México ha cambiado profundamente durante los últimos años. No sólo cambiaron las prioridades del gobierno, también la relación entre el poder público y la ciudadanía. Hoy vivimos en un país donde la protesta social no se enfrenta con la fuerza del Estado, sino con el diálogo; y donde las demandas de los distintos sectores son escuchadas, aunque no siempre puedan resolverse en los términos planteados.
En ese contexto deben analizarse las recientes movilizaciones de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), una organización que históricamente ha representado causas legítimas del magisterio y que ha desempeñado un papel importante en la defensa de los derechos laborales de miles de maestras y maestros del país.
Sería un error simplificar este momento o reducirlo a una confrontación entre el gobierno y los docentes. Quienes provenimos de las luchas democráticas sabemos que detrás de muchas demandas existen historias de esfuerzo, inconformidades acumuladas y aspiraciones genuinas de justicia laboral. Escucharlas es una obligación democrática.
Sin embargo, también es necesario reconocer que gobernar implica actuar con responsabilidad. No todas las demandas, por legítimas que parezcan, pueden materializarse de manera inmediata o en los términos exactos en que son formuladas. Existen límites presupuestales, compromisos institucionales y responsabilidades financieras que ningún gobierno puede ignorar sin poner en riesgo la estabilidad económica del país y, con ella, los programas sociales, las inversiones públicas y los derechos que benefician a millones de personas.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha sido clara: el diálogo permanece abierto. Las puertas del gobierno no se han cerrado. Lo que no puede ocurrir es que la negociación se sustituya por la presión permanente o por acciones que afecten a terceros y generen mayores niveles de confrontación social.
La diferencia fundamental entre el México de ayer y el México de hoy radica precisamente en la forma de atender los conflictos. Durante décadas, la respuesta de los gobiernos fue la descalificación, el autoritarismo o, en casos extremos, la represión. La historia nacional guarda episodios dolorosos que nunca deben repetirse.
Por ello resulta fundamental que todas las partes actúen con prudencia. Quienes participan en las movilizaciones tienen derecho a expresar sus demandas, pero también la responsabilidad de hacerlo dentro de los cauces pacíficos que fortalecen la vida democrática. De la misma manera, el gobierno debe mantener la disposición al diálogo sin renunciar a su obligación de preservar la gobernabilidad y el bienestar general.
En momentos de tensión suelen aparecer voces interesadas en profundizar las divisiones, exacerbar los ánimos o generar escenarios de confrontación política. Frente a ello, la serenidad es indispensable.
Además, nuestro país se encuentra ante una oportunidad histórica. En los próximos días comenzará una etapa que colocará nuevamente a México ante los ojos del mundo con la celebración de la Copa Mundial de Futbol, un acontecimiento que compartiremos con nuestros socios de América del Norte y que permitirá mostrar nuestra capacidad organizativa, nuestra riqueza cultural y la fortaleza de nuestras instituciones.
No se trata de ocultar los problemas ni de silenciar las diferencias. Las democracias maduras se distinguen precisamente porque son capaces de debatir, disentir y construir acuerdos en medio de la pluralidad. Pero también porque saben distinguir entre la defensa legítima de una causa y aquellas acciones que terminan afectando la convivencia social y la imagen de un país que trabaja todos los días por consolidar su desarrollo.
La Cuarta Transformación nació de una convicción profunda: los conflictos sociales no se resuelven con la fuerza, sino con la política. Esa convicción permanece intacta.
Hoy más que nunca debemos apostar por la conciliación, el diálogo y la responsabilidad compartida. México necesita unidad en la diversidad, firmeza sin autoritarismo y diálogo sin renunciar a la legalidad. La historia nos ha demostrado que cuando el pueblo mexicano actúa con serenidad y altura de miras, siempre encuentra el camino para avanzar.
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala*

