MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
MARTÍN RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ/INNOMBRABLE
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La renuncia de Carlos Augusto Pérez Hernández al FOMTLAX no es un simple ajuste administrativo: es la confirmación de que la nave hace agua por todas partes y que cada vez menos tripulantes están dispuestos a hundirse con el capitán en las turbias aguas del Zahuapan. En Tlaxcala, la realidad no se negocia ni se maquilla con boletines oficiales; se impone, cruda y evidente.

Quien conozca mínimamente a Carlos Augusto sabe que no da pasos al vacío. El instinto priista que lleva en la sangre —forjado en la alcaldía de Tepetitla y en la disciplina partidista— jamás le permitiría abandonar un barco que navega viento en popa.

Si salta ahora es porque el casco ya está partido y el hundimiento, inevitable. Su movimiento no es fortuito ni poco analizado, tiene la mira puesta en la encuesta para la candidatura al gobierno en 2027. No para él, sino para quien resulte ungido: es cálculo frío. Prefiere remar desde otro bote antes que ahogarse en el oficialismo que se desmorona.

Algo similar ocurrió con Ramiro Vivanco Chedraui. En la tamaliza de Apizaco —ese circo de tamales y fotos protocolares—, lo relegaron al fondo del encuadre, como si ya oliera a cadáver político.

Quienes lo ningunearon en su caída serán los primeros en besarle la mano cuando cruce el umbral de las oficinas de Morena, partido al que, según los rumores que corren por los pasillos tlaxcaltecas, se dirige sin escalas.

Su salida de la Oficialía Mayor no fue por miedo a las auditorías ni a persecuciones judiciales —todos sabemos que la ley lo mantiene en la lupa al menos siete años después de dejar el cargo—. Fue una maniobra para posicionarse en la sucesión sin arriesgarse a dormir en Tlaxcala como funcionario quemado.

¿Quién duda que la dirigencia estatal de Morena le abrirá las puertas de par en par en la siguiente administración, sin importar quién termine siendo el abanderado?.

El cargo lo convertirá en el “amigo de todos”, ese político camaleónico que sobrevive a las mareas. Entonces se entiende que haya guardado la dignidad para mejor momento y se haya ido a tomar la foto con un gabinete al que ya no pertenece, o acudido a las ilegales tamalizas.

Mientras tanto, el más expuesto en esta debacle es Alfonso Sánchez García. El discurso oficial y los millones invertidos lo pintan como el factor de unidad y continuidad, pero los hechos lo retratan como el capitán del Titanic que él mismo ayudó a perforar.

No olvidemos que, como Secretario de Infraestructura, inyectó 150 millones de pesos al saneamiento del Zahuapan —ese río que simboliza el eterno “progreso” tlaxcalteca que nunca llega—. Hoy, desde la presidencia municipal de la capital, ve cómo el barco se inclina peligrosamente, mientras los desertores abandonan cubierta.

Y no faltan los detalles sórdidos: los 300 pesos descontados a burócratas para financiar las tamalizas municipales —esos eventos que pretenden disfrazar clientelismo de fiesta popular— se los cobrarán al triple los trabajadores afectados en su quincena. Tocar la bolsa del servidor público es el pecado imperdonable en Tlaxcala; genera más rencor que cualquier escándalo de corrupción.

Por ahora, solo queda observar qué otros movimientos sísmicos sacuden el tablero. Mientras los comunicados oficiales sigan en modo propaganda y las renuncias cuenten la verdad que los boletines ocultan, no dude que alguien capitalizará este naufragio.

Los independientes, los exfuncionarios desencantados, las sirenas y los piratas de la política tlaxcalteca ya afilan sus cuchillos, listos para recibir a los náufragos del Titanic del Zahuapan. Porque en esta entidad, cuando el barco se hunde, los oportunistas siempre encuentran boya.