MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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En estos días de Mundial, el estribillo opositor se repite como discurso en pleno proceso electoral: “el fútbol unió lo que AMLO dividió”. Ahí están los más rancios politicos y empresarios neutrales que lo han repetido con entusiasmo, presentando al expresidente como el gran culpable de la polarización entre “fifis” y “chairos”. Es un argumento débil, oportunista y, sobre todo, con grave amnesia histórica.

Es probable que la chaviza no lo recuerxe pero México ya estaba profundamente dividido mucho antes de que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) popularizara esos términos coloquiales.

La brecha entre muy ricos y muy pobres no la inventó la 4T: es estructural, heredada de décadas de políticas neoliberales, corrupción priista y alternancia panista que no redujeron sustancialmente la desigualdad. Norte vs. sur, campo vs. ciudad, élites empresariales vs. sectores populares, “fresas” vs. “nacos”.

Esas fracturas existían y generaban resentimiento real. Lo que cambió con AMLO fue el lenguaje: más directo, popular y confrontacional. “Chairos” y “fifis” son solo una versión callejera de divisiones que antes se expresaban con términos como “neoliberales”, “oligarquía”, “pueblo bueno vs. mafia del poder” o simplemente “los de arriba y los de abajo”.

La oposición tiene serias dificultades para recordar sus propios pecados electorales previos a 2018. En 2006, la elección más cerrada de la historia moderna terminó con acusaciones fundadas de irregularidades, intervención presidencial (Vicente Fox), guerra sucia y un resultado validado por un margen mínimo que generó meses de protestas y un país partido en dos. ¿Nadie se acuerda de esa “división”?

No fue un proceso impecable como ahora lo Presume Felipe Calderón (FECAL). En 2012, el PRI de Peña Nieto también enfrentó señalamientos de compra de votos y uso indebido de recursos.

El “PRIAN” (como lo bautizó la izquierda) recurrió a todas las herramientas disponibles para frenar el avance de López Obrador. Hoy, sin embargo, esa misma oposición exige “unidad” y señala como culpable único al hombre que ganó en 2018 con un respaldo masivo precisamente porque millones percibían que el sistema estaba capturado, podrido y superado.

Es comprensible el cansancio ciudadano ante la polarización. Pero atribuírsela exclusivamente a AMLO ignora que la democracia mexicana siempre ha sido conflictiva. La transición del 2000, que fue la salida del Partido Revolucionario Institucional (PRI), no trajo armonía: trajo alternancia dentro de un país desigual y dividido entre jodidos y ricos.

Los gobiernos del PAN y el regreso del PRI no eliminaron la corrupción ni cerraron la brecha entre ricos y pobres; en muchos casos la mantuvieron o agravaron. Programas sociales de la 4T redujeron la pobreza de manera significativa, aunque sus críticos los descalifiquen como “populismo”.

Para quienes vemos la fiesta particular de Infantino, ahora llamado Mundial de Fútbol, es inevitable no aceptar que esto nos genera una tregua emocional bonita y legítima. ¿por qué tendríamos que negarlo?. Pero eso ocurre cuando el mundial es en nuestro territorio e incluso cuando es más allá de nuestras fronteras.

Ver a mexicanos de todos los sectores gritando un gol es un recordatorio poderoso de lo que nos une, sí, de eso no hay duda. Pero usarlo para blanquear el pasado o atacar a un gobierno que visibilizó y combatió a su modo las desigualdades históricas, es pura demagogia.

El país no se dividió en 2018. Solo encontró un vocabulario más coloquial para hablar de una fractura que lleva décadas. Pretender que antes vivíamos en un paraíso de concordia es, simplemente, no haber vivido en México. La peor división que existia en este país era de miserables contra millonarios, y parece que ese vago recuerdo a nadie ofendia… que poca memoria tienen los que pueden pagar un boleto en la fiesta privada de Infantino y Messi.