccionó el arte de la negociación previa llega a un evento sin haber cerrado los acuerdos, el resultado es un ambiente tenso, desangelado y, a la larga, una fragmentación mayor. Los “verdaderos priistas” que permanecieron en los peores momentos perciben que se les desplaza por imposición desde el centro o por operadores que no pagaron el costo de la lealtad en los años difíciles. Eso no genera unidad: genera resentimiento y fuga de cuadros pero aquí nadie dice nada.
Si el único activo que conservaba intacto —la capacidad de hacer política en el sentido clásico de negociar, disciplinar y repartir— se ha diluido, el partido se queda con: una dirigencia personalista centrada en la figura de Moreno, que ha prórrogado su mandato y concentra el control; Un discurso de confrontación permanente que, sin propuestas de gobierno, termina siendo solo ruido; Estructuras locales debilitadas y tribus que se comen entre sí; La dependencia de alianzas que otros partidos no están dispuestos a conceder en condiciones favorables y una creciente percepción de que las reglas del juego solo se aceptan cuando favorecen.
Cuando se impone sin consenso como ocurre en la capital, cuando se grita “censura” ante el árbitro y cuando se sustituye el programa por la descalificación, el partido deja de ser un actor con capacidad de gobierno y se convierte en un vehículo de resistencia simbólica.
La pregunta que formula este análisis es concreta: si el viejo priismo perdió el feeling que era lo único que le quedaba intacto, ¿qué le queda hoy? La respuesta, a la luz de los hechos de 2026, es cada vez más clara: ruido, imposiciones y una creciente distancia entre la dirigencia nacional y las bases locales que todavía creen que el partido puede ser algo más que un aparato de protesta… y hoy la protesta está en la capital por la lucha de esa misma capital.

