La soledad del corredor de fondo

Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Comparte esta nota
Hace dos domingos le confesaba a ella que nunca me ha gustado correr. Ni de joven, ni ahora. De gustarme, me gusta Carver, Scorsese, Terrence Malick, los ojos de Ingrid Bergman, el primer sorbo de café en la mañana, los Heraldos Negros de Vallejo, las sobremesas, Nápoles, las clavículas escrupulosamente dibujadas, el sol de invierno, la carbonara, los tobillos tenues, la quinta de Mahler, Oasis, el mole justo de picoso y ganando en lo dulce, Ida Vitale, Morante, Chavela Vargas, Urdiales, D´Artagnan, Veracruz, el evangelio según San Juan, la playa sin sol… por ejemplo, pero… ¿correr? Aunque seguir un paso tras otro hasta completar tantos kilómetros, me ha suministrado una buena dosis de vida —la vida, no tiene que gustar precisamente, puedes estar en su contra o en desacuerdo, o no, todo lo contrario, pero al final, la vida solo es vida y lo único real es aceptarla—, y sobre todo me ha dado humanidad en esas sesiones de observación o reflexión, y las menos veces (por desgracia), me ha permitido escuchar el silencio: lo más sabio y lo más parecido a Dios.
En Ciudad de México corrí mi primer maratón hace 367 días, me lo recordó Facebook; lo hice con apenas unos cuantos meses de mala preparación (después de años enteros sin hacer siquiera cinco kilómetros) y no lo hice por la efervescencia popular emanada hoy en día; más bien, lo hice para llamar la atención de la persona a la que le confesé que nunca me había gustado correr; ese acto declaratorio me traslada (sin haberlo planeado así) a un recital de Joaquín Sabina refiriéndose a su primer e inalcanzable amor, “sólo se me ocurrían tres maneras de atraer su atención: triunfar en el toreo, atracar un banco o suicidarme…lo malo es que las tres exigían un valor que yo no tenía”; Sabina debió agregar, para ser justos, un cuarto supuesto: correr un maratón; además, eso de intentar llamar su atención, fue un cuasi suicidio en el que por fortuna, no morí. Ese día, odié con todo mi ser correr; conocí la absoluta desolación, el dolor por voluntad propia y la certeza de querer abandonar. No desmayé, pero en su sentido más real palpé la soledad del corredor de fondo —precioso título del cuento de Alan Sillitoe, versionado al cine en 1962 por Tony Richardson—, y quizá, sea eso lo que no me guste: la fricción, la incomodidad, la exigencia de salir de un mediano bienestar; especialista en esquivar el dolor, la soledad… Y pienso que, quizá siempre ha primado en mí el egoísmo de sentir una paz falsa, escurrirme de la soledad o de mí mismo, la holgazanería y la facilidad. Leila Guerriero (confrontando la acción de ambos verbos) dice que corre para terminar de escribir, porque corriendo y escribiendo se sufre demasiado; nadie quiere estar en un kilómetro 37 o atorado en alguna idea, sentimiento o publicación; corro para sentir el desahogo de terminar; por ver todo ya escrito, por sentir solamente lo sentido; no me gusta correr ni escribir ni nada de la vida cuando no tengo su certeza, cuando todo está apelmazado sin deglutir, cuando no existe lo creado porque detesto la construcción y me fascina regocijarme en la certidumbre. En mi defensa diré también que me gustan las personas las cuales con su sola presencia te invitan a seguir su estela, miradas en las que puedes ampararte para encontrar nuevas versiones de ti tras hurgarte en lo escondido, en los vestigios de tu propia invisibilidad que ni siquiera tú conoces; de ser por mí y mi poca voluntad, nunca habría corrido 42km.
En “La soledad del corredor de fondo”, el protagonista Smith —un joven inglés de clase baja— es condenado a purgar una pena en el reformatorio de Essex por haber robado en una panadería; se refugia en las carreras de larga distancia y las autoridades ven en él un gran instrumento por sus condiciones atléticas. Cerca de purgar su pena, tiene una competición y todos esperan su victoria. Ganaría fácil, de no ser porque a pocos metros de la meta, y con una amplia ventaja con el segundo lugar, mientras todos le presionan para no parar, abandona toda pretensión de lo que se espera de él y cede el primer lugar. Claro, todo esto es un análisis y crítica social, moral, política y filosófica. Yo tendría que haber corrido el próximo fin de semana la nueva edición del maratón de Ciudad de México y decidí abandonarlo. No por la heroicidad revolucionaria de Smith —vamos, ni de lejos— más bien abandoné por no querer haberme preparado lo suficiente, por vaguería, porque no me gusta correr… pero, hay tantas cosas que no me gustan y entiendo que son las prioritarias para iniciar en mi vida con urgencia y sin mayor pretensión: solo comenzarlas sin impacientar por el resultado final, sin intuir ni divagar tontamente sobre qué o cómo será el hecho de tenerlas ya conseguidas, cocinadas y listas al punto de cocción; deberé iniciar un paso tras otro, continuarlos, sin frenar por lento que se vaya y continuar sin vibrar por conocer la certeza final. El destino nunca ha sido Ítaca, sino el propio camino a ella, esos propios pasos.
Ir en contra de lo que he construido de mí. Eso me ha enseñado correr.
En la opinión de Eduardo Lozano