Hace no mucho me preguntaron cuál era el recuerdo más antiguo que yo tenía presente; y claro, fue una labor introspectiva importante: yo, llorando en las escaleras porque mi mamá se había adelantado algunos escalones, el miedo de algún borroso día en el campo con ¿toros? a lo lejos y una libreta —quizás mi primera libreta— en el kinder, forrada con un papel de estraza rosadamente deslavado, la cual en la solapa frontal tenía un recorte de periódico de la fotografía de Rafael Ortega con dos orejas en la mano y un jorongo en el hombro. Ahora entiendo que yo hice ese recorte tan propio de un niño y ahora entiendo que me gustaba tanto abrir esa libreta por ver la gran sonrisa del que fuera mi primer héroe.
Eran tiempos en los que por Apizaco circulaba un sólo nombre por las calles, fiestas y tertulias. Tiempos de ídolos con valores. A tanto llegaba la figura del maestro, que el juego que teníamos de niños mis primos Rafael, Iván y Hugo, no era jugar a los toros y a los toreros, sino más bien jugar a ser Rafael Ortega. Como siempre sucede, el primo mayor y aprovechando ser tocayo del señor de los tres tercios, se auto-designaba para siempre ser él; el toro, el picador y el otro toro lo dejaba para nosotros los menores. Pero siempre y en cada nuevo día que jugábamos iniciábamos las largas tardes de sábado con la ilusión de poder ser él. De ser Rafael Ortega.
Todavía tengo nervios de recordar el día en que mi abuela, sabedora o quizá provocadora de mi tímida pero enorme admiración por el torero, en una fiesta en el Rancho la Escondida me acercó casi a empujones a darle la mano a ese señor que siempre mi mente lo hacía vestido con un azul pavo y oro; me fue muy estrambótico verlo de jeans y camisa. La vida, con todas sus interrogantes inentendibles —como esta inesperada putada— me dio la dicha de poder coincidir con el que consideraré siempre mi amigo. Siempre atento y siempre respetuoso. Siempre. Muchas anécdotas con él, teniendo la más presente hace no mucho, cuando después de leer mi columna de la última corrida que hiciera empresa tuvo la enorme categoría de llamarme por teléfono y charlar largo y tendido ahondando en cada uno de los detalles. Aunque fuera por celular, era un gusto escucharlo hablar de toros. Qué raro saber que no reaccionará a la presente columna, ni que intercambiaremos alguna opinión en torno a ella ni a ninguna más.
Después de ver su última historia en Instagram donde trotaba como siempre, ya en Estados Unidos, se me quedó atorado el mensaje de suerte para él y para sus hijos en su viaje deportivo. Y es que claro, nunca piensas que la vida se puede acabar de un día para otro, y erróneamente siempre pensamos que habrá otro día y siempre otro día para mandar ese mensaje. Hay que mandar esos mensajes y decir esas cosas. Sinceramente ahora no sé hasta que punto quiera ser siendo taurino. Morante mi torero predilecto ya ha cortado un rabo en Sevilla, la industria taurina mexicana está más podrida que nunca y no tengo especial ilusión por nada, y aparte de todo, Rafael Ortega mi héroe de la infancia y por quien me fijé en esto, está muerto.
Qué la tierra te sea ligera, maestro, amigo. Qué vivas terrenalmente muchísimos años más en el recuerdo de los aficionados y de tu familia y qué allá en la eternidad nos esperes para volver a hablar de toros. Siempre será un gusto recordarte en el espacio de la añoranza de los primeros recuerdos de la vida—de mi vida— en ese lejano Apizaco cuando los niños jugábamos a ser Rafael Ortega.
Un abrazo fuerte, Pao, Rafa y Estela.

