MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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¿De qué sirvieron las fotografías de ex gobernadores en torno a Alfonso Sánchez García en múltiples eventos?. Nos decían que era la unidad en torno al candidato, que su figura reunía a los más destacados perfiles para la sucesión y que esas gráficas no eran sino la confirmación del gran personaje que significaba el presidente municipal con licencia. Ayer la mentira cayó.

Es cierto, el patio central de Palacio de Gobierno se llenó de aplausos, guardias de honor y discursos para despedir a Alfonso Sánchez Anaya. La gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros lo llamó uno de los mejores mandatarios de la historia de Tlaxcala. Ami parecer un discurso frio, lleno de lugares comunes, incluso impersonal.

La senadora de Zacatecas, Amalia García, recordó su vocación de servicio. Cientos de personas —funcionarios, diputados, empresarios, ciudadanos— se acercaron a expresar y mostrar su pesar. Todo parecía el cierre digno de una trayectoria que marcó la primera alternancia democrática en el estado. Aunque yo insisto que no la ratificó, ni permitió la continuidad de esa democracia de la que él fue beneficiario.

Sin embargo, la fotografía completa revela ausencias más elocuentes que las presencias. De los exgobernadores vivos de Tlaxcala, solo Mariano González Zarur apareció de manera consistente en el velorio de Rancho Toltecapa y en el homenaje oficial, más por obligación familiar que por sumatoria.

No se registró la asistencia de Héctor Israel Ortiz Ortiz, o del cerebro político que representa José Antonio Álvarez Lima, tampoco acudió la multifacética Beatriz Paredes Rangel, ni el apestado Marco Antonio Mena. Esa falta de colegas de la misma generación no parece casual.

En un momento en que el hijo del difunto, Alfonso Sánchez García, aparece entre los aspirantes a la gubernatura, cualquier imagen de varios exmandatarios rodeando al presidente con licencia hubiera funcionado como un poderoso mensaje de unidad y respaldo político. ¿Entonces por qué no hacerlo, si es el puntero?

Evitar esa foto colectiva fue, en la práctica, impedir que el funeral se convirtiera en el primer acto de resurgimiento de una campaña que va en picada. Las fotografías que sí se tomaron obedecían a otros intereses: protocolarios, institucionales o de simple cortesía. No de reagrupamiento político alrededor del hijo.

Más revelador aún fue el tono del propio Alfonso Sánchez García. Quienes escucharon su intervención coinciden en que sonó fría, calculada y carente de la emotividad que se espera cuando un hijo despide a su padre ante el pueblo que ese padre gobernó.

No hubo quiebre de voz, no hubo anécdota íntima que humanizara el momento, no hubo la emoción desbordada que sí se percibió en algunos asistentes ajenos a la familia, en ese pueblo que recuerda al “guerito de rancho” con afecto, con amor simplemente por haber tenido un carisma que ningún otro gobernante ha tenido.

Con ese discurso, más que despedir al padre, pareció enterrar cualquier posibilidad de que el duelo se sintiera genuino y no instrumentado. La cercanía que Sánchez Anaya cultivó con la gente quedó, paradojicamente, más lejos de su propio hijo en el momento más público de la despedida.

A eso se suma otra ausencia silenciosa: las hermanas de Alfonso Sánchez García no estuvieron en su totalidad. En un funeral de esta magnitud, la falta de todas las hermanas del aspirante no pasa desapercibida. Dentro de la propia familia, al parecer, generó molestia el exceso de protagonismo del hijo-candidato. ¿Cómo aspiras a gobernar en unidad, cuándo no logras ni la de tu familia?

El duelo familiar se fragmentó. Mientras afuera se acumulaban abrazos espontáneos, palabras sinceras de colaboradores viejos, ciudadanos que recordaban las audiencias públicas o el hospital de Tlaxco, adentro el círculo más cercano mostraba tensiones. Hubo más muestras de afecto genuino entre los asistentes que entre quienes compartían sangre y apellido con el fallecido.

Al final, el homenaje estatal cumplió su función institucional. Tlaxcala despidió con honores a quien rompió la hegemonía priista y creó instituciones que aún existen. Pero el intento de convertir ese momento en plataforma familiar y política no prosperó.

Las ausencias de los otros exgobernadores, el discurso distante del hijo y la falta de las hermanas dibujaron un cuadro distinto: el de una familia y un proyecto político que, en el momento más delicado, no lograron proyectar unidad ni emoción auténtica.

Todo les salió mal y eso, en política, también se nota. Ayer Alfonso Sánchez García enterró más que al exgobernador.