HM: de Marca Personal a Losa Funeraria

MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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La salida de Marx Arriaga Navarro de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP federal, consumada el pasado fin de semana, con un despliegue policial más propio de una novela de intriga que de una dependencia gubernamental, ha tenido en Tlaxcala un efecto sísmico de intensidad moderada pero con un epicentro muy claro: la oficina de Homero Meneses Hernández.

El impacto, aunque no desmorona de inmediato la implementación de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), deja al descubierto las grietas en el altar del “Humanismo Mexicano” que el titular de la SEPE-USET ha erigido con esmero, no tanto como política pública, sino como su más reciente y lucidora campaña de branding personal.

A decir verdad, para el entramado burocrático local, el cese de Arriaga es un temblor que no derriba la casa. Tlaxcala, fiel alumno del manual de la sumisión política, ya había distribuido los libros de texto hasta en el último rincón de la malinche, organizado cursos para que los maestros se aprendieran el libreto al pie de la letra y, por supuesto, despilfarrado más de 2 millones de pesos en 24 horas en el ya famoso Congreso NUMET.

Ese evento, un auténtico performance de la pirotecnia sexenal donde Arriaga fue la estrella invitada en diciembre de 2024, ahora parece el último gran baile antes de que la orquesta cambie la melodía y el camarada Homero también cambie de discurso.

El problema, querido lector, es que mientras el centro (léase Claudia Sheinbaum y Mario Delgado) empieza a soplar vientos de “renovación pragmática” —esos eufemismos que tanto le gustan a la política para decir “bájale dos rayitas al discurso”—, Meneses se queda con la cartera llena de discursos que empiezan a oler a naftalina.

Arriaga cayó por negarse a tocar una coma del “legado obradorista puro”, una postura que, si la Federación se empeña en moderar, dejaría al conflictivo y apestado Homero como el último mohicano de una tribu que ya se mudó de rumbo.

Y entonces, el dilema: o se alinea al nuevo catecismo para no perder el flujo de recursos y la foto oficial, o se aferra a la versión de culto que impulsó con Arriaga, arriesgándose a quedar como el disidente oficialista, una figura tan patética como un pastel de bodas en un funeral.

Para decirlo pronto: se le está acabando la tinta al cartucho del “Humanismo Mexicano”, esa doctrina que nuestro funcionario ha prostituido con una destreza digna de un tahúr para apuntalar su marca personal, “Homero Meneses”, aunque su odio por los niños de la escuela primaria Emiliano Zapata lo exhiban en su justa dimensión.

El punto neurálgico del ridículo es la forma en que Meneses ha personalizado el concepto. En sus perfiles de Facebook e Instagram, donde se presenta como “Camarada Homero” —un saludo que evoca más a las ligas de la construcción de los setentas que a un funcionario público del siglo XXI—, no pierde oportunidad de colocar el hashtag #HumanismoMexicano y #HM.

Llegó al extremo de auto-publicarse en el libro Perspectiva del Humanismo mexicano desde Tlaxcala, un título que, sin falsa modestia, lo coloca como el Mesías local de la idea. Pero la genialidad de su estrategia de márketing ha sido tan sutil como un golpe en la cara: fusionar sus iniciales (H. M.) con el ideario. En un audio que circuló como pólvora en agosto de 2025, el propio Meneses admitió ese doble juego, pensando que nadie se daría cuenta de la “jugada maestra”.

Lo que en su mente fue un golpe de genio publicitario, hoy se lee como un ejemplo de manual sobre cómo confundir la política educativa con la biografía personal. Políticos de oposición, padres de familia hartos del circo y, sobre todo, catedráticos de todas las secciones magisteriales —esas que Meneses ha enfrentado en las últimas semanas por su estilo “vertical” de diálogo— le han recriminado esta apropiación.

Lo acusan de usar las siglas HM con doble filo: su nombre y la ideología. Y con la salida de Arriaga —el padre de la versión más radical de la criatura—, esa fusión se ha convertido en un boomerang que le explota en la cara.

Si el gobierno federal modera el discurso, su defensa del “modelo puro” lo hará ver no como un fiel seguidor, sino como un extremista obsoleto atrapado en su propia trampa. El “Camarada” ahora se queda sin su referente ideológico y con un montón de siglas HM que, de ser su mejor activo, pasan a ser un pasivo que evidencia su oportunismo.

En los últimos meses, las señales de desgaste eran claras. Además de los audios filtrados y las constantes críticas por su manejo discrecional de los recursos —ese NUMET millonario de 24 horas no se paga solo—, los conflictos con el magisterio se han intensificado, con acusaciones de autoritarismo y nula disposición al diálogo real que lo tiene con una demanda por desacato ante una resolución federal.

Su intento de capitalizar la imagen de Arriaga y de la NEM como suyas propias lo deja ahora en una posición insostenible: será el último en enterarse de que la moda cambió, mientras en Tlaxcala sus críticos celebran que, con la salida de Arriaga, tal vez también empiece el desmantelamiento de la marca “Homero Meneses”.

Si los cambios federales se concretan este día, Meneses se enfrenta a la decisión más dura de su carrera: claudicar a su “Humanismo Mexicano” de marca registrada y alinearse, o resistir simbólicamente en su trinchera tlaxcalteca.

El “doctor” se está arriesgando a ser recordado no como el gran ideólogo, sino como el funcionario que se quedó solo, abrazado a sus propias siglas HM, mientras el país le pasaba por encima. Quizás entonces, en su próximo libro, pueda titularlo: “Soledad y Humanismo: Cómo sobrevivir a tu propio eco”.