Hay temas en los que un gobierno no puede conformarse con decir que está trabajando. La trata de personas es uno de ellos. En Tlaxcala, una entidad que por décadas ha sido señalada por este delito, cada administración llega prometiendo un antes y un después. Sin embargo, la percepción social es que el problema sigue ahí.
El gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros habla de coordinación, operativos y estrategias de seguridad. Pero la pregunta es inevitable: ¿dónde están los resultados que permitan afirmar que Tlaxcala dejó de ser referente nacional por la trata de personas?
No basta con presentar cifras de reuniones de seguridad o difundir boletines sobre acciones aisladas. Lo que la ciudadanía espera es una disminución evidente del delito, el desmantelamiento de las organizaciones criminales, sentencias ejemplares y, sobre todo, comunidades donde las familias dejen de vivir con el temor de que sus hijas e hijos puedan convertirse en víctimas.
La trata de personas no es un delito cualquiera. Es uno de los negocios criminales más lucrativos y crueles del mundo. En Tlaxcala, además, representa una pesada carga histórica que ha deteriorado la imagen del estado durante décadas. Por eso resulta insuficiente que el combate al problema permanezca, para muchos ciudadanos, más visible en el discurso institucional que en cambios perceptibles en la realidad cotidiana.
Mientras el gobierno presume avances en diversos rubros, la lucha contra la trata parece seguir siendo una asignatura pendiente. No porque no existan acciones, sino porque sus resultados aún no logran convencer a una sociedad que exige hechos y no promesas.
La confianza no se construye con campañas de comunicación. Se construye cuando las víctimas encuentran justicia, cuando las redes criminales dejan de operar, cuando las comunidades vulnerables reciben protección efectiva y cuando los responsables enfrentan consecuencias reales.
Tlaxcala merece dejar de ser noticia por este delito. Pero ese objetivo no se alcanzará con conferencias de prensa ni con mensajes optimistas. Se logrará únicamente cuando las políticas públicas sean capaces de traducirse en resultados verificables.
En la lucha contra la trata de personas no hay espacio para la autocomplacencia. Mientras exista una sola víctima, cualquier discurso de éxito será, cuando menos, prematuro.


