MARTÍN RODRÍGUEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ/INNOMBRABLE
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Los señalamientos de Simón Levy contra la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros en los que la vincula a una presunta red de lavado de dinero, trata de personas y huachicol con base en “tres testigos protegidos” y testimonios de miembros del Cártel de Sinaloa que habrían financiado campañas, no lograron el efecto de desestabilización que pretendían.

La explicación es sencilla; la oposición se equivocó de mensajero y por eso sus dichos se convirtieron en un activo político para el gobierno estatal. ¿la razón?: el desprestigio acumulado de Levy, sumado a su perfil como figura perseguida judicialmente y alineada con intereses estadounidenses republicanos, supera con creces cualquier daño reputacional que pueda infligir al gobierno de Tlaxcala.

Levy afirma contar con testimonios de detenidos en Estados Unidos y asegura que ya se presentaron pruebas; sin embargo, no existen registros públicos de investigaciones abiertas, requerimientos formales ni imputaciones por parte de fiscalías mexicanas o estadounidenses contra Cuéllar.

El Gobierno de Tlaxcala ha desestimado consistentemente este tipo de señalamientos por carecer de elementos probatorios. Las acusaciones se lanzan desde redes personales, sin documentos verificables, sin fechas precisas de los supuestos testimonios y sin identificación de las fuentes más allá de “testigos protegidos”, muy al estilo de Anabel Hernández.

En política, una acusación grave sin anclaje institucional ni evidencia tangible no genera miedo; genera ruido y el ruido, cuando proviene de una fuente desacreditada y con agenda externa, se diluye aún más rápido.

Levy no es un denunciante neutral ni un analista con trayectoria limpia, su historial lo convierte en un personaje tóxico para cualquier causa que pretenda impulsar: fue subsecretario de Planeación y Política Turística apenas cuatro meses, entre 2018 y 2019.

Poco después renunció alegando “motivos estrictamente personales” mientras proclamaba lealtad eterna a Andrés Manuel López Obrador, pero poco después comenzó a atacar a su exjefe Miguel Torruco y, progresivamente, a todo el proyecto de la 4T y ese tránsito de colaborador cercano a crítico feroz alimenta la narrativa de rencor personal más que de convicción real.

A eso se suman los escándalos personales, judiciales y de persecución internacional, pues Levy acumula órdenes de aprehensión en México por amenazas y daño a propiedad, derivadas del caso de inmuebles en Polanco.

Por si fuera poco tuvo durante tiempo una ficha roja de Interpol por esos procesos e incluso fue objeto de seguimiento y gestiones de entrega en Portugal, donde un tribunal rechazó la extradición, y en Estados Unidos. Estas circunstancias proyectan a una figura perseguida por la justicia mexicana, lo que debilita cualquier pretensión de pureza moral o independencia.

Levy ha afirmado contar con fuentes de alto nivel en Washington, difundió “listas” de funcionarios mexicanos bajo la lupa de agencias estadounidenses y todos saben que colabora o informa en temas de seguridad hemisférica con información proporcionada por Trump

Así que lejos de ser solo un crítico interno, opera como un canal de comunicación e influencia de intereses estadounidenses, particularmente republicanos, contra México, ello no implica necesariamente que todo lo que diga sea falso, pero sí transforma sus señalamientos en parte de una agenda externa.

Cuando alguien con ficha Interpol prolongada, historial de persecución judicial y clara alineación trumpista señala a un gobernador, el efecto principal no es “hay indicios serios de corrupción”, sino “un activo de la comunicación estadounidense está disparando otra vez”. El desprestigio se contagia y, además, se politiza como interferencia externa,  en este caso gringa.

Para el gobierno de Tlaxcala, estos señalamientos generan beneficios claros, primero refuerzan la narrativa de victimización y soberanía, al permitir presentar las críticas no solo como desinformación de un resentido, sino como parte de una campaña alineada con intereses republicanos de Estados Unidos.

Cuéllar y su equipo pueden responder —o no responder— subrayando la falta de pruebas formales y el perfil del denunciante: que presente las pruebas ante las autoridades competentes y no desde una plataforma de activismo trumpista. Mientras no lo haga, el silencio o la desestimación proyecta serenidad institucional y defensa de la soberanía.

Quienes retoman o amplifican los dichos de Levy quedan asociados a un personaje con nula legitimidad moral en Tlaxcala y con vínculos evidentes a agendas estadounidenses o extranjeras. ¿Acaso no se percatan?

Pretender que Levy tenga mayor estatura ética o independencia que la gobernadora es doblemente absurdo, no porque ella sea pulcra sino porque él es todavía peor. El resultado es que la crítica legítima, si la hubiera, se diluye en el ruido del mensajero y se contamina con el sello de interferencia externa.

Mientras Levy acumula polémicas personales, judiciales, una ficha Interpol y un rol como canal de comunicación pro-republicana hacia México, el gobierno estatal continúa operando con sus diálogos circulares y así impone su agenda: la asimetría favorece a quien detenta el poder institucional y no a quien dispara desde el exterior con historial cuestionado.

Lejos de generar miedo o afectación real, las declaraciones de Simón Levy funcionan como un regalo político para Lorena Cuéllar, porque demuestran que los ataques más estridentes contra su administración provienen de una figura cuyo desprestigio personal, judicial e internacional es superior al del gobierno que pretende demoler, y que además opera como activo de comunicación de intereses republicanos de Estados Unidos hacia México.

Por eso, el gobierno de Tlaxcala no solo no debería asustarse: debería agradecer que el principal señalamiento mediático reciente llegue de la mano de Simón Levy; el desprestigio, en este caso, se queda del lado de quien lo emite y de quienes lo amplifican. Viniendo de otro lado nadie lo dudaría, pero viniendo de Levy nadie lo toma con seriedad… es el mejor amigo de la 4T.

Las tres de ley… 1- dime de qué presumes y te diré quién eres. Así puedo resumir dos frases dichas por la gobernadora de Tlaxcala en la sexta visita de Sheinbaum a la entidad.

2- Tlaxcala es plural incluyente y democrático: aquí sabemos que las diferencias son legitimas, que las instituciones se respetan y que llegado el momento la voluntad del pueblo es la que decide.

3- Aquí en Tlaxcala hay gobernabilidad, hay coordinación entre los tres niveles de gobierno y un pueblo dispuestos seguir trabajando por México; una nación soberana necesita de sus estados.  Quizá solo sea yo, pero de estos dichos poco puede garantizarse en la entidad y de eso la mejor muestra es el número de burócratas que ayer apagó todo grito que mostrará inconformidad.