* La dirigencia nacional tiene la palabra: abrir el partido, recuperar el diálogo y devolverle el movimiento al pueblo.
Morena en Tlaxcala enfrenta una pregunta que ya no puede evadir: ¿está preparado para renovarse desde adentro o permitirá que sus estructuras partidistas se conviertan en instrumentos de control de un grupo político? De cara a 2027, el futuro del movimiento no depende únicamente de quién encabece una candidatura, sino de la capacidad de su dirigencia para garantizar apertura, diálogo, inclusión y respeto a la voluntad de su militancia.
La designación de Ana Lilia Rivera como coordinadora estatal de Defensa de la Transformación y la Soberanía abrió una nueva etapa política en Tlaxcala. Sin embargo, también colocó sobre la mesa un desafío que Morena no puede minimizar: la necesidad de revisar si su dirigencia estatal está a la altura del momento político o si permanece atrapada en los intereses de quienes no resultaron favorecidos en el proceso interno.
Porque una cosa es competir por una posición y otra muy distinta es utilizar la estructura partidista para preservar cuotas de poder, condicionar decisiones o cerrar las puertas a quienes piensan diferente.
¿Un partido al servicio del pueblo o de un grupo político?
Morena nació con la promesa de romper con las prácticas de los partidos tradicionales: el autoritarismo interno, las decisiones cupulares, el reparto de posiciones entre grupos y la exclusión de quienes no pertenecen a una determinada corriente política.
Por eso, resulta contradictorio que, en un movimiento que reivindica la transformación de la vida pública, surjan cuestionamientos sobre la apertura de sus propias estructuras.
En Tlaxcala, la dirigencia estatal representa el entorno del grupo político de Marcela González Castillo, esposa del alcalde capitalino Alfonso Sánchez García.
Las aspiraciones políticas de Alfonso Sánchez García, quien busca posicionarse rumbo a la coordinación correspondiente al segundo distrito, colocan inevitablemente bajo escrutinio el comportamiento de las estructuras partidistas.
¿puede una dirigencia garantizar condiciones de equidad cuando los intereses de un grupo político se encuentran directamente involucrados en la disputa por las posiciones?
No se trata de descalificar aspiraciones ni de negar el derecho de cualquier militante a participar. Se trata de exigir reglas claras, piso parejo y una dirigencia capaz de actuar con independencia frente a las disputas internas.
Morena no puede darse el lujo de confundir la lealtad al movimiento con la obediencia a un grupo.
La derrota política no puede convertirse en control partidista
En política, los resultados de un proceso interno deben asumirse con responsabilidad. Quien obtiene el respaldo correspondiente tiene el derecho de ejercer la representación que le fue conferida, mientras que quienes no resultan favorecidos conservan sus derechos políticos, pero también tienen la obligación de respetar las reglas y contribuir a la unidad.
La designación de Ana Lilia Rivera significa que Morena tomó una decisión política que debe ser respetada en el marco de sus procedimientos internos.
Lo que no sería aceptable es que las diferencias derivadas de ese proceso se traduzcan en obstáculos para la organización del movimiento, exclusiones de militantes o resistencias destinadas a conservar el control de las estructuras.
Si existen prácticas de esa naturaleza, corresponde a los órganos partidistas investigarlas y corregirlas.
La dirigencia estatal no puede convertirse en refugio de quienes buscan prolongar una disputa que el propio movimiento necesita superar.
La unidad no se construye imponiendo silencios, repartiendo espacios entre aliados ni cerrando las puertas a los adversarios internos. Se construye con reglas, diálogo y la certeza de que nadie está por encima del proyecto colectivo.
La dirigencia nacional debe intervenir
Ante este escenario, la dirigencia nacional de Morena tiene una responsabilidad política que no debería postergar: revisar el funcionamiento del partido en Tlaxcala y evaluar si su estructura estatal garantiza condiciones de pluralidad, participación y equilibrio entre las distintas expresiones del movimiento.
No bastan los llamados a la unidad si en la práctica persisten las desconfianzas. Tampoco es suficiente convocar a la militancia si los espacios de participación se perciben como reservados para determinados grupos.
La intervención nacional es la oportunidad para recuperar la institucionalidad, revisar las inconformidades y garantizar que el partido funcione bajo principios democráticos.
Si una evaluación objetiva demuestra que la dirigencia actual ya no tiene la capacidad de representar al conjunto del movimiento, la renovación de sus órganos estatales debe colocarse sobre la mesa, incluida la posibilidad de una sustitución integral conforme a los estatutos y procedimientos de Morena.
