Mañana en la batalla piensa en mí

Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Eduardo Lozano, articulista y opinador de MR Noticias
Comparte esta nota
HACER ALGO POR ÚLTIMA VEZ. Se puede rescatar algo de las redes sociales; para los que tenemos afectado el algoritmo con temas motivacionales hay un video viral: sucede en el kilómetro 40 del maratón de CDMX y la cámara se entromete en la carrera de quien se presenta como Julio de Tlaxcala —un hombre de edad adulta—: ¿Cómo vas? Le preguntan. Jadeando, recuperando el aliento perdido, asiente y su tímida respuesta es «Bien», pero continúa recordando: es mi último maratón, llevo quince maratones y tengo 76 años… de Tlaxcala. Al entrevistador le cuesta hilar las palabras, pero lo acompaña, lo escucha y lo alienta, «despídete como se debe, hermano, venga, toda tuya sí…» —la cámara lo sigue acompañando, Julio toma aire, corre y se crece ante su propia historia—. Esta historia publícala, soy de Tlaxcala, es lo último que se le oye decir al maratonista.
¿Será un privilegio otorgado por Dios, el saber con pleno discernimiento, que estamos haciendo alguna cosa por última vez?, ¿O solamente es un vano esfuerzo para jugar a ser nuestros propios dioses?

SANTIAGO Y FERNANDA. Ella no puede más. Su primer maratón está sucediendo ahora, en CDMX, y empieza a dimensionar eso de correr 42km. Santiago está medio resacoso. Viene de porra y esperará animarla sobre la mitad, en Polanco; luego, tomará el metro hasta llegar al Zócalo para encontrar sus ojos tras cruzar la meta. Pero su novia se detiene llorando en el kilómetro 21 diciendo que no puede más. Los abrazos se confunden con el sudor y las lágrimas y las palabras de aliento de todos (todos son la familia de ambos y aquellos amigos que le acompañan). Santiago se quita la playera y echa su cuerpo a correr tirando de ella. Nunca ha corrido más de 10 km y lleva un año sin hacer ejercicio, y ni siquiera le da tiempo de pensar que lleva unos tenis de piso. Sin él, ella no creyó ser capaz de terminar los 21 que le faltaban. De tanto y tantas teorías, lo más certero que se puede decir sobre el amor es que solamente se trata de acompañar. Acompañar con todo el fondo para lo que te da el cuerpo, sin pararte a pensar nada sobre tu calzado o de la hidratación o de lo preparado o no que estés, solo tirar pa’lante, sin cavilar ningún pretexto que te haga reservarte algo de vida y entrega en ti para con los demás; el amor es eso, tirar pa’lante hasta que el corazón aguante (lo escribió Bosé). Mañana, él se irá a vivir a Estados Unidos. Ella lo llevará al aeropuerto. Él no sabe si volverá. Pero tampoco sabía que podía correr medio maratón con resaca, tenis de piso y sin nada de preparación. Lo descubrió por ella. Acompañándola.

MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ. No saber que estás haciendo algo por última vez es lo que le da sentido a la vida. Creo que Dios nos da esa misteriosa oportunidad de, o ser un imbécil que no aprovecha lo único real (el presente), o ser un iluminado que entiende que la vida está pasando ante nuestros ojos sin la certeza del mañana. Javier Marías, uno de mis escritores favoritos, dijo algo en una entrevista que se me quedó grabado a fuego: «No escribo para ganar tiempo. Escribo para notarlo»Uno escribe, corre, crea, ama, o lo que te guste hacer en la vida para notar el tiempo. Para notar la vida y lo que está sucediendo. Precisamente, en su novela “Mañana en la batalla en mí” (debilidad mía y quizá mi libro favorito del maestro madrileño —muerto injustamente sin el Nobel de Literatura—), Marías ahonda en un profundo soliloquio sobre lo que pudo suceder entre el escritor Víctor Francés y su amante Marta Téllez, una mujer casada y muerta en sus brazos en la antesala de hacer el amor. Las historias tienen un peso por el poder de su repetición y por no saber que las estamos dejando de hacer. Todo el rato estamos dejando de hacer cosas por última vez sin saberlo. Y qué bueno no saberlo.
«Hay ciertas cosas que uno no concibe que no vayan a repetirse, lo que una vez fue no puede estar descartado que vuelva a ser, si uno tuviera la certidumbre de que ha hecho por última vez el amor pondría fin a su conciencia y recuerdo y se suicidaría (…)
(…) y así se va el tiempo sometido a esos forcejeos nuestros ineficaces y contradictorios, nos permitimos ser impacientes y desear que lleguen las cosas que ansiamos y se postergan o tardan, cuando todo parece poco y demasiado rápido una vez llegado y una vez concluido, repetir cada acto querido nos acerca algo más a su término, y lo malo es que también nos acerca no repetirlos, todo viaja lentamente hacia su difuminación en medio de nuestras aceleraciones inútiles y nuestros retrasos ficticios, y sólo la última vez es la última.»

