Para Mercedes, por supuesto.

Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
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Les deseo una plática con Pilar; resulta ser una mujer exquisita en ideas y coloquio, abocada a extender su amplísimo bagaje como lectora, siempre allá por donde va; eso sin duda, aunque no ha leído “El amor en los tiempos del cólera”: quizá el mayor error de su vida (eso, o el exnovio).

Me confesó casi apenada su deseo de leer —lo que para mí resulta ser el mejor libro de Gabo— mientras cenábamos después de tanto tiempo sin vernos. Fue mencionar el titulo del libro para hundirme en el sentimiento de caminar por las calles de Cartagena de Indias, abrir la tapa, encontrar sin querer la primera y más importante página sobre la historia entre Fermina Daza y Florentino Ariza:

Para Mercedes, por supuesto.

En los libros, no solamente existen historias dentro de ellos, escritas y pensadas para ser avivadas por el lector, sino, historias en ellos per se. Cuando Gabo era un columnista con sueños de llevar sus letras a publicaciones más allá de los periódicos, contado por el mismo, se encerró dieciocho meses para crear el universo de “Cien años de soledad”; un tiempo en el que, por supuesto, la que tuvo que hacer frente a la realidad fue su esposa Mercedes Barcha; para enviar el manuscrito a la editorial, Mercedes empeñó lo último que quedaba por empeñar, “Ahora lo único que falta es que esta hijueputa novela sea mala”. Le sentenció verde de encabronamiento a Gabo.

Me fascinan las dedicatorias. Por ella, para ella; por él, para él: qué mejor muestra que ofertar un pensamiento, un esfuerzo intelectual, espiritual o físico a alguien. Incluso, debería ser considerado un género en sí. No solamente la de los escritores en sus libros, como esta de Gabo, sino cualquier tipo de dedicatoria: regalando un libro a alguien, un cineasta en el final de su película, un torero brindando la muerte de un toro, una tarjeta, un futbolista guiñando tras un gol, un kilómetro en alguna carrera, una calificación o cualquier tipo de triunfo o conquista humana; resulta indispensable compartir el poder de la motivación para apelmazarse en su cima, y luego, hacer notar a esa persona que ha estado allí, porque aquella creación o aquel pensamiento ha dejado ser solamente de uno. Cuando Gabo recibió la llamada de Estocolmo que le informaba ser el Premio Nobel de Literatura, al colgar, con los ojos vidriosos le dijo a Mercedes Raquel Barcha Pardo: Nos ganamos el Premio Nobel.

Porque solamente son cuatro palabras que definen a la perfección el amor y la entrega absoluta. El sentido de la humanidad. Un casi haiku estupendo resumiendo todo. Para qué decir más. Siempre tendremos alguien a quien colgarle la coma y el por supuesto en nuestros triunfos y tropiezos.

Un salvavidas de soporte, la sombra de un árbol siempre plantado tras nuestra ventana, la luz de unos ojos con los que escribir en la oscuridad, las burbujas del champán sonriendo, el abrazo aquel.

Sin Mercedes, el mago se hubiera agotado, asfixiado entre la soledad de trucos perfectos, pero sin ser compartidos, y las palabras tan bellas, nunca le hubieran brotado así:

“Para Mercedes, por supuesto.

(…)

Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro”.