MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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El titular de la Secretaría de Desarrollo Económico (Sedeco) de Tlaxcala, Javier Marroquín Calderón, ha estado particularmente activo en las últimas semanas con anuncios que buscan proyectar una imagen de dinamismo y apoyo al sector productivo.

Primero, a inicios de marzo presentó la convocatoria del Premio Tlaxcala a la Competitividad 2026, en su XIX edición, un reconocimiento que —según él— solo mantienen dos estados en el país (Tlaxcala y Chihuahua).

El funcionario proyectó al menos 18 inscripciones de empresas, instituciones educativas y dependencias, con cierre de postulaciones el 10 de abril. Se trata de un galardón basado en estándares de calidad, innovación y excelencia, que invita a las organizaciones a autoevaluarse y mejorar procesos.

Días después, durante la inauguración de la Feria Internacional Exintex 2026, Marroquín presumió la participación tlaxcalteca: un Pabellón Tlaxcala de más de 300-400 m² con 16 empresas textiles y 8 diseñadores, sumando 24 representantes en total.

Destacó que el sector textil representa el 24% de las unidades económicas manufactureras en el estado (3,618 unidades) y genera alrededor de 13 mil empleos, posicionándolo como el tercer sector más importante, solo detrás de la industria automotriz y metalmecánica.

A primera vista, estos eventos parecen positivos: visibilidad para el sector textil, espacios de exhibición, oportunidades de negocio en el evento más relevante de América Latina para la industria, y un premio que incentiva la mejora continua.

Sin embargo, detrás de la cortina de comunicados oficiales y fotos institucionales, surge una pregunta incómoda que Marroquín difícilmente abordará en sus ruedas de prensa: ¿estos reconocimientos y pabellones son el verdadero motor de competitividad que Tlaxcala necesita, o solo adornos cosméticos ante la ausencia de apoyos estructurales más profundos?

El mejor “premio” a la competitividad no sería un trofeo o una placa, sino condiciones reales para que las empresas tlaxcaltecas crezcan y se fortalezcan desde adentro.

Un ejemplo concreto y recurrente en las quejas del empresariado local es la asignación de obra pública. ¿Por qué las grandes construcciones viales, edificios gubernamentales o infraestructura en el estado terminan mayoritariamente en manos de contratistas de Puebla, Ciudad de México o Hidalgo, en lugar de quedar en Tlaxcala?

Estos foráneos ejecutan a su ritmo, con sus tiempos y —se dice en corrillos— con sus “hormonas” (o intereses), mientras los empresarios locales se quedan con las migajas o con procesos licitatorios donde el cobro excesivo de garantías o requisitos no asegura ni siquiera ganar el contrato en igualdad de condiciones.

Marroquín, como responsable directo del desarrollo económico, debería transparentar cifras claras: ¿cuántas empresas tlaxcaltecas se han visto favorecidas con contratos de obra pública en los últimos años? ¿Cuántas megaobras se han entregado realmente a constructoras locales que podrían generar polos de desarrollo en comunidades, encadenamientos productivos y empleo sostenido?

En lugar de ello, el discurso oficial se limita a ferias, pabellones y premios que, aunque útiles para la proyección y el networking, no resuelven los cuellos de botella estructurales: acceso preferente a contratación pública, reducción de barreras burocráticas reales, financiamiento accesible o estímulos fiscales que vayan más allá de lo simbólico.

Lo que presenta Marroquín tiene un aire demagógico clásico: mucho brillo mediático, menciones constantes al compromiso de la gobernadora y énfasis en “apoyos permanentes”, pero las sobras que dejan los grandes empresarios foráneos —los que sí se llevan las obras gordas— terminan siendo lo que se ofrece al empresariado local.

Mientras el sector textil exhibe su creatividad en Puebla, muchos siguen esperando que el gobierno estatal demuestre con hechos —no con boletines— que Tlaxcala es un destino verdaderamente confiable para invertir y crecer desde dentro.

El verdadero impulso a la competitividad pasaría por priorizar a los tlaxcaltecas en las decisiones económicas que más impactan: la obra pública, las compras gubernamentales y los encadenamientos reales. Hasta entonces, premios y pabellones seguirán siendo, en el mejor de los casos, parches bien maquillados y no para todos, porque incluso las migajas se le dan también a sus cuates.