En son de despedida: Joaquín Sabina

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Por fin, solamente y dolorosamente por fin, los años se le amontonaron. Nunca creí que sucedería. Le vi igual de flaco que siempre, pero ahora con todas las juergas y amores arrastrándole los pies mientras caminaba. La ovación dinamitó, sórdida, absoluta y encerrada en el Auditorio Nacional acogiendo su última fecha en Ciudad de México. Explotó aquello, tal cual la explotó la pasión por la poesía que desbordó en mí, el poder conocer sus versos y rimas inflamables, cínicas y machadianas. Cada día lo pasa peor en capilla, dicho por él mismo, y Joaquín Sabina rompió el hielo con ‘Cuando Era Más Joven’; la canción telonera marcó el ritmo del concierto: la nostalgia de lo pasado, la incertidumbre del futuro —quizás inexistente y acabado— y el puro disfrute de estar en el presente como estemos. Luego vino su más reciente producción ‘Sintiéndolo Mucho’ (base y homónimo del documental que aborda su vida hecho por Fernando León), siguió ‘Lo Niego Todo’ y un intento de movimiento con ‘Mentiras Piadosas’; y digo intento, pues a la postre, la mayoría del concierto el maestro la pasó sentado en un banco tan alto como sus piernas.
Saludó al público visiblemente emocionado ante una entrega total y absoluta de todos los presentes “uno nunca sabe, ni yo mismo sé si este será mi último concierto en Ciudad de México”. Nos dolió porque se sintió como tal.  ‘Lagrimas de Mármol’ calentó la tesis de la gira: “¡superviviente sí / maldita sea!”, y ya melancólico por ver a tantos amigos de viejos años, dedicó a Cuauhtémoc Cárdenas ‘Cuando Aprieta El Frío’. Enseguida, vino uno de los momentos más emotivos del concierto, otra dedicatoria, esta, a una las mujeres de la vida de Joaquín musa de “las más sentidas de mis canciones de amor, a la que llevaba mucho tiempo sin ver porque se vino a vivir a México (…) La he encontrado esta noche”. Y siguió, “yo soy muy partidario de que las ex parejas se sigan viendo, se sigan querido y se sigan respetando por principios y porque estoy muy en contra de las guerras entre personas y entre naciones” , para entonar y dedicarle ‘Por El Boulevard De Los Sueños Rotos” por todas las noches compartidas con Chavela Vargas. ‘Llueve Sobre Mojado’ y se metió al primer descanso. Mientras, Mara Barros derritió con su voz cantando ‘Yo Quiero Ser Una Chica Almodóvar’ y Antonio García de Diego volvió a poner el aire melancólico cantando al piano ‘La Canción Más Hermosa Del Mundo’.
Volvió Sabina. Su voz agrietada y dolida entonó ‘Tan Joven Y Tan Viejo’. Esa canción donde afirma seguir durmiéndose en los entierros de su generación (tan falso como la buena literatura, pues recordé cuanto lloró en la muerte de Almudena Grandes). “Así que de momento, nada de adiós muchachos / Cada noche me inventó / Todavía me emborracho / Tan joven y tan viejo like a rolling stone.” A más de uno se nos escurrieron las lágrimas: la ovación seguida, fue la más larga y sentida pues por casi cinco minutos, el Auditorio Nacional aplaudió de pie al poeta oculto en el micrófono, quien hacía todo lo posible para no mostrar sus ojos también derretidos de sal. ‘A La Orilla De La Chimenea’, ‘Una Canción Para La Magadalena’, ’19 Días Y 500 Noches’, se sintieron menos tras el vacío al que estábamos expuestos. ‘Peces De Ciudad’ fue cantada casi rompiendo el silencio sepulcral de la admiración, de lo bello, de lo único e irrepetible. Hubo después un homenaje a la copla española pues Mara entonó ‘Y Sin Embargo Te Quiero’ y por supuesto, siguió el querido flaco con su antítesis: ‘Y Sin Embargo’. Lo más rock del noche fue ‘Princesa’, incluso se levantó y movió los huesos al andaluz. El final se remató con ‘El Caso De La Rubia Platino’, los versos de ‘Contigo’ y el mariachi vigorizando ‘Noches De Boda / Y Nos Dieron Las Diez’. Nos dijimos adiós, ojala que volvamos a vernos.
Sonará extravagante afirmar que existen personas vitales —aun sin conocerlas—, formadoras y fraguadoras de tu mirada del mundo. A Joaquín Sabina lo conocí en mi etapa más feliz, aquella en la que todos aún están y la vida todavía, no pesa todo lo que te pesará: la adolescencia. No sé con exactitud qué fue lo que me llamó la atención de Joaquín. No dimensionaba sus letras. Ignoraba mucho de la vida, del amor y de la pasión. Pero me gustaban. Ahora, entrado en años, son parte de mi vida y muchas de ellas son lemas enteros que me tatuaría por todo el cuerpo y sobre todo, me han ayudado a entender mi paso por este camino. Él no lo dijo, pero se sintió como despedida. En todas las 9,366 butacas del Auditorio Nacional, estaba sentado el sentimiento de verle por última vez aunque nadie lo dijera. Estaba implícito. Después de todo y de tanto, aun recién visto, intenté recordar como iba vestido el hombre que se acababa de ocultar en la oscuridad del telón y recordé lo tanto que me adentré a la poesía por su culpa; esta vez, fueron los versos de José Hierro en ‘Son de Despedida’ dictados por mi subconsciente tras el concierto de Joaquín Sabina:
«Desisto de adentrarme en su recinto,
no tengo fuerzas para celebrar
la melancólica liturgia de la separación.
Sólo deseo ya dormir, dormir,
tal vez soñar…»