MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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La primera vuelta de las elecciones brasileñas de este fin de semana no solo confirmó el regreso del bolsonarismo a las puertas del Planalto, también exhibió, con números contundentes, el triunfo de una nueva generación de ultraderecha forjada desde las redes sociales. 

Nikolas Ferreira, Lucas Pavanato (el diputado federal más votado de São Paulo), Eduarda Campopiano (casi dos millones de votos y la diputada estatal más votada del estado), Gustavo Gayer, André Fernandes, Guilherme Kilter y Cleitinho Azevedo, no son políticos tradicionales, todos ellos son productos de un método preciso: convertir la fe en identidad de combate, el algoritmo en amplificador de confrontación y el dinero en escala electoral.

El patrón es claro; se articula un discurso de “Dios, patria, familia y libertad”, tal como hoy sucede en México. El antifeminismo, el rechazo a las cuotas raciales, la defensa de la colonización como “gloria a Dios” y la denuncia permanente del “adoctrinamiento” universitario se transforman en contenido de alta interacción. 

Pavanato lo reconoció sin rodeos: una pelea genera más impacto digital que una enmienda legislativa. Campopiano, tras su triunfo, declaró que “la guerra apenas comienza”. 

Las polémicas —pelucas en la tribuna, montajes con esvásticas, videos de “denuncia” que terminan en condenas civiles o multas electorales— no restan votos, al contrario: se convierten en prueba de persecución y en nuevo material viral. La inmunidad parlamentaria y el archivo de causas refuerzan el relato de “ellos contra nosotros”. Algo muy parecido a lo que ya hace Alito en México.

Este no es un fenómeno aislado. Argentina lo vivió con Javier Milei en 2023: un personaje ajeno a la política que construyó marca personal en YouTube, X y TikTok con polarización deliberada, anti-casta y moralización de la economía y la cultura. Todos se la compraron y hoy pagan las consecuencias.

Es muy claro que el algoritmo hizo el trabajo de amplificación; el capital de campaña y el apoyo de sectores económicos cerraron el círculo. Brasil 2026 muestra la versión más madura y organizada del mismo manual, ahora con un fuerte componente evangélico.

¿México está en una fase intermedia?, yo creo que sí. Tiene una de las tasas más altas de uso de WhatsApp, TikTok, Instagram y Facebook en América Latina. La polarización ya es intensa y el algoritmo premia exactamente lo mismo que en Brasil: el clip de confrontación supera con creces a la propuesta en sí misma. 

Existe un electorado conservador —evangélico y católico— que responde a narrativas de amenaza moral (aborto, “ideología de género”, familia tradicional); las campañas mexicanas ya destinan porcentajes crecientes del presupuesto a publicidad digital segmentada; cuando se invierten millones de forma sostenida, se puede fabricar o amplificar una figura casi desde cero y a eso le apuesta Ricardo Salínas Pliego.

Las diferencias existen, porque México no tiene aún un equivalente exacto a Bolsonaro o a una red de influencers-políticos tan cohesionados y con base evangélica tan movilizada; el oficialismo también domina el terreno digital, pero el manual ya circula: fe como marco identitario, polarización como estrategia de alcance y dinero como multiplicador, justamente todo lo que ya hace Tv Azteca.

Si se consolida una figura o coalición que combine discurso moral-religioso, contra los grupos actualmente establecidos como el modernismo y si se mejora el dominio de las plataformas, el tránsito se acelera.

La lección de Brasil y Argentina es contundente; la derecha digital no inventa el odio: lo industrializa, transforma la confrontación en contenido, el contenido en movilización y la movilización en poder politico. 

Las sanciones judiciales, las multas y las críticas de “discurso de odio” no lo detienen; lo alimentan. En México, la pregunta ya no es si el modelo se está importando, es a qué velocidad y con qué actores locales lo hará propio.

La política del siglo XXI se juega cada vez menos en los foros y cada vez más en el feed, por eso mismo quien domine el algoritmo, la fe y el capital digital, tiene una ventaja estructural difícil de revertir… Bolsonaro con un apellido manchado por lo peor de esa geografía está a punto de demostrarlo y su padre -por apestado que sea- será testigo de ello.