Sinaloa: el espejo roto donde México mira su fractura

GONZALO PERPER/ ARTICULISTA IMAGEN: NIERIKAIMAGES
GONZALO PERPER/ ARTICULISTA IMAGEN: NIERIKAIMAGES
Comparte esta nota

Esta semana, Sinaloa no deja de ser noticia. Pero no por sus playas, su agricultura o su historia revolucionaria. Sinaloa es noticia porque es el tamaño-muestra del problema. El problema que no nombramos, que barremos bajo la alfombra sexenal, que justificamos con verdades a medias como “guerra contra el narco” o “abrazos, no balazos”. El problema que nos define como país inseguro ante el mundo, pero sobre todo ante nosotros mismos.

No podemos entender Sinaloa sin Chihuahua, ni Chihuahua sin Sinaloa. Los casos no están separados. Y como periodistas, no podemos dar vuelta a la hoja. Esto, como dijo aquel, “no se acaba hasta que se acaba”. Pero mientras tanto, los muertos tampoco se acaban: se acaban su vida, su futuro, su dignidad.

La impunidad partidista no tiene ideología

A sus militantes no les parece plausible procesar a un gobernador de su propio partido. Aunque ya antes el PRI facilitó enjuiciar a seis de sus gobernadores —algunos por venganza política, otros por evidentes vínculos criminales— y nadie se “envolvió en la bandera”. Ahora, cuando se pide investigar a los gobernantes de oposición, la pregunta inmediata es: ¿y los de Morena? Justa pregunta. Pero también hay que hacer otra: ¿y los carteles gringos?

Porque la droga cruza la frontera. ¿Tan permeable es? ¿Quién la distribuye en Estados Unidos? ¿Hay autoridades coludidas allá, como aquí? ¿A cuántos han procesado? ¿Qué políticas públicas tienen para revertir el consumo? Y sobre todo: ¿cuántas personas mueren al año en México por armas producidas y traficadas desde Estados Unidos? Porque de eso, ni una palabra en los discursos oficiales del vecino, en la balanza de la muerte pesamos mas?.

Sinaloa: cuna de la narcocultura y espejo de nuestra hipocresía

El estado de Sinaloa no es cualquier cosa. Es economía y cultura. Ahí se desarrolló la narcocultura de la que muchos se enorgullecían. Proliferaron los narcocorridos, pervirtieron la música de banda, surgieron los buchones, los grupos musicales haciendo apología del crimen en bailes y conciertos por todo el país. Y nadie, absolutamente nadie, hizo nada. Por un temor ridículo a que se percibiera como censura. El resultado: normalizamos al narco hasta convertirlo en folclor.

La pregunta que no quiere ser respondida

¿Cuánto tiempo lleva la investigación de Estados Unidos contra Rocha Moya? ¿Por qué no lo detuvieron cuando —según el gobernador— “fue y vino a California mientras secuestraban al Mayo Zambada”? Y si no hizo ese viaje, ¿por qué no lo desmintieron? El silencio también es respuesta.

En los años ochenta, durante la gubernatura del priista Francisco Labastida Ochoa en Sinaloa (1987-1992), el estado enfrentó un periodo crítico: ascenso del Cártel de Sinaloa y acusaciones de protección institucional. Hoy, Labastida aparece como un preocupado por la seguridad en su estado y el país. Irónico, ¿no?

Lo mismo con el PAN. El propio hijo de Manuel J. Cloutier ha dicho que en el sexenio de Felipe Calderón se consolidó el poder del Cártel de Sinaloa. Así que no vengan con que la derecha es “mano dura”. La derecha también pactó.

La paz narca era una mentira cómoda

Para muchos sinaloenses, todo iba bien con la “paz narca” de un cartel domestico y hegemónico. Pero se fragmentó. Se devoraron a sí mismos. Y evidenciaron a los sinaloenses —como ya se vio en el Culiacanazo— que a esos carteles no les importan a sus propios paisanos. La violencia no es un daño colateral: es el negocio.

Estados Unidos: el vecino que nunca ha querido ayudar

El gobierno de Estados Unidos, ante su desastrosa guerra en Medio Oriente —por no decir su derrota en Irán—, retoma el tema Cuba e intensifica sus amenazas a México. Trump necesita dar un mensaje de fortaleza para noviembre. Y nosotros, como siempre, somos el pretexto a la mano.

Pero ni la población ni los políticos deberíamos ensalzar o descalificar las acciones de EU según si afectan o benefician a cierto partido mexicano. La historia es clara: en ningún país intervenido por la CIA vino la estabilidad. Nunca.

La presidenta Claudia Sheinbaum debe plantar cara. Frenar el discurso beligerante y agresivo de nuestros vecinos. Por algo no estamos en el “Escudo de las Américas”: es historia vieja de injerencismo, y nunca sirvieron las estrategias de EU vía la DEA. Esa agencia no combate el tráfico: lo administra.

Cooperación sí, sumisión no

Nadie puede acusar a México de falta de cooperación. Hemos entregado (expulsado) a casi un centenar de criminales juzgados y reclamados por EU desde hace decadas, que bajo amparos de dudosa legalidad el anterior Poder Judicial evitaba extraditar. Pero eso no se dice en Washington. Allí solo les interesa culpar al sur.

Este es un momento muy delicado para México. El odio de la oposición le impide ver la gravedad de la intervención extranjera. Y el gobierno, una vez más, es incapaz de propiciar la concordia entre mexicanos, o de proceder legalmente contra quienes desde puestos públicos delinquen aprovechando la impunidad, asi sean de su partido.

Sinaloa no es solo un estado. Es el síntoma. Y mientras no tratemos la enfermedad, seguiremos escribiendo columnas fúnebres.

Porque esto no se acaba hasta que se acaba. Y aún no empieza.

Posdata

“A los criminales y a los políticos, devuélvanos ese México que nos arrebataron” – Jesús Esquivel.