MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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Para quien se pregunte por qué el PAN y el PRI han dejado de crecer y de ser percibidos con la seriedad y el respaldo que alguna vez tuvieron —hasta el punto de gobernar Tlaxcala en 2004 con Héctor Israel Ortiz y ser el último gobierno tricolor en la figura de Marco Antonio Mena Rodríguez, respectivamente—, conviene examinar lo ocurrido hace unos días con uno de sus referentes simbólicos: Vicente Fox Quesada.

El expresidente que en el año 2000 prometió sacar al PRI de Los Pinos ingresó el pasado viernes a la sede nacional de ese partido; el mismo hombre que se presentó entonces como el opositor que pondría fin a siete décadas de dominio priista se reunió con Alejandro Moreno Cárdenas en el edificio de Insurgentes Norte.

Ambos han calificado el encuentro de “diálogo serio por México”, pero en la práctica, la imagen resume una de las paradojas más elocuentes de la política mexicana reciente. Fox llegó a la Presidencia con un estilo de comunicación directo y grandilocuente, prometió resolver el conflicto de Chiapas “en quince minutos” y proyectó una imagen de eficiencia empresarial, heredera en parte de la apertura impulsada por Ernesto Zedillo.

Sin embargo, su gobierno se caracterizó por una distancia notable entre las expectativas generadas y los resultados obtenidos; la narrativa del cambio se enterró entre el lodo de la frivolidad de ciertos actos públicos y la consolidación de redes de influencia cercanas al poder, entre ellas las asociadas a Marta Sahagún y a familiares de ambos que fueron los únicos que verdaderamente salieron de la pobreza en ese sexenio.

En 2006, desde la Presidencia, Fox participó en la polarización que acompañó la contienda electoral y facilitó el triunfo de Felipe Calderón, a pesar de sus preferencias iniciales por Santiago Creel, ese guerito que contaba también con el respaldo de Héctor Israel Ortiz Ortiz, al grado de darle preferencia en la toma de protesta del gobierno que después de ese desliz acabó recibiendo instrucciones de Calderón Hinojosa para apoyar a Adriana Dávila Fernández en la sucesión y ya todos sabemos qué sucedió.

Años después, en 2012, Fox respaldó el regreso del PRI con Enrique Peña Nieto; en 2018 se opuso abiertamente a la candidatura de Andrés Manuel López Obrador y ahora, veintiséis años después de aquella alternancia, vuelve a la sede del PRI acompañado de un grupo de antiguos panistas reunidos bajo el nombre “Alma de México”, entre los que “destacaron”: Juan Carlos Romero Hicks, José Luis Salas Cacho, Rodolfo Elizondo, José Espina, Víctor Guerrero Chávez y Juan Hernández.  Del lado priista estuvieron presentes Alejandro Moreno, Rubén Moreira y Manuel Añorve.

El discurso oficial repite fórmulas conocidas: “México por encima de cualquier diferencia”, “sumar fuerzas”, “construir acuerdos”; esa es la misma retórica que el PRI utilizaba cuando era el sistema dominante y que ahora recicla cuando su peso institucional se ha reducido de manera significativa. La ironía es evidente: el político que simbolizó la ruptura con el régimen priista acude a negociar con quienes administran los restos de ese partido, en busca de un posible frente común frente a Morena.

¿Qué credibilidad moral y política pueden ofrecer Vicente Fox y Alejandro Moreno Cárdenas en este momento? La fotografía de ambos juntos difícilmente pasará desapercibida para quienes hoy detentan el poder

Más que un cónclave de salvadores de la patria, el encuentro aparece como la reunión de dos momentos de desgaste: el de quien encabezó la primera alternancia y no cumplió gran parte de las expectativas generadas, y el de quien dirige un partido que ha perdido buena parte de su capacidad de convocatoria.

La historia política ya ha emitido un juicio provisional sobre Vicente Fox: el de un presidente que contribuyó a inaugurar la alternancia democrática, pero que también traicionó muchas de las esperanzas que él mismo despertó, privilegió gestos mediáticos sobre resultados de fondo y transitó con facilidad entre posturas antagónicas según las circunstancias.

Que ahora pretenda contribuir a “salvar a México” de la mano de la dirigencia actual del PRI no hace sino confirmar esa lectura. No se trata de una tragedia, sino de una ilustración clara de cómo ciertos actores políticos no desaparecen: cambian de escenario y continúan interpretando un papel ya conocido.

Las tres de ley… 1- A partir de anoche comenzó otra “estrategia” para intentar rescatar el barco; presumir y felicitar como “ya electo” coordinador estatal de Morena a Alfonso Sánchez García cuando el proceso oficial en Tlaxcala sigue abierto, es una ficción deliberada para imponer hechos NO consumados.

2. Detrás está la urgencia de blindarlo: el nombramiento formal le da estructura, legitimidad y escudo institucional frente a decenas de denuncias por actos anticipados, promoción personalizada y otros señalamientos.

3. Otros dicen que el acto sirve para estar en tenencia con la nueva imagen que varios tiene en redes, haciendo alusión a su imagen con una línea ochentera. A Alfonso y compañía les salió natural: sus estrategias son al puro estilo priista de los 80’s.

Pd. A la familia de mi amigo Patricio Lima Gutiérrez, y a toda su familia, un abrazo fraternal por la lamentablemente pérdida de su señora madre. Ninguna línea será suficiente para intentar mermar el dolor que los invade. Descanse en paz.