MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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A partir del 28 de septiembre, brigadas de profesionales de la salud comenzarán a recorrer secundarias y preparatorias de Tlaxcala. El objetivo es detectar y prevenir ansiedad, depresión, riesgo de suicidio y los estragos del uso intensivo de dispositivos y redes sociales entre jóvenes de 14 a 18 años. 

Esto forma parte de la estrategia nacional “El ABC de las Emociones”; las escuelas deberán destinar una hora semanal al tema y realizar sesiones especiales el primer lunes de cada mes. Se capacitará a docentes, directivos y personal administrativo, la nota es que a nivel nacional ya se enviaron 18 millones de guías, sí, 18 millones.

Todo eso está bien, porque es necesario e incluso urgente. Pero sería un error grave quedarnos con la idea de que la salud mental es un problema exclusivo de los adolescentes.

La adolescencia es, sin duda, una etapa crítica, porque ahí se gestan o se agravan muchos de los trastornos que después se arrastran durante décadas; las escuelas son el lugar más eficiente para llegar a casi toda una generación. Detectar a tiempo puede evitar tragedias y reducir el daño acumulado: normalizar la conversación y ofrecer orientación dentro del aula es un avance real, porque ya no se puede seguir minimizando estos temas como “cosas de la edad”.

Sin embargo, el mismo razonamiento que justifica las brigadas en las escuelas debería aplicarse, con los ajustes necesarios, a otros espacios donde las personas pasan gran parte de su vida bajo presión constante.

En el deporte, por ejemplo. Los atletas —sobre todo los de alto rendimiento— enfrentan exigencias de resultados, lesiones, sobreentrenamiento y una identidad que a menudo se reduce al rendimiento. 

La ansiedad, la depresión y los trastornos alimentarios no son ajenos a las canchas ni a los gimnasios; capacitar a entrenadores, incorporar evaluaciones de bienestar emocional y establecer rutas claras de atención no es un lujo: es una necesidad si se quiere cuidar a quienes sostienen el espectáculo y el esfuerzo físico.

En el sector empresarial ocurre algo similar: la ansiedad crónica y la depresión tienen costos medibles en productividad, ausentismo y rotación de personal y sin embargo muchas empresas siguen tratando el tema como un asunto de “recursos humanos” o de actividades motivacionales de fin de semana, cuando lo que se necesita es detección sistemática, capacitación de mandos intermedios y acceso real a apoyo profesional, no solo discursos de bienestar. Una organización que ignora la salud mental de su gente termina pagando el precio.

Y quizá, aunque cueste decirlo, también en la administración pública y la política el vacío es todavía más evidente. Funcionarios y representantes electos operan bajo escrutinio permanente, jornadas interminables e incertidumbre constante. 

Hay indicios claros de altos niveles de estrés y agotamiento, pero casi no existen mecanismos serios de acompañamiento; pretender que quienes toman decisiones que afectan a millones de personas pueden funcionar indefinidamente sin atender su propio equilibrio emocional es una ficción peligrosa. La calidad de la gestión pública también depende del estado mental de quienes la ejercen.

La estrategia que arranca en Tlaxcala es un paso en la dirección correcta, pero si se limita a las aulas, quedará a medias; la ansiedad, la depresión y el riesgo suicida no respetan horarios escolares ni se desactivan al cumplir 18 años. Aparecen en los campos de entrenamiento, en las oficinas, en las dependencias y en los espacios de poder.

Detectar, prevenir y acompañar no es una moda ni un gesto de sensibilidad; es una responsabilidad básica si se quiere una sociedad que no solo produzca, compita y gobierne, sino que también sostenga a las personas que la hacen funcionar.

En tiempos de definición, y sobre todo de indefinición, la salud mental es prioridad… sobre todo para quienes pueden deprimirse tras no lograr lo que se tenía en el horizonte mental.