NÉSTOR
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Hay políticos que aprenden con una llamada de atención. Otros necesitan una derrota para corregir el rumbo. Y están aquellos que, aun frente a las resoluciones de la autoridad electoral, prefieren insistir en una estrategia que parece guiada más por la obsesión del protagonismo que por el respeto a las reglas.

Alfonso Sánchez García vuelve a estar en esa posición.

El Instituto Tlaxcalteca de Elecciones (ITE) le ha propinado un segundo revés al ordenar medidas cautelares relacionadas con bardas que constituyen actos anticipados de promoción. Más allá del desenlace jurídico del procedimiento, el mensaje político resulta contundente: por segunda ocasión, la autoridad considera que existen elementos suficientes para intervenir.

Eso debería bastar para encender las alarmas dentro de cualquier proyecto serio que presume respeto a la ley y a la legalidad.

Sin embargo, todo indica que el cálculo político de Alfonso Sánchez García consiste en caminar y pisotear permanentemente la línea de la legalidad, confiando en que el beneficio mediático será mayor que el costo institucional. Es una apuesta riesgosa y, sobre todo, equivocada.

La política no premia indefinidamente a quien desafía las reglas. Mucho menos cuando la narrativa del aspirante deja de girar en torno a propuestas y comienza a estar marcada por expedientes electorales.

Resulta paradójico que alguien que aspira a conducir los destinos de Tlaxcala proyecte la imagen de un político incapaz de leer las señales que le envía la autoridad responsable de garantizar la equidad en las contiendas. Una resolución puede generar debate. Dos resoluciones empiezan a dibujar un patrón.

Y los patrones pesan.

Porque el problema ya no son únicamente las bardas. El problema es la insistencia. Es la decisión de mantener una ruta que, una y otra vez, termina bajo el escrutinio del árbitro electoral.

En política, la percepción suele convertirse en realidad. Hoy, la percepción que deja este episodio es la de un aspirante más preocupado por adelantarse al calendario electoral que por construir una candidatura respaldada por resultados y argumentos.

La prisa suele ser mala consejera. La desesperación el peor aliado.

Cada nueva resolución alimenta la idea de que el proyecto necesita promocionarse antes de tiempo porque carece de la paciencia para competir cuando la ley lo permita. Esa percepción erosiona la legitimidad que cualquier aspirante necesita para pedir el voto más adelante.

Lo verdaderamente preocupante no es que el ITE tenga que intervenir. Lo preocupante es que parezca necesario intervenir una y otra vez.

La historia política está llena de personajes que confundieron insistencia con liderazgo y exposición con aceptación ciudadana. Descubrieron demasiado tarde que saturar el espacio público no equivale a construir respaldo social.

Alfonso Sánchez García está a tiempo de entender esa diferencia. Porque en democracia las reglas no son un obstáculo que deba sortearse; son el piso mínimo sobre el que debe construirse cualquier aspiración legítima.

Ignorarlas de manera reiterada no transmite fortaleza. Transmite un mensaje distinto: que la ambición política corre más rápido que la prudencia institucional.

Y esa nunca ha sido una buena carta de presentación para quien pretende gobernar el estado de Tlaxcala.