Lo primero que leí de Haruki Murakami fue su ensayo autobiográfico sobre la relación que le produce correr todas las mañanas con su vida. Me lo descubrió una amiga que, aunque ella no corría, le pareció apasionante. Yo tenía diecisiete años, corría todas las mañanas porque quería ser torero, y ya desde el titulo me hundí en él. Es cierto que todos los libros tienen una lectura dependiendo del momento en el que se leen y si bien en esos años me pareció un gran libro, ahora a menos de un mes de revisitarlo de nuevo me pareció mágico; quizá porque en ese entonces yo sentía el acto de correr como una obligación —disfrutable, pero obligación al fin y a cabo— para mi preparación y no como una decisión meramente personal.

Dejé de correr cuando me quité del toro. Hace más de cinco años; he vuelto hace menos de uno. Vino bien el tiempo que nos dimos (a veces sí funciona eso de los tiempos muertos en las relaciones). He vuelto y he encontrado en los kilómetros absorbidos por mis piernas momentos que sueldan la monotonía de mi día a día. No corro para competir con nadie. Por supuesto. Solamente querello contra la mente discursiva que te atora los primeros kilómetros y que te machaca con crueldad al primer indicio de fragilidad para devolverte algo de humanidad. No hay nada más humano que lo frágil, que lo agrietado y la reconstrucción de ello.
Correr te permite mucha reconstrucción. Mental y espiritual, y ni se diga la de carácter físico. Esta última vuelta al libro de Murakami, me asombró algo que hace años pase inadvertido: el sentido espiritual de correr. Narra Haruki, en su experiencia en un ultra (100 km) lo difícil que fue para su cuerpo lograrlo; rendido y pensando en abandonar después de los 60 kilómetros, entró en un estado meditativo forzado (porque todos los que han corrido sabrán ese breve momento de presente total donde no existe nada: ni ritmo, ni corredores, ni cansancio, ni dolor): «De todas las cosas que comportó para mí la experiencia de la ultra maratón, la más significativa no fue de carácter físico, sino espiritual (…) El acto de correr se hallaba ya en un ámbito que rozaba casi lo metafísico. Primero estaba el acto de correr y luego, como algo inherente a él, mi existencia. Corro, luego existo».
Leila Guerreiro, escritora predilecta, también haya en el correr estados de meditación: «Corro porque me gusta sentir la furia de los músculos, la arrogancia del cuerpo, y porque cada vez es la primera: porque cada vez hay que remontar el agobio y las ganas de no correr y el horror de los primeros minutos hasta que, en algún momento, todo desemboca en un cono de silencio en el que no hay tiempo, ni frío, ni calor, ni cansancio, ni desesperación: sólo la voluntad de permanecer allí para siempre, en ese lugar horrible como si fuera el paraíso». Y más que eso, en esa misma pugna con el dolor y la mente lograda en conjunto, encuentra Leila ese estado de individuación (teoría de Jung: llegar al Ser o encontrar al Individuo o a la Autorrealización) que también Leila encuentra escribiendo, «Corro para comulgar como una ahogada. Corro para escribir. Corro porque escribo. Porque es igual de inútil, igual de necesario, igual de pavoroso». Tiene lógica la experiencia de Murakami que empezó a escribir a la par de correr. Escribir para correr. Correr para escribir. Escribir corriendo. Ser.
Yo no sé si lo mío sea para tanto; si volví a correr para encontrar en la mente discursiva y desgatada por los kilómetros mi Ser, o si solamente sea un impulso pasajero. Pero es cierto que existen personas con capacidades seductoras que te invitan a correr medios maratones (mantente cerca de personas que te involucren en cuestiones que tengan que ver con kilómetros o libros) y a las que al convencimiento dictado por sus ojos no les puedes decir que no: todavía no sé cómo pasó, pero ayer corrí el medio maratón de Ciudad de México. Lo corrí estresado por ser el debut en algo tan serio y también por un asalto a mano armada un día antes. Mis altos pulsos en reposo y mi hipocondría, toda la noche me soñaron que lo mejor sería verlo y echar porras a los de las agallas vestidos con tenis y short. Empecé odiando correr. Tres kilómetros por Reforma tediosos. Pesados. Luego quizá todo se fue esfumando y los pasos empezaron a salir de uno en uno sin pensar en lo que había más adelante. Habité el presente. Habité el falso plano del Museo de Antropología. Habité el primer desnivel importante que me supo a poco con todos los fines de semana en la Malinche. Habité mis kilómetros más rápidos antes del Auditorio Nacional. Habité el cansancio en Chapultepec y habité la emocionante gente que me impulsó los últimos kilómetros en los que perseguí el alto del Ángel de la Independencia. Después de los primeros kilómetros, habité en el presente y quizá, solamente de eso se trate correr. De tratar estar en el presente.
En mi reloj el tiempo fue aceptable para lo planeado y para mis tres meses de entrenamiento. Luego, vienen los segundos después de terminar. Escasos, pero con sabor a vacío. A nada. Por esos segundos previos a la reflexión y a la vuelta de la mente discursiva o a la vida, donde miras sin observar, donde escuchas sin atención, donde recuperas el aliento queriendo vivir, son por los que corro. Por esos segundos después del limbo que resulta para mí correr. Y por el café que viene después. Todavía no sé con exactitud de que hablaba Murakami en “De qué hablo cuando hablo de correr”. Quizá de nada y quizá de todo. Lo volveré a leer, seguro. Solamente sé que acabé viendo el Argentina vs Colombia, con hielo en el tobillo y haciendo mi inscripción al maratón de CDMX.