No se trata de cambiar nombres para satisfacer a una corriente política ni de desplazar a un grupo para entregar el control a otro.
Se trata de corregir las condiciones que impiden una convivencia política abierta y garantizar que la estructura partidista no responda a intereses particulares.
La renovación debe ser de fondo: dirigencia, métodos de organización, mecanismos de diálogo y relación con las bases.
Porque cambiar a quienes ocupan los cargos sin modificar las prácticas solo produciría una nueva versión del mismo problema.
2027 no se gana con estructuras cerradas
Morena enfrenta en Tlaxcala una coyuntura decisiva. La competencia política rumbo a 2027 exige organización territorial, legitimidad, capacidad de convocatoria y una relación auténtica con la ciudadanía.
Ninguna estructura partidista, por numerosa que parezca, puede sustituir el respaldo popular. Ningún grupo puede atribuirse la propiedad de un movimiento que se construyó con la participación de miles de ciudadanos.
Si Morena pretende mantener su fuerza electoral, necesita escuchar a sus militantes, abrir espacios a los liderazgos municipales y regionales, reconocer las distintas expresiones internas y establecer condiciones equitativas para quienes decidan participar en los procesos venideros.
La exclusión tiene costos. La falta de diálogo produce fracturas. El control de las estructuras por intereses particulares erosiona la confianza.
Y cuando un partido deja de escuchar a sus bases, corre el riesgo de convertirse en aquello que alguna vez prometió transformar.
La dirigencia nacional debe entender que el problema no consiste solamente en resolver una disputa entre aspirantes. El verdadero desafío es impedir que las diferencias internas terminen debilitando la organización territorial y alejando a Morena de los ciudadanos.
La transformación también debe comenzar dentro de Morena
La mayor contradicción de un movimiento que proclama poner al pueblo en el centro de las decisiones sería mantener una estructura partidista distante de sus propias bases.
Por eso, la renovación de Morena en Tlaxcala no debe plantearse como un ajuste de cuentas ni como una revancha política. Debe asumirse como una necesidad institucional.
Una dirigencia abierta escucha incluso a quienes discrepan. Una dirigencia democrática no teme la competencia interna. Una dirigencia legítima no necesita cerrar filas alrededor de una persona para demostrar fortaleza.
Y una dirigencia verdaderamente comprometida con la transformación entiende que su función no es administrar el poder de un grupo, sino organizar a la militancia, construir acuerdos y mantener vigente el vínculo con la sociedad.
Morena necesita una dirigencia que no tenga dueño, que no responda a intereses familiares y que no confunda el partido con una plataforma para impulsar proyectos personales.
Si para lograrlo es necesaria una renovación total de la estructura estatal, la dirigencia nacional debe tener la voluntad política de examinar esa posibilidad y actuar conforme a las normas internas.
Porque la transformación no puede quedarse en un discurso electoral. También debe reflejarse en la manera en que se toman las decisiones, se resuelven las diferencias y se distribuyen las oportunidades de participación.
La pregunta que Morena debe responder
¿Está Morena en Tlaxcala dispuesto a abrir sus puertas, recuperar el diálogo y construir una dirigencia que represente a todas sus expresiones, o permitirá que las disputas por el poder sigan marcando el rumbo del partido?
La respuesta no puede depender de las aspiraciones de Alfonso Sánchez García, de Marcela González Castillo ni de ningún otro actor político. Debe depender de los principios, las reglas y el proyecto colectivo que Morena dice representar.
La dirigencia nacional tiene la oportunidad de actuar antes de que las diferencias se conviertan en una fractura mayor. Puede impulsar una revisión responsable, garantizar la participación de la militancia y, si corresponde, promover una renovación profunda que devuelva legitimidad a la organización estatal.
Porque Morena no nació para convertirse en patrimonio de una familia, de una corriente o de una dirigencia. Nació con la promesa de que el pueblo sería el protagonista de la transformación.
Y si esa promesa sigue vigente, la renovación de Morena en Tlaxcala no debería ser un asunto secundario: tendría que ser una prioridad.
La transformación también exige limpiar las prácticas internas, abrir las puertas y devolverle el partido a su militancia.
¿Morena en Tlaxcala está dispuesto a transformarse por dentro o necesita que su dirigencia nacional le recuerde para quién existe?
