No tengo nada que ofrecer, salvo sangre, sudor y lágrimas, dijo en la Cámara de los Comunes Sir Winston Churchill el 13 de mayo de 1940 en uno de los discursos más importantes de la humanidad. No fueron palabras vanas. Fueron palabras lejanas a la perfección política, pero cercanas a la emotividad social y que, sobre todo, marcaron el inicio para remontar los ánimos perdidos de los ciudadanos británicos; fue un discurso improbable en su objetivo, pues ganarle la guerra a Adolf Hitler era algo que ni el propio Churchill podía ver. La repercusión de este grandísimo discurso lo narra exquisitamente John Lukacs en el libro “Churchill y el discurso que ganó una guerra”. ¿Pueden unas simples palabras emotivas remontar algo socialmente insalvable?
Lo primero que leí en grupos sobre lo del Mencho, fue que, además de ser una exigencia de Estados Unidos, aquella operación era otra medalla de honor para el superpoderoso cuerpo militar gringo. Porque, claro, ¿cómo México va a ser capaz de algo así? Luego, el primer emisario del norte Cristopher Landau, dio los primeros esbozos de luz y claridad felicitando al ejército de México; enseguida, vino la confirmación: Harfuch, hizo lo propio congratulando al Ejército Mexicano y las Fuerzas Aéreas. Por último las diplomacias entre países hicieron ver una colaboración de inteligencia pero reafirmando que el trabajo, el recio, el de campo, era hecho en México.
Claudia Sheimbaum dio dos pasos al frente en su mandato y dos atrás en la adjudicación del logro más importante contra el narcotráfico en lo que va de la década (reacción jamás sucedida en logros de ese calado con anteriores presidentes); ella, siempre inteligente, durante la conferencia del pueblo, permaneció detrás del general Ricardo Trevilla al que decidió darle la pelota para marcar por la escuadra lo que será uno de los goles del sexenio. Y a Harfuch. El día de ayer por la mañana, cuando hablaba el general, Claudia, acompañaba otorgando un mensaje poderoso de redireccionamiento de la estrategia contra el narcotráfico. Hubo un momento, cuando la narración de los hechos terminó, que Trevilla se dirigió para dar el pésame a la familia de sus compañeros que perdieron la vida. Así lo dijo: compañeros. Sin rangos. Compañeros. Cierra su carpeta olvidándose de todo lo técnico y habla con el corazón intentando no llorar: “Un reconocimiento a nuestro personal militar que realizó una operación exitosa se puede ver desde muchas ópticas… pero es definitivo que cumplieron su misión y se demostró la fortaleza del Estado mexicano“. Terminó.
La elocuencia no será la de uno de los mejores oradores de la historia como lo fue Churchill, pero la verdad y la pureza siempre lo ocupa todo y no se puede esconder. En muchas ocasiones en México nos hemos sentido desamparados y sin salida. Quizás esto se empieza a remontar. O no. Solamente la historia lo dirá. Qué raro ver llorar a un militar que siempre debe mostrar su valor inquebrantable y su fortaleza a prueba de todo… pero, llora general Trevilla, llora, que muchos también lo sentimos; llora por los del domingo, y los de antes, y los de años antes y los incorruptibles y los que nunca han dejado de creer en un mejor México posible y se han dejado la vida por nosotros; llora, general Trevilla, llora, lo acompañamos contigo. Con ustedes.

