Quizá solo sea un espejismo de quienes aún creen que la 4T guarda algún resto de pureza doctrinaria, pero Gerardo Fernández Noroña acaba de hacer algo que pocos en Morena se atreven: decir en voz alta lo que muchos murmuran en los pasillos.
La designación de Higinio Martínez Miranda como candidato a la presidencia de la Mesa Directiva del Senado no fue el acto de unidad que se vende. Fue, como él escribió con claridad quirúrgica, una presidencia de “connivencia con la oposición”. No de respeto. De connivencia.
Y el detalle no es menor, porque estamos a un año de las intermedias de 2027: 17 gubernaturas, la totalidad de la Cámara de Diputados, congresos locales y la mayoría de los ayuntamientos y en ese escenario la ultraderecha ya afila los cuchillos; Estados Unidos observa con lupa y en ese escenario, Morena decide que el Senado lo conduzca un operador de largo colmillo, templado, conciliador… pero con agenda propia.
Higinio Martínez no es un improvisado. Médico de Texcoco, militante de izquierda desde los años del PMT de Heberto Castillo, paso por el PMS y el PRD, alcalde dos veces, senador en varias legislaturas y jefe de un aparato territorial que le ha entregado a la 4T millones de votos en el Estado de México.
Su perfil es el del negociador que sabe hablar con todos: priistas residuales, panistas, verdes, lo que haga falta. Justamente lo que Noroña denuncia: no un valladar, sino un puente. Un puente que, en política mexicana, suele tener peaje en ambas direcciones y eso representa navegar a conveniencia.
La ironía es deliciosa y un poco amarga. Durante años Morena habló de la “mafia del poder” como si fuera una novela de villanos de una sola pieza. Alejandro Moreno Cárdenas —Alito— sigue ahí, intacto, escupiendo sobre el movimiento que en su momento le perdonó el desafuero y le dejó la vida política.
Ricardo Monreal nunca lo tocó. Adán Augusto tampoco. Tal como sucedió con Calderón y Fox, que siguen orbitando como fantasmas que nadie se atrevió a exorcizar de verdad. Ahora el mismo partido que construyó su mito sobre la ruptura con ese pasado elige, para presidir la Cámara alta en el año decisivo, a un político cuya principal virtud es, precisamente, no romper del todo.
Noroña lo dijo sin anestesia: “Detrás de los llamados consensos se diluyen decisiones políticas de las que más tarde nadie se hace responsable”. Y aquí está el peso específico de la advertencia: Morena no es víctima de la oposición ni de la ultraderecha, es víctima de sus propias decisiones.
Se ha visto hasta hoy: cada perdón, cada tibieza, cada “consenso” que diluye la confrontación termina cobrando factura, y la factura la van a presentar, con intereses, aquellos a quienes se les perdonó la existencia política. Porque si el PRI sabe hacer algo es ejercer, no presumir el poder.
En este espacio adelanto lo que ya se intuye: Alito, ese al que le perdonaron el desafuero, será uno de los que, junto con Higinio y otros operadores del viejo régimen reciclado, terminen demostrando que el poder se ejerce. Tal como lo hicieron en el pasado.
El PRI nunca perdonó, ni siquiera a los indisciplinados de su propio partido. Ahí está Colosio para quien lo dude; la disciplina priista no era retórica: era método. Y quienes creyeron que podían domesticar a esa maquinaria sin pagar el precio histórico, están a punto de descubrir que el perdón unilateral solo existe en los discursos de campaña.
Cuando las cosas se tuerzan —porque en política mexicana siempre se tuercen—, cuando la oposición use el Senado como caja de resonancia de la narrativa del “narco-gobierno”, cuando los comicios de 2027 exijan trincheras y no salones de té, nadie va a levantar la mano para decir “yo lo propuse”.
Higinio habrá hecho lo que mejor sabe: negociar, atemperar, buscar salidas. Alito habrá hecho lo que mejor sabe el PRI histórico: ejercer el poder sin sentimentalismos. Y Morena descubrirá, una vez más, que la ambigüedad tiene precio… y que ese precio lo cobran quienes nunca olvidaron cómo se juega de verdad.
Lamentable no es solo lo que se deja ir, lamentable es darse cuenta demasiado tarde de que el doble discurso ya no es táctica: es el paisaje. Y que las víctimas de las propias decisiones rara vez encuentran consuelo en el “consenso”.
Las tres de ley… 1-Adriana Dávila siempre privilegió la vía plurinominal: esa ruta segura le dio diputaciones y senadurías sin arriesgarse del todo en el voto directo y justo ahora renuncia a la Comisión Permanente de Acción Nacional (PAN)
2-Hoy critica a la dirigencia de Jorge Romero Herrera, por el manejo de candidaturas, pero se ve al espejo: ella misma encabezó la campaña por la gubernatura de Tlaxcala, la perdió y no cuestionó entonces con la misma fuerza las decisiones cupulares.
3- Su renuncia parece menos defensa de principios y más el reclamo de quien, al no obtener el espacio que espera, descubre de pronto los vicios que antes le convenían. Su dirigencia no tiene perdón, pero ella tampoco.

