MARTÍN RODRÍGUEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ/INNOMBRABLE
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Es lógico y casi inevitable preguntarse: ¿por qué nadie lo hizo antes? No hay respuesta que justifique la tardanza en comenzar a formar un salón de la fama —o, como se le definió en la entidad, el Muro de la Fama—.

Nadie lo entiende, porque Tlaxcala tiene una historia deportiva digna de contarse y preservarse. Por eso la propuesta de Daniel Moncayo Cervantes, cristalizada a través del Instituto del Deporte de Tlaxcala (IDET), acaba de dar el primer paso concreto al inaugurar el Muro de la Fama “Leyendas del Deporte de Tlaxcala”.

Los primeros en entrar son figuras que representan tanto el alto rendimiento convencional como el adaptado. ¿Quién podría poner en duda la prolífica carrera de Fernando Miguel Arroyo Rosales, el más grande ciclista tlaxcalteca, que recibe el reconocimiento de manera póstuma.

O del atleta adaptado Leonardo de Jesús Pérez Juárez; o los entrenadores Luis Ordoñez Valdés, Martín Díaz López y Marco Antonio Nava Álvarez. Todos lo merecen.

Este es un reconocimiento que no solo enaltece trayectorias, sino que envía un mensaje claro a las nuevas generaciones: el esfuerzo tiene memoria y se premia.

Lo más revelador del acto no fueron únicamente los nombres, sino la autocrítica del propio director del IDET, Daniel Moncayo Cervantes; al hablar de la falta de confianza hacia el IDET como una de las razones por las que no se registraron más perfiles, Moncayo puso sobre la mesa algo que muchos pensábamos en privado.

Que lo diga el responsable del deporte en la entidad dice mucho de quién dirige hoy la institución: alguien dispuesto a reconocer las fallas para corregirlas y construir desde ahí.

Es cierto que faltaron nombres de peso: el único Premio Nacional del Deporte de Tlaxcala, Moisés Beristáin Gutiérrez, o los boxeadores Juan de Dios “el Güero” Navarro y Braulio Ávila Juárez, entre otros.

Sin embargo, los que sí entraron representan con dignidad al deporte convencional y al adaptado; este primer grupo no es un cierre, sino el arranque.

El Muro de la Fama se perfila como un estímulo similar o paralelo al Premio Estatal del Deporte y, con seguridad, en los próximos años se sumarán más nombres a este salón que en pleno 2026 empezó a construirse.

Mención aparte merece la congregación que se vivió en las nuevas oficinas del IDET. Ver en el mismo espacio al representante de la CONADE y al del Comité Olímpico Mexicano es algo que ni siquiera a nivel nacional se logra con facilidad.

Por años una disputa institucional afectó al deporte en México que confrontó a esas siglas, pero ayer esos organismos reconocieron al deporte tlaxcalteca como pocas veces se ha visto.

Nuestra entidad consiguió la convalidación de los organismos más importantes del deporte nacional, y eso le da al acto de ayer la legitimidad que tanto necesita el deporte estatal, regional y el mexicano en todas sus disciplinas y grados.

México, como la entidad, no debe mirar colores o disciplinas, sino ver por encima de todo eso y privilegiar los récords y las medallas. Ayer Moncayo logró precisamente eso: un grupo de deportistas de primera que ya forman parte de la historia.

Ahora resta ver la manera en la que se coloca, con qué tecnología, con qué seriedad y con qué recursos, para que los más jóvenes tengan como referencia los nombres que, a través de su trabajo, inspiran a los que vienen detrás. Nuestro deporte merece todo y todos merecemos que el deporte siga siendo el motor de esta sociedad.

El verdadero valor del Muro de la Fama no reside solo en los nombres que ya figuran en él, sino en la decisión política y cultural de romper el silencio histórico. Nuestra entidad ya demostró que es posible construir memoria deportiva sin esperar a que el tiempo borre las trayectorias ni a que las instituciones nacionales dicten la agenda.

Cuando un estado decide que el esfuerzo de sus atletas y entrenadores merece permanencia —y lo hace con autocrítica, con la presencia de los organismos rectores y con la promesa de que este primer grupo es solo el comienzo—, está diciendo algo más profundo: que el deporte no es únicamente medallas del presente, sino capital simbólico del futuro.

Si el Muro se consolida con criterios transparentes, con recursos reales y con la capacidad de integrar tanto a las leyendas olvidadas como a las que aún se forjan, dejará de ser un acto inaugural para convertirse en lo que el deporte tlaxcalteca siempre mereció: una institución viva que recuerda, reconoce y, sobre todo, obliga a las nuevas generaciones a no partir de cero.

Una sociedad que no preserva a sus héroes deportivos termina condenando a sus jóvenes a inventar héroes cada generación. Ayer Tlaxcala empezó a escribir esa memoria y hora el verdadero desafío es no volver a olvidarla.