MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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En el vasto y a menudo absurdo teatro de la política mexicana, pocos actos logran combinar incompetencia, nepotismo y un toque de comedia involuntaria como el reciente escándalo de las lonas patrióticas en Tlaxcala.

Al centro de esta farsa está Fabricio Mena Rodríguez, el secretario de Turismo del estado, un hombre cuya trayectoria parece sacada de una novela de realismo mágico: de custodio de cientos de millones durante el gobierno de su hermano, el exgobernador Marco Antonio Mena Rodríguez, a diputado local plurinominal y ahora, el artífice de una “hazaña” que ha puesto a Tlaxcala en el mapa… por todas las razones equivocadas.

Imaginemos la escena: por la módica suma de 254 mil pesos del erario, se contratan lonas monumentales para adornar las fachadas de los palacios Ejecutivo y Legislativo en la capital. El resultado? Un escudo nacional defectuoso, héroes de la Independencia con seis dedos –como si Hidalgo y Morelos hubieran mutado en superhéroes de cómic barato– y, para rematar, un águila calva en lugar de la real, esa que devora serpientes con orgullo patrio.

¿Error tipográfico? No, señores: error monumental, expuesto al público por unos gloriosos 30 minutos antes de que alguien en el gobierno se diera cuenta y ordenara bajarlos. Y todo esto, según el propio Mena, sin costo extra para el estado, porque la empresa “Tayde”–cuyo nombre parece tan impreciso como su trabajo– absorberá el reemplazo.

Pero aquí viene lo más genial: en lugar de una disculpa inmediata o una sanción fulminante, Mena anuncia que el gobierno “analiza” procedimientos administrativos contra la empresa. ¿Analiza? En un estado donde a empresarios locales se les multa o se les veta por fallos menores, esta lentitud huele a favoritismo.

¿Será que “Tayde” es de un amigo, un familiar o, peor aún, un prestanombres? No sería la primera vez que en Tlaxcala, bajo el manto de las dinastías familiares como los Mena, los contratos públicos se reparten como piñatas en una fiesta privada.

Mientras tanto, la Dirección de Adquisiciones, responsable de buscar “la mejor propuesta en costo, profesionalización y calidad”, nos deja con la duda: ¿dónde estaba la calidad cuando autorizaron un render en tamaño carta que, al escalar, reveló estos horrores?

Fabricio Mena, con su aire tajante en los Diálogos Circulares, defiende que esto fue un “error de la empresa” y que se corrigió sin mayor costo. Pero, ¿y el costo reputacional para Tlaxcala? El estado, rico en historia y cultura –con sus zonas arqueológicas, sus tradiciones y su potencial turístico–, se convierte en meme nacional.

En lugar de promocionar el turismo con campañas inteligentes, Mena logra posicionar a Tlaxcala en medios nacionales con una sola impresión defectuosa. ¡Bravo! Dudo que algún secretario anterior haya logrado tal “eficiencia” con tan poco: 254 mil pesos por una burla colectiva. Si esto es el intelecto que lo llevó de la diputación a la secretaría, entonces Tlaxcala merece replantear qué califica como “talento” en sus líderes.

No olvidemos el contexto más amplio. Bajo el gobierno actual, Tlaxcala enfrenta desafíos reales: infraestructura deficiente, como esas clínicas de hemodiálisis en San Matías Tepetomatitlán que salen defectuosas pese a sobreprecios escandalosos. ¿Y qué hace el secretario de Turismo? Gasta en adornos fallidos mientras el vocero estatal, Antonio Martínez Velázquez, se deslinda hábilmente, alegando que no estaba en el cargo cuando se mandaron hacer las lonas y por supuesto tiene razón en hacerlo.

Ahora, una circular interna ordena que Comunicación Social supervise futuras impresiones. Si hay que emitir oficios para que los funcionarios hagan su “chamba” básica, estamos ante un sistema donde la mediocridad es la norma, no la excepción.

Fabricio Mena Rodríguez representa lo peor del nepotismo tlaxcalteca: un apellido que abre puertas, pero no garantiza competencia. En un estado que podría brillar por su patrimonio cultural, este incidente no es solo un error gráfico; es un síntoma de una administración que prioriza lealtades sobre eficiencia.

¿Solución? Apoyemos a empresas locales que, por la mitad del costo –y sin “moche”–, entregarían trabajo digno, con inteligencia humana y sin ridiculizar a la entidad. Tlaxcala merece más que genios involuntarios, necesita líderes que no conviertan el patriotismo en parodia. Si Mena sigue así, su legado será el de quien puso a Tlaxcala en el mapa… del hazmerreír.