* ¿Músculo político o músculo del poder? La incómoda pregunta que ronda a Alfonso Sánchez García
Hay candidaturas que crecen porque convencen.
Y hay otras que parecen crecer porque se inflan.
En Tlaxcala comienza a ser cada vez más evidente la diferencia.
Alfonso Sánchez García ha sido colocado por distintos sectores como el supuesto “delfín” rumbo a 2027. Su presencia pública se multiplica, las movilizaciones se suceden, la propaganda aparece, los respaldos se escenifican y la maquinaria política parece trabajar a toda velocidad para proyectar una imagen de fortaleza.
Pero detrás de esa escenografía aparece una pregunta incómoda:
¿Existe realmente un músculo político propio o estamos frente a un espejismo construido desde el poder?
Porque el músculo político no se mide por el número de fotografías, por la cantidad de personas movilizadas ni por la frecuencia con la que un personaje aparece en actos públicos.
Se mide por algo mucho más difícil de fabricar: votos, aceptación ciudadana, estructura propia y capacidad para convencer cuando desaparece el aparato que lo rodea.
Y ahí comienza a desinflarse el espejismo.
La propaganda puede comprar presencia.
Las movilizaciones pueden producir fotografías.
La operación política puede generar titulares.
Pero ninguna de esas herramientas puede comprar automáticamente legitimidad electoral.
El problema de fondo es que, cuando una candidatura necesita recurrir permanentemente a la exposición, a la movilización y a una intensa estrategia de posicionamiento para demostrar que es fuerte, existe el riesgo de que la propaganda termine sustituyendo a la realidad.
El supuesto músculo puede verse enorme desde la tribuna.
Pero reducirse considerablemente cuando se observa desde la calle.
Y esa diferencia importa.
Porque Tlaxcala no elegirá gobernador con fotografías de eventos, ni con videos cuidadosamente producidos, ni con concentraciones organizadas para proyectar una sensación de fuerza.
La elección se decidirá con ciudadanos.
Uno por uno.
Voto por voto.
Por eso resulta prematuro asumir que la candidatura de Sánchez García es inevitable o que Morena está condenado a dividirse alrededor de su figura.
La narrativa de la supuesta división puede ser, incluso, parte del mismo espejismo: presentar como inevitable a un aspirante para intentar convertir una percepción de fuerza en una realidad política.
Pero la política tiene una regla elemental: la percepción puede acelerar una candidatura, pero no puede reemplazar indefinidamente a los resultados.
Y aquí aparece el dato que más debería preocupar a quienes construyen la imagen del “delfín”.
Después de tanta promoción, tantas movilizaciones y una exposición pública cada vez mayor, el resultado político no parece corresponder con la magnitud del esfuerzo invertido.
La pregunta, entonces, deja de ser cuánto se ha gastado o cuántos eventos se han organizado.
La pregunta verdaderamente incómoda es:
¿Cuánto resultado político ha producido todo ese esfuerzo?
Porque si detrás de una estrategia de posicionamiento existen recursos económicos importantes —como han señalado públicamente distintos actores—, pero el crecimiento político no corresponde con la inversión, entonces estamos ante una ecuación difícil de ocultar.
Mucho aparato.
Mucha propaganda.
Muchas movilizaciones.
Muchísima exposición.
Y un resultado político que todavía parece mediocre frente a las expectativas creadas.
Eso no necesariamente demuestra una derrota.
Pero sí desmonta la idea de una candidatura imparable.
Y también obliga a revisar la narrativa del supuesto “músculo”.
Porque una cosa es tener capacidad para movilizar estructuras y otra muy distinta tener la capacidad de movilizar ciudadanos convencidos.
Una cosa es que un grupo pueda llenar una plaza.
Otra es que esos asistentes estén dispuestos a convertir su presencia en un voto.
Una cosa es aparecer acompañado por estructuras políticas.
Otra es demostrar que esas estructuras existen independientemente del poder.
Ahí está la diferencia entre músculo político y músculo del poder.
El primero sobrevive cuando cambia el viento.
El segundo depende de quién controla la maquinaria.
Por eso el verdadero examen para Alfonso Sánchez García todavía está pendiente.
No será en una fotografía.
No será en una marcha.
No será en un evento multitudinario.
Será cuando tenga que demostrar cuántos ciudadanos están con él sin necesidad de propaganda, movilización institucional o estructuras externas.
Hasta entonces, el llamado “delfín” puede seguir creciendo en las fotografías.
Pero políticamente existe una pregunta que cada día resulta más difícil de esquivar:
¿Estamos viendo el nacimiento de una candidatura competitiva o simplemente el espejismo de una candidatura que necesita parecer fuerte porque todavía no consigue demostrarlo?
El 2027 terminará respondiendo.
Y las urnas no votan espejismos.
Votan ciudadanos.


