La política, cuando se ejerce con madurez, entiende los tiempos. Cuando se practica con ansiedad, los atropella. Y en Tlaxcala, lo que hoy vemos no es estrategia: es prisa. No es posicionamiento: es saturación. No es liderazgo: es ansiedad pintada en cal y cemento.
El alcalde de la capital, Alfonso Sánchez García, decidió que la mejor manera de acercarse a la candidatura de Morena al gobierno del estado en 2027 era convertir a Tlaxcala en una galería de autopromoción.
Cientos de bardas. Espectaculares. La leyenda críptica —y francamente pretenciosa— de “Es él”. Como si la política fuera una revelación divina y no un ejercicio democrático. Pero la realidad es menos mística y más terrenal.
En su reciente visita a Tlaxcala, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no ocultó su incomodidad ante el paisaje. No fue necesario un pronunciamiento público para advertirlo: quienes la escucharon percibieron molestia. Y no era para menos. No existe convocatoria nacional de Morena para iniciar procesos internos rumbo a 2027. No hay reglas abiertas. No hay tiempos formales. Lo que sí hay es una invasión de bardas que, más que entusiasmo político, reflejan desesperación anticipada.
Porque hay algo profundamente impertinente en adelantarse al reloj institucional. Morena, al menos en su discurso fundacional, prometió desterrar las viejas prácticas del destape, la imposición y la simulación. Prometió que sería el pueblo, a través de encuestas, quien decidiría candidaturas. La propia presidenta fue clara cuando ciudadanos le pidieron que no permitiera una imposición desde el gobierno estatal: será la encuesta la que defina.
Y ahí es donde la estrategia del alcalde se desmorona. Si la encuesta decide, ¿para qué el bombardeo visual? Si el pueblo elige, ¿por qué la ansiedad de colonizar cada muro disponible? Si la legitimidad proviene de la preferencia ciudadana, ¿por qué recurrir al ruido antes que al trabajo? La respuesta es incómoda: porque la apuesta no parece ser la convicción, sino la presión.
Desde principios de año, según se comenta en distintos círculos políticos, la maquinaria arrancó a todo vapor. Recursos fluyendo. Operadores moviéndose. Burocracia presionada. La sombra de la imposición flotando en el ambiente. Y todo para construir una candidatura que, según las encuestas más recientes, simplemente no despega.
Ahí está la ironía mayor: mientras más bardas aparecen, menos crece la preferencia. El cemento no sustituye la confianza. La pintura no compra credibilidad. El eslogan no reemplaza el liderazgo.
En este escenario tampoco sale bien librada la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros. Porque cuando desde el poder se percibe la intención de inclinar la balanza, el costo político es doble: erosiona la imagen de imparcialidad y lastima el discurso de transformación. Y si algo dejó claro la presidenta en su respuesta a los ciudadanos fue que no habrá dedazo disfrazado.
La política no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Y quien se adelanta demasiado corre el riesgo de agotarse antes de tiempo. Peor aún: de exhibir su ambición sin haber consolidado su legitimidad.
Atiborrar Tlaxcala de bardas no es un acto de fortaleza, sino de fragilidad. Es el síntoma de quien teme no ser recordado si no está permanentemente a la vista. Pero el poder no se construye a brochazos; se construye con resultados.
Quizá el mensaje más claro no lo dieron los muros pintados, sino los números de las encuestas. En ellos no hay consigna ni slogan que valga. Son fríos. Son implacables. Y hoy, dicen algo que ninguna barda puede ocultar: la preferencia no se impone, se gana.


