MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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En los últimos días, Tlaxcala ha sido sacudida por un escándalo que pone en jaque la integridad del sistema penitenciario estatal. Un video difundido por un interno del Centro de Reinserción Social (Cereso) de la capital denuncia presuntas irregularidades graves: desde el ingreso de artefactos prohibidos hasta una supuesta red de extorsión que involucraría a funcionarios de alto nivel, permitiendo incluso que reos salgan a delinquir bajo coacción. Se lo escribí hace dos días.

El director del penal, Juan Antonio Martínez Guerrero, ha sido señalado como figura central en estas acusaciones, lo que ha generado un debate público sobre la corrupción en los Ceresos y la respuesta del gobierno de la 4T que ha separado del cargo -que no despedido- al todavía funcionario.

Como columnista, no puedo evitar una mirada crítica a este episodio. ¿Cómo es posible que en un estado que presume avances en seguridad –con supervisiones respaldadas por la SEDENA y mesas de coordinación– se filtren denuncias tan alarmantes? La presunción de inocencia es un pilar del Estado de derecho, pero la lentitud en las investigaciones genera desconfianza.

¿Por qué no se actuó de manera más drástica desde el principio? La Fiscalía General del Estado lleva las riendas, pero el público exige resultados inmediatos, no solo protocolos y promesas.

Esta situación expone fallas estructurales: si los Ceresos son vulnerables a la corrupción, ¿qué dice eso de la “reestructuración” anunciada por el secretario de Gobierno, Luis Ramírez Hernández?. Es legítimo cuestionar si estas irregularidades son aisladas o síntoma de un problema sistémico que el gobierno ha subestimado.

Sin embargo también es justo reconocer la postura oficial del gobierno, articulada por el propio Ramírez Hernández en su reciente entrevista de  ayer. El secretario enfatizó un enfoque de “cero tolerancia” a la corrupción, con investigaciones que llegarán “hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga”. Falta ver que así sea.

En cuanto al director del penal, no se optó por un despido fulminante, sino por una separación temporal de su cargo mientras avanzan las indagatorias. Esta decisión, según fuentes cercanas al gobierno, obedece a una estrategia prudente: mantener al funcionario bajo vigilancia estrecha para evitar cualquier riesgo de fuga o destrucción de evidencia.

En palabras del propio secretario, las acciones se guían por el apego a derecho y la prioridad en la seguridad ciudadana, evitando juicios precipitados que podrían comprometer el proceso legal. De esta forma, se busca no solo sancionar, sino garantizar que los responsables rindan cuentas sin escapatorias.

Esta línea gubernamental, aunque criticable por su aparente cautela, tiene sentido en un contexto donde la precipitación podría sabotear la justicia. Ramírez Hernández insistió en el respeto a los derechos humanos de los internos y en mecanismos de atención a sus familias, lo que añade un matiz humanitario a la respuesta.

Pero la crítica persiste: ¿es suficiente una suspensión para restaurar la confianza? Tlaxcala exige más que palabras; requiere transparencia absoluta en los resultados de la Fiscalía y reformas profundas en los penales para erradicar estas sombras, ademas de transparencia en la resolución de las hojas de vida de todos los involucrados. Un jalón de orejas no basta.

Al final, este caso es un recordatorio de que la seguridad no se construye solo con protocolos, sino con acciones contundentes. El gobierno de Tlaxcala tiene la oportunidad de demostrar que su compromiso es real, convirtiendo este escándalo en un catalizador para cambio. Los ciudadanos de Tlaxcala quieren, queremos, un sistema penitenciario íntegro, no uno plagado de dudas. Dudas muy razonables.