Me gustan las personas que les cuesta hacer visible su afecto, pero que, en algún momento, con un detalle, quizá mínimo, se esfuerzan en comunicar que les importas o que piensan en ti: la consideración es un síntoma elegante de estar presente. Me siento identificado en gran parte porque me atoro en las palabras y en los abrazos, pero intento esforzarme con algunos gestos.
Conocí al padre de un amigo. Estuvimos juntos los tres más allá de una semana. La primera impresión con su seriedad es que serían días largos con el hombre reservado; así fue en gran parte, pero también, dentro de él hubo un pozo de bondad. Los días largos se hicieron cortos. Las mañanas antes de todo, él se iba a comprar bollos para el desayuno mientras yo preparaba la cafetera moka. Luego, siempre, me dejaba cigarros sobre la mesa, como diciendo con su ausencia, oye aquí estoy, considerándote. La despedida con él fue breve; sin miramientos, pero sintiendo el pesar. Las bienvenidas largas y las despedidas cortas, dice Bergareche. Fueron solamente diez días, pero allí, los que lo vivimos acumulamos muchos kilómetros de vida.
Es increíble lo volátil y fluctuante y todos los datos que influyen para crear una verdadera amistad. Soy un hombre que se jacta de tener pocos amigos; los puedo contar con las manos. He pensado, mientras escribía esto, el factor común de ellos: son buenas personas. Parecería simple, pero la verdad es que no. Las buenas personas son un gramaje muy bajo de oro molido revuelto en un cerro de aserrín. Personas sin ningún interés en ti más que tú mismo y el tiempo compartido; difíciles de encontrar en tiempos de individualismo férreo.
A José Luis Angelino lo recuerdo desde niño. En la televisión recibiendo toros con el envés del capote mientras se acartelaba con El Juli, con Enrique Ponce, en los cincos de febreros; paseando con su Murano negra por Apizaco, con gafas de sol y la ventanilla abajo, en figura. Le gustaba a una prima y tenía que soportar tantos y tantos comentarios de él. Luego, por fortuna, la vida me permitió ser su amigo. Antes, quise ser torero y entrené con él; un hombre toda bondad y sin interés ajeno al toreo perse, compartiendo todo y cuando se le acababa daba más todo; la carrera se le vino a pique y yo estuve cerca de él. Un toro vivo en la México. De torear con Ponce y El Juli a vivir el infierno de que ningún ganadero le quería echar una sola vaca. Tocó fondo. La vida, así, no le era suficiente, luego me lo confesó. Pensó en hacerse banderillero en un acto desesperado. Pero del fondo, se atrevió a nadar hacia arriba, salió, pero no volvieron los tiempos de figura. La disciplina le desbordó; recuerdo mañanas durísimas de entrenamiento, luego, muchos videos de toros con infinito café (un tintico hermano) en mi casa o en la suya: El Viti, Camino, Antoñete, Pepe Luis Vasquez, Manolete. En la tarde, volver a entrenar. Alegrías y días felices con él soñando en el toreo. Faenas excelsas: Universitario de García Méndez. Cornadas, triunfos y regaños. Kilómetros, vacas, toros, miedos. Borracheras. Por él, Paloma Negra; de la primera vez que la cantamos entequilados se quedó en la banda sonora de mi vida. Luego, su paso por la política; toro que le salió complicado, quizá porque ese lugar en su mayoría está lleno de gente contraria a lo que José Luis Angelino es: una grandísima y buena persona, hombre probo con humanidad y valores innegociables.
Mañana José Luis Angelino se retira de los ruedos. Se corta la coleta y presenciará uno de los toreros que me siguen atando a esto: Juan Ortega. Desde luego, después del sábado seguiré teniendo cerca a José Luis; pero no más de torero. La época aquella, gloriosa para él, para mí, para muchos, se acabó. Canta Alberto Cortez: cuando un amigo se va, una estrella se ha perdido, la que ilumina el lugar donde hay un niño dormido. Ojalá un toro se le deje, porque aparte de la persona, es un gran torero. Le diría muchas cosas de admiración y respeto pero soy un hombre al que se le atoran las palabras. Gracias José Luis. Gracias, amigo.


