LA CORONACIÓN DE CARTÓN: EL FRAUDE PREVENTIVO Y EL CHANTAJE DE LA NO SUMA.

OPINIÓN DE ROBERTO NUÑEZ
OPINIÓN DE ROBERTO NUÑEZ
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En política, las formas son fondo, y la prisa por autoproclamarse casi siempre delata el miedo a perder. En Tlaxcala, el proceso interno de Morena rumbo a 2027 está ofreciendo una clase magistral de manual sobre cómo resucitar las peores mañas del viejo régimen utilizando los eslóganes de la autodenominada Cuarta Transformación. El alcalde con licencia de la capital, Alfonso Sánchez García, decidió adelantarse al reloj de la realidad: en redes sociales y mediante una orquestada cargada de felicitaciones digitales de sus allegados, ya se declaró ganador de la coordinación estatal. El único pequeño detalle es que la Comisión Nacional de Elecciones de su partido no ha emitido ningún nombramiento oficial.

Lo que atestiguamos no es simple ingenuidad digital ni euforia de campaña; es el despliegue quirúrgico de una estrategia clásica de la vieja escuela: el fraude preventivo.

Consiste en construir una realidad paralela en el territorio mediático para forzar la mano de los órganos partidistas. La jugada tiene tiempos milimétricamente calculados. El primero es la autoproclamación: inundar pantallas con supuestos triunfos inobjetables para presionar, intimidar al árbitro interno y minimizar de un plumazo a sus contrincantes en la contienda. El segundo tiempo —el cual ya se está pavimentando con esmero— es la coartada perfecta para el caso de que la realidad y las encuestas oficiales no le favorezcan. Si la dirigencia nacional opta por otro perfil, el libreto ya está escrito: no habrán perdido por falta de simpatías, sino porque “hubo chicanadas”, “les robaron en la mesa” y las cúpulas traicionaron a las bases.

Pero la estrategia guarda un veneno aún más profundo para la vida interna del partido: el chantaje de la no suma. Al instalarse preventivamente como la única víctima legítima de un supuesto fraude, el grupo político avanza un ultimátum velado: si el resultado oficial no le favorece y decide no emigrar de inmediato a otra sigla opositora, utilizará ese pretexto para desmarcarse, cruzarse de brazos y boicotear al perfil designado. La divisa es clara y chantajista: o me entregan la coordinación, o dinamito la unidad desde adentro.

La narrativa de la supuesta “víctima agraviada” es sumamente lucrativa para el ego, pero devastadora para la congruencia. Blinda su capital político y justifica por anticipado el berrinche o el transfuguismo. Al erigirse como mártir de un proceso “amañado”, se abre la puerta para saltar a otro partido o convertirse en un saboteador interno que le niega el respaldo al ganador bajo el argumento falaz de que el triunfo le pertenecía.

Aquí es donde el discurso choca violentamente con la ética que Morena presume como divisa. ¿Dónde quedó el principio de no mentir? Inventar o solapar un triunfo inexistente es faltarle al respeto a la inteligencia de la militancia. ¿Dónde queda la tan cacareada unidad cuando se amenaza con incendiar el partido y fracturar a la base si los caprichos cupulares o del gobierno local en turno no se cumplen al pie de la letra?

Tlaxcala, una tierra con una profunda historia política donde las herencias de poder y las dinastías intentan permear bajo cualquier sigla, no merece farsas de autoconsumo ni políticos que anteponen el chantaje a la mesura. Pretender ganar en las redes sociales lo que no se ha ganado en los procesos democráticos internos —y condicionar la lealtad partidista a base de ultimátums— es un insulto a la competencia limpia.

Si Alfonso Sánchez y su equipo verdaderamente creyeran en la fuerza de su trabajo territorial y en la lealtad al movimiento, esperarían con templanza los tiempos institucionales y entenderían que la política de la Cuarta Transformación se construye con pueblo, no con berrinches de facción. Pero cuando la estrategia apuesta por la mentira anticipada y el chantaje del “o juego yo o rompo el tablero”, lo único que queda al descubierto es la fragilidad de un proyecto que prefiere dinamitar las reglas y fracturar al partido antes que aceptar una derrota con dignidad