La verdadera oposición de Ana Lilia está en Morena

NÉSTOR
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Durante años, Morena construyó su identidad asegurando que la lucha era contra los partidos de siempre. Que el adversario estaba afuera. Que la transformación consistía en desterrar las viejas prácticas de la política mexicana.

Hoy, en Tlaxcala, pareciera que esa narrativa se agotó.

La principal batalla ya no se libra contra el PRI, el PAN o Movimiento Ciudadano. La guerra más intensa está dentro de Morena. Y los hechos ocurridos este fin de semana, con bardas de apoyo a la senadora con licencia Ana Lilia Rivera Rivera borradas y vandalizadas en distintos municipios, son apenas otro síntoma de una disputa que desde hace meses dejó de ser silenciosa.

No se trata de unas cuantas paredes pintadas. Se trata de un mensaje político.

Cuando alguien intenta desaparecer una expresión de apoyo ciudadano, lo que realmente busca es borrar la percepción de fuerza de un proyecto político. Es una estrategia tan vieja como la propia política: si no puedes contener el crecimiento de un liderazgo, intenta invisibilizarlo.

La paradoja resulta brutal.

Morena nació denunciando la guerra sucia. Hoy enfrenta el riesgo de reproducir exactamente los métodos que durante décadas atribuyó a sus adversarios.

No es casualidad que los ataques aparezcan alrededor de quien hoy representa uno de los perfiles más competitivos dentro del movimiento. Ana Lilia Rivera ha construido una presencia política que trasciende coyunturas. Tiene estructura, reconocimiento, cercanía con la dirigencia nacional y una base de simpatizantes que, guste o no, la coloca entre las figuras con mayores posibilidades rumbo a la sucesión de 2027.

Y en política existe una regla que rara vez falla: mientras más crece un liderazgo, mayor es la resistencia que genera, especialmente entre quienes comparten el mismo partido.

La historia demuestra que los proyectos políticos no siempre son derrotados por la oposición. Muchas veces son saboteados desde casa.

Eso explica por qué Morena vive hoy una contradicción incómoda. Mientras públicamente llama a la unidad, en los hechos proliferan señales de confrontación interna. El problema no son las diferencias; esas existen en cualquier partido. El problema aparece cuando algunos parecen entender la competencia como un ejercicio de desgaste permanente.

Hasta ahora no existe evidencia pública que permita identificar a los responsables de los actos vandálicos. Y precisamente por ello corresponde a Morena investigar, condenar y deslindarse. Callar sólo alimenta la percepción de que la guerra interna se tolera mientras no deje responsables visibles.

Porque el silencio también es una forma de hacer política.

La dirigencia estatal tiene la obligación de enviar un mensaje claro: en Morena caben las diferencias, pero no la intolerancia; caben los proyectos distintos, pero no las prácticas que buscan intimidar o borrar expresiones ciudadanas.

Si el partido no es capaz de garantizar un piso parejo para sus propios liderazgos, ¿con qué autoridad moral podrá hablar de democracia hacia afuera?

La elección de 2027 todavía está lejos, pero la disputa comenzó hace tiempo. Y cada episodio como éste confirma una realidad incómoda: la principal amenaza para algunos proyectos políticos no proviene de la oposición.

Proviene del fuego amigo.

Porque, al final, las bardas pueden volver a pintarse. Lo verdaderamente difícil será borrar la impresión de que, en Tlaxcala, la lucha más feroz por el poder ya no enfrenta a Morena contra otros partidos, sino a Morena contra Morena.