Cuando un partido tiene que salir a decir que está unido, es porque ya está roto. Decir que la agenda ambiental sigue intacta mientras pierdes a tus únicos tres diputados en menos de un año suena más a consuelo de perdedor que a estrategia ganadora.
Y es que en política pocas cosas duelen más que perder el registro legislativo por la puerta trasera y por decisión propia de tus propios diputados.
Eso es exactamente lo que le pasó al Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en Tlaxcala: en menos de un año pasó de tener la bancada más grande de su historia en la LXV Legislatura (tres diputados) a cero.
Sí, cero representantes, cero voz propia en comisiones, cero capacidad real de negociación rumbo al 2027.
Y todo, según las versiones que circulan en los pasillos del Congreso y en los cafés de la capital, por un ajuste de cuentas interno que tiene nombre y apellido: Jaime Piñón Valdivia.
La renuncia irrevocable de Maribel León Cruz y Jaciel González Herrera no fue un rayo en cielo despejado. León Cruz venía de ser presidenta estatal del partido hasta hace unas semanas; González Herrera presidía la poderosa Comisión de Puntos Constitucionales.
Ambos construyeron su carrera política bajo la bandera verde: ella con tres períodos legislativos, él con dos. No eran improvisados ni paracaidistas; eran la cara visible del PVEM en Tlaxcala.
Que decidieran irse juntos, el mismo día y con carta pública casi idéntica, huele a operación coordinada y a mensaje político en clave.
Y el mensaje tiene destinatario claro: Jaime Piñón Valdivia, el nuevo dirigente estatal impuesto desde la Ciudad de México y, según las malas lenguas, bendecido por grupos no afines a lo local
Piñón llegó al cargo en medio de una renovación que excluyó deliberadamente a los cuadros locales más visibles. Maribel León fue desplazada sin miramientos; Jaciel González, marginado de los nuevos órganos de dirección, evidentemente por el servilismo que se les nota a tres cuadras.
La gota que derramó el vaso fue, precisamente, esa reestructuración interna que los dejó fuera del barco justo cuando se repartían los salvavidas. Y era normal que quellos que daban representación y fuerza al PVEM se fueran para demostrar músculo.
El comunicado de renuncia es un ejercicio de elegancia política que esconde un misil: hablan de “coherencia”, “dignidad” y “respeto a quienes confiaron en nosotros”. Traducido al tlaxcalteca puro: “Nos hicieron a un lado después de entregar resultados y ahora nos cobran el que no aplaudiéramos la llegada del nuevo mesías”.
La respuesta del PVEM estatal, firmada por la secretaria general Mariela Márques López, intentó minimizar el golpe: “No nos debilita ni compromete la unidad”.
En política, cuando un partido tiene que salir a decir que está unido, es porque ya está roto. Decir que la agenda ambiental sigue intacta mientras pierdes a tus únicos tres diputados en menos de un año suena más a consuelo de perdedor que a estrategia ganadora, porque el daño es estructural.
Sin diputados, el Verde pierde acceso a los recursos del Congreso (asesores, oficinas, presupuesto para gestión), pierde visibilidad mediática y, sobre todo, pierde la capacidad de negociar candidaturas comunes o posiciones en el 2027.
En Tlaxcala, donde los partidos chicos sobreviven gracias al pragmatismo y a las alianzas, quedarse sin representación legislativa es casi una sentencia de muerte política a mediano plazo.
El contexto no es menor. El PVEM creció en Tlaxcala de la mano de Morena y de la propia gobernadora Cuéllar, quien en 2021 lo utilizó como franquicia para colocar a varios de sus cercanos.
Que ahora esos mismos cuadros se vayan –primero Soraya Bocardo, luego León y González– revela que la luna de miel terminó.
Lo más irónico: mientras el partido se desmorona por dentro, sus exdiputados mantienen intacta su relación con el gobierno estatal y hasta lo presumen. Es decir, se fueron del partido pero no del poder.
El 2027 está a la vuelta de la esquina. Sin diputados, sin estructura consolidada y con un dirigente percibido como foráneo e impuesto, el PVEM en Tlaxcala corre el riesgo de convertirse en un partido testimonial o, peor aún, en una franquicia que alguien más termine rentando.
Jaime Piñón Valdivia tiene ahora la tarea titánica de reconstruir lo que, en gran medida, él mismo ayudó a demoler.
Y mientras tanto, en el Congreso local, dos experimentados legisladores seguirán trabajando… pero ya sin el logo del tucán en el pecho; en política, a veces el verde más vivo es el que se pinta solo.

