Sé que fuiste tú Fredo. Rompiste mi corazón. ¡Rompiste mi corazón! Como si Mario Puzo siguiera vivo y escribiendo, ayer en México se redactó uno de los capítulos más relevantes y apasionantes en su historia. Para alcanzar la cifra necesaria en el Senado, AMLO, el político más genial, perverso, controvertido, maquiavélico, corloniano e influyente de cuantos hayan existido en los últimos años en Latinoamérica, tiró de su astucia para acorralar a la familia Yunes (primerísimos enemigos) y obligarles a sumarse a su reforma judicial. Es un acto que solamente Vito Corleone podría firmar: seguramente, toda la ola opositora tendrá ganas de darle el beso siciliano a quien a todas luces luce como un traidor.
De un guion digno de Puzo y de Coppola, los opositores brincaron a uno Nora Ephron porque la intervención de Marko Cortés fue más digna de una comedia romántica o un reclamo a un ex, que de un opositor. Nada que no se haya visto en la disminuida oposición —en reclamo a Yunes Linares, antes de que el titular del escaño refrendara su presencia: «Nunca me contestaste la llamada… (suspira) recuerdo cuando fuimos al café de la Parroquia querido Miguel»—. Luego, irrupciones golpistas en el Senado, gases, extintores, Noroña pidiendo orden y respeto, Anaya desolado, una madrugada entera de discusión y una mañanera con Gutiérrez Müller derrochando amor con AMLO.
México a partir de hoy entre en terreno desconocido. No existe un país en el mundo con tal relevancia y magnitud, en el que sus jueces y ministros judiciales sean electos de manera democrática directa. Suena golpista e incluso antidemocrático, olvidando el 94 cuando Zedillo clausuró la Corte máxima retirando de un plumazo a los ministros para imponer a los suyos. Suena golpista e incluso antidemocrático, olvidando la simulación que resulta la carrera judicial, los salarios y excesivos costes de manutención a los jurisconsultos; suena antidemocrático si olvidamos quién mandaba las ternas para su aprobación.
Si olvidamos que las grandes modificaciones al sistema jurídico han devenido ordenadas del derecho internacional y no de sentencias mexicanas. Si olvidamos la enorme impunidad en la que vivimos y en que los recursos de protección de derechos humanos no son recursos sencillos y mucho menos rápidos. Si olvidamos que toda acción humana es por naturaleza política y está siempre sujeta a un coto de poder; que la justicia en México son los reyes y que la división de poderes existe solamente los domingos cuando toda la clase política descansa. Hay impulsos humanos e intereses seguidos tras esos impulsos. No más.
México lleva años rancio. Y ahora está rancio, pero en un terreno desconocido. Lo objetivo será buscar el mesotes aristotélico y dejar a un lado la polarización: hay que practicar la moderación. Olvidar la supuesta traición de Fredo y construir juntos. No somos una dictadura. Ni somos Venezuela ni tampoco somos Dinamarca. México no ha muerto, ni la democracia, ni nadie.
De momento. Sí. Hay un enorme cambio de paradigma del que somos presencia. El mundo se revuelve en contra del sistema que lleva años fracturado; no somos los únicos, estas revoluciones se ven en múltiples países. Los sistemas sociales son pura comunicación y se autorregulan para subsistir; el derecho, las instituciones y los individuos serán el resultado de él (véase a Niklas Luhmann). Será necesario observar el cauce de algo relevante no solo para México, sino para todo el mundo; en su momento, la Constitución de 1917 no tuvo precedentes y marcó el rumbo del constitucionalismo social moderno en todo el mundo. ¿Será que repetimos? ¿Será que nos hundimos?

