Estos días azules y este sol de la infancia

Comparte esta nota

Supongo, todo artista, después de una vida de subidas y bajadas, de teorías complejas sobre sus emociones y maneras de ver al mundo, sintiendo el encuentro con la luz suprema, aspira a la verdad posada —como siempre— en la aparente simpleza: «Estos días azules y este sol de la infancia». Son estos versos, aun sin publicarse, algunas de las letras más importantes que se han escrito en las que se conjuntan la máxima aspiración de un poeta; fueron encontradas como culmen a la vida de Antonio Machado —San Antonio Machado— y escritos por él antes de morir en un medio papel que se arrugó oculto en alguna bolsa de su abrigo; lo encontró su hermano cuando recogía sus pertenencias en la pensión que habita tras su exilio en Collioure.

Al final solo importan las cosas del principio, (Luis Alberto de Cuenca). Y es que es verdad, siempre volvemos a la simplicidad del inicio; nos refugiamos en aquellos días donde el azul del cielo nos relumbraba, donde poco o nada se movía y los días parecían eternos. Donde hubo felicidad, y si no era tal, estamos ahora, inflados de convencimiento de que lo era después de cincelar nuestros recuerdos. La verdadera patria del hombre es la infancia, lo dijo Rilker: cierto, todo de nuestro presente está allí. Por fortuna o por desgracia, todo pasa, pero siempre podremos volver a lo ya sucedido: Se canta lo que se pierde.

Ayer, en el aniversario luctuoso de Antonio Machado.