ANTOÑITO, EL GATO. Antoñito, que llegó siendo Antoñita pero que luego descubrí que era Antoñito, un sujeto apacible, tranquilo pero con dominio de escena, certero de su absoluto control sobre mi amor, huraño, antisocial, hurgador profesional de comida, pero ante todos los supuestos, mi queridísimo gato, murió. Fue un año de entrega desmedida —claro, a la manera de los gatos, distante, fría a ratos, desbocada a otros, y siempre, desde su justo sitio y saber estar— hasta que su hígado le hizo enfermar silenciosamente y le invitó por fuerza a habitar el yugo de irse apagando, de ir pausando su vida en silencio; el mal hígado congénito, le hizo hacer cosas por última vez, mismas cosas que él no supo que estaba haciendo por última vez y luego de habitar sin saberlo esas últimas veces, se nos murió el amor.
Pero tuve fe. Más que nunca. Estaba cierto de que se recuperaría; el jueves en mi visita al hospital le tomé su testamento en imagen sin saberlo (la peor fotografía de su vida, él, agotado, con la mirada perdida, intentando buscarme y reconocerme); porque mi esperanza me hacía creer en la desintoxicación y en un futuro cuidado paliativo para poder despedirnos a gusto, durmiendo, leyendo, haciendo las cosas que nos gustaba hacer juntos. Pero no hubo más fotos. No hubo más nada. El viernes por la mañana me lo dijeron.
¡Gracias a Dios por no saber que estoy haciendo todo el rato cosas por última vez! Qué hubiera sido de mí, de saber que era nuestro fin juntos, aquella noche del jueves antes de ingresarlo, allí cuando me quedé dormido en la sala leyendo “El mapeador de ausencias” de Mia Couto, y cuando en la madrugada, además de la dureza del sillón, sentí a Toñito —o lo que quedaba de él y yo sin percatarme— acurrucarse tímidamente en mi brazo, casi como pidiendo permiso, siendo muy él por preocuparse por la intimidad y el espacio personal del otro, y dormir juntos como lo solía hacer cuando se cansaba de su soledad.
Hubiera querido (casi como nada en mi vida), que mi gato Toñito, se quedase. Que me siguiera acompañando a leer, entrometiéndose en el libro y rompiéndome el hilo. Que siguiera durmiendo conmigo cuando quisiese. Que siguiera asaltando la cocina y ocultándose en libros. Que hiciera lo que diera la gana, pero que se quedase… Que me siguiera acompañando. Te extrañaré, mano. Mucho.

MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ Y CAIGA TU ESPADA SIN FILO: DESESPERA Y MUERE.
«Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza, de qué poco hay constancia, y de ese poco tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan sólo una mínima parte, y durante poco tiempo: mientras viajamos hacia nuestra difuminación lentamente para transitar tan sólo por la espalda o revés de ese tiempo, donde uno no puede seguir pensando ni se puede seguir despidiendo: ‘Adiós risas y adiós agravios. No os veré más, ni me veréis vosotros. Y adiós ardor, adiós recuerdos’.»
Desde Shakespeare hasta Javier Marías, los fantasmas siempre nos han hablado al oído y en los libros. En las batallas y en los tiempos de paz. Pero luego, con ellos y sin ellos, todo pasa, todo sucede, sin pedir nuestro parecer. Y todo se difumina. Y solo nos queda acompañar. Acompañarnos hasta el momento del absoluto desvanecer de luz. Mañana en la batalla piensa en mí